El Partido Nacionalista Vasco (PNV) preparó su vuelta a la legalidad en la “Asamblea Nacional” que celebró en Iruña (Pamplona) los días 25, 26 y 27 de marzo de 1977, concluyendo un proceso iniciado el año anterior. En ella abordó los “planteamientos político, socioeconómico y cultural” con los que haría frente a la transición. Sin embargo, las reflexiones que se vertieron en esta Asamblea no fueron una mera preparación de cara a los inmediatos cambios democráticos. Al contrario: llama la atención la escasa atención que, directa o indirectamente, prestan estos textos nacionalistas a las transformaciones políticas que eran inminentes y que podían ya atisbarse o intuirse. Parecen escritos al margen de la coyuntura política. Apenas podría decir nada de ésta (de la que se vivía entre 1976 y 1977) un observador que contase sólo con estos textos, elaborados por el órgano máximo de un partido en unos meses que fueron críticos desde un punto de vista político, cuando el PNV salía de una larga etapa de clandestinidad1.
Los mencionados “Planteamientos…”2 no se ajustaron a las necesidades impuestas por la coyuntura política. Constituyen, más bien, una sistemática exposición doctrinal, alejada de los vaivenes de la transición. No respondían a las concretas circunstancias que se vivían, en una actitud característica del nacionalismo vasco. Suele dar más peso a las visiones que pretenden abarcar largos tiempos históricos, con preferencia a las que dependen de las vicisitudes inmediatas. Éstas, en su esquema, no son sino la expresión contingente de problemáticas seculares.
La pervivencia de una doctrina antifranquista
La actualización ideológica de 1976-77 intentaba trascender a su contexto político. Lo corrobora una circunstancia peculiar. Estos textos apenas mencionan la etapa que comenzaba a cerrarse, el franquismo, ni la represión, ni la clandestinidad, pese a todo lo que habían supuesto para el nacionalismo vasco. Constituye una ausencia llamativa. Ciertamente, el franquismo y sus implicaciones estaban presentes en la conciencia y en la memoria de los nacionalistas. No era necesaria una explícita referencia de la Asamblea del PNV para aclarar las posiciones colectivas que al respecto habían sostenido el partido y sus miembros. Ningún nacionalista tenía ninguna duda de la oposición de este partido a la dictadura ni otros sectores ideológicos cuestionarían la que había sido una costosa postura política durante cuatro décadas. Aún así, sorprende que no se mencionara la dictadura - y apenas los problemas del día, los planteados por la transición democrática – en las reflexiones de 1977. Sobre todo, si se compara con la continua presencia del franquismo en la argumentación nacionalista de las tres décadas siguientes. Con el paso del tiempo se incrementó el peso de la dictadura en la reflexión política del PNV3. Lo hizo a medida que el periodo se alejaba y superaba.
Esta paradoja tiene una explicación. Las cada vez más abundantes alusiones a la dictadura franquista, inexistentes en el punto de partida, sirvieron para actualizar la idea nacionalista de la represión secular sufrida por los vascos. Ésta quedaría representada por la memoria del franquismo. El PNV la evocó cada vez con mayor intensidad, a medida que la vivencia democrática convertía en mera presunción ideológica la experiencia de una represión a manos del “Estado español”, represión constante (desde 1839) según este movimiento. El nacionalismo vasco difunde una doctrina basada en la creencia de que el pueblo vasco es una víctima de la historia: el supuesto requiere este recuerdo del pasado, mayor a medida que la cotidianidad no transmite tales hábitos represores.
Las razones de que con el paso de los años se acentuase la necesidad nacionalista de acudir a la memora del franquismo parecen claras. Ahora bien, que en 1977 no fuera objeto de ninguna consideración requiere una explicación, pues la dictadura podía haber constituido el contramodelo para la exposición ideológica o un elemento legitimador de un partido que la había enfrentado.
No puede atribuirse la ausencia de una censura nacionalista al franquismo en los textos de 1977 a presuntos temores a que retornase la dictadura o fracasara la transición, por más que ésta entonces sólo se intuyese. No porque esta involución fuese impensable, sino porque, de producirse, la profesión de fe nacionalista constituiría, por sí, una prueba de plena culpa. Nada añadiría sobre ella la constatación de una crítica al franquismo que, por otra parte, venía siendo objeto de severos ataques por los partidos en vías de legalización. De estas críticas participaban miembros del PNV, como los de otros partidos o grupos democráticos.
El alejamiento argumental y simbólico que presentan los planteamientos de la Asamblea Nacional del PNV en 1977 respecto a la dictadura franquista y a los problemas políticos inminentes parece más bien fruto de una decisión previa y meditada. Al salir de la clandestinidad el PNV optó por un proceso asambleario que le permitiese exponer su doctrina. No elaboró un manual para afrontar los avatares políticos cotidianos, sino que llevó a cabo una puesta al día de sus posturas ideológicas.
Al margen del juicio que puedan merecer la dispar profundidad de tal reflexión y el cariz que tiene, ha de reconocerse que en los primeros pasos de la transición el PNV intentó sistematizar su ideario. No fue un mero reajuste del pensamiento de Sabino Arana y de la herencia histórica del nacionalismo. Implicó también una revisión doctrinal, con la exposición de un nuevo modelo ideológico del nacionalismo, algunas de cuyas singularidades abordaremos en estas páginas.
Su Asamblea de 1977 muestra la doctrina del PNV tras la dictadura franquista y antes de que se iniciase el periodo democrático. En base a estos planteamientos lograría pronto desarrollar algunos aspectos básicos de su ideario – el acceso a la autonomía, la formación de unas estructuras políticas al modo de un Estado emergente -, así como captar las principales cotas de poder y la dirección del País Vasco, que mantuvo durante tres décadas. En los años siguientes no llevó a cabo una reflexión colectiva de un calado similar al de 1977. Por eso, en estos planteamientos encontramos los elementos ideológicos que le permitieron al PNV tal éxito político. También los criterios con los que quiso diseñar una nueva sociedad vasca, en la medida que la gestión nacionalista comportó tal tarea, y al margen del éxito o fracaso de esta labor.
La configuración doctrinal del PNV en 1976-77 no sólo sirvió como referente ideológico durante la transición y primeros momentos del régimen democrático y del acceso a la autonomía. A la altura de 2009 – cuando el nacionalismo se vio electoralmente forzado a abandonar el Gobierno vasco - sus elementos básicos no habían experimentado cambios sustanciales. Por sorprendente que parezca, habida cuenta de los profundos cambios sociales, políticos, económicos y culturales de los últimos treinta años – particularmente intensos en la sociedad vasca –, la configuración ideológica del PNV continúa siendo (2009) en lo fundamental la que elaboró en los estertores del franquismo.
Los conceptos identitarios de 1976/77 pueden rastrearse año a año en los documentos de las siguientes tres décadas4. También las mismas posiciones sobre la soberanía o sobre el papel político del euskera o de la educación, o las nociones claves sobre la comunidad nacionalista vasca y el dualismo nosotros/ellos, fundamental en esta doctrina y plenamente desarrollado a finales del franquismo.
Hubo a veces diferencias de matiz, pero fueron cambios expositivos o transitorios – adaptación a la coyuntura, alguna vez -, en ningún caso transformaciones profundas de un ideario cuyos mentores deben de considerarlo cerrado e inmune a las vicisitudes sociales y políticas. Los conceptos básicos subsistieron, así como su engarce argumental. Los elementos doctrinales – a veces con nombres diferentes – se repiten una y otra vez: en la transición, en la formación de la autonomía vasca, cuando el PNV pactó con los socialistas, durante la época soberanista... Pueblo Vasco, derechos históricos, soberanía originaria, identidad, noción de lo vasco, repudio de lo no vasco, “normalización”… Tales nociones inundan la literatura nacionalista de todo el periodo, incluyendo la primera década del siglo XXI, y juegan un papel crucial en el estancamiento político del País Vasco. Las encontramos ya, a veces con distintos enunciados, otras con los mismos, en las postrimerías del franquismo.
Dicho de otra forma: el PNV afrontó con un mismo bagaje doctrinal coyunturas tan diferentes como la transición, el acceso a la autonomía, el ejercicio del poder (en solitario y en coalición), el soberanismo de Lizarra y el que se movió en torno al Plan Ibarretxe y a las propuestas plebiscitarias. No hubo evolución ni renovación de sus planteamientos fundamentales, que sirvieron para orientar, interpretar y/o justificar sus posturas en circunstancias bien diversas.
En el nacionalismo vasco subsiste por tanto el entramado ideológico con que salió del franquismo. El hecho constituye una anomalía. No sólo porque forma parte de la naturaleza de las ideologías la evolución, la adaptación a las circunstancias cambiantes – más si éstas son del calibre experimentado por el País Vasco, España y Europa durante el último tercio del siglo XX -. Es que, además, en España todos los demás movimientos políticos han modulado su ideario en estos treinta años, han evolucionado con la sociedad. Todos menos el nacionalismo vasco: sus actuales propuestas las encontramos plenamente planteadas en 1976-77. Las diferencias entre una dictadura y una democracia o los enormes cambios de la sociedad vasca no les han hecho mella. Tampoco el ejercicio del poder. Es una ideología autorreferencial, que se explica a sí misma y que se mueve al margen del movimiento social. O, mejor, que presenta un sorprendente inmovilismo. Quiere adaptar la sociedad a la doctrina que elaboraron sus ideólogos en los finales del franquismo.
De ahí que se produjese una singularidad, ya en la transición, y que a la altura de 2009 subsiste. El nacionalismo vasco fue la única opción que en España mantuvo sus maximalismos de fines del franquismo. Éste fue un periodo particularmente fértil para la expresión de los radicalismos ideológicos. La oposición al franquismo desplegó planteamientos del todo o nada, con propuestas de cambios rotundos en la sociedad, de la que se pretendía la adaptación lisa y llana a las utopías ideológicas, sin contraste aún con las voluntades ciudadanas. Con el final de la dictadura, durante la transición o en los comienzos de la democracia unos abandonaron el marxismo, otros el leninismo, el centro de origen franquista impulsó la transición, la derecha fue abandonando sus conceptos autoritarios. Todos cambiaron. Se acomodaron a las condiciones propias de los regímenes democráticos plurales, en los que los principios ideológicos suelen adecuarse a las aspiraciones ciudadanas y a las necesidades de la convivencia entre diferentes. Todos abandonaron sus utopías.
El nacionalismo vasco no. No experimentó transformaciones ideológicas a las que se pueda aplicar tal nombre. Ni durante la transición ni después. Esta circunstancia ha de considerarse insólita. El nacionalismo vasco se atuvo a sus tesis identitarias, formuladas ya en 1976/77, a la idea de que el nacionalismo constituye la ideología natural del pueblo vasco, la única, la legítima. Su asunción del pluralismo siempre fue renuente, una adaptación a las circunstancias, a las que en sí mismas consideraba inconvenientes.
Así, durante los casi treinta años en los que gestionó el País Vasco, el nacionalismo vasco actuó conforme a los criterios radicales pergeñados a comienzos de los años setenta. Los mantuvo cuando los demás movimientos y partidos ya habían abandonado actitudes de este tipo. En consecuencia, quiso cambiar radicalmente a la sociedad vasca, eliminando las facetas que tenían que ver con la pluralidad. No elaboró nuevas propuestas que fuesen atractivas para la ciudadanía en unas coyunturas cambiantes. No llegó a explorar la posibilidad de una renovación ideológica. El nacionalismo vasco basó sus posibilidades de desarrollo – el del “Pueblo Vasco” - en conseguir una transformación identitaria de la sociedad vasca. La sociedad tenía que adaptarse a una ideología inmóvil, no ésta a las transformaciones sociales.
La génesis de este planteamiento radical ha de entenderse en el contexto del franquismo, cuando los distintos idearios elaboraron alternativas rotundas, lineales, las de quienes se sentían en posesión de toda la verdad y prescindían del pluralismo propio de cualquier sociedad. Había quienes aspiraban a socializar los medios de producción, otros más o menos a la dictadura del proletariado, por no citar otras ideas sui generis. Todo ello sin pasar por el tamiz de los criterios democráticos. Tales radicalismos se atemperaron luego. Lo hicieron cuando llegó la hora de contrastar los maximalismos ideológicos con las querencias ciudadanas y la diversidad social. Ésta expresaba posiciones diferentes y legítimas, contra esquemas característicos del antifranquismo. Sólo el nacionalismo vasco sostuvo proyectos de serias mutaciones sociales a instancias de parte, elaborados por su vanguardia dirigente.
Los proyectos de cambio radical de la sociedad vasca se mantuvieron las tres décadas siguientes. Seguramente el PNV entendía que, a medida que se propagasen el euskera y alguna seña de identidad (la liquidación de símbolos alternativos, por ejemplo), se produciría la conversión identitaria de los vascos. También se inclinarían hacia la opción nacionalista, circunstancia que en su concepto justificaría, por ejemplo, que se emprendiesen vías soberanistas. Fue un nacionalismo que no puso límites ni fronteras a sus sueños doctrinales.
Las previsiones le fallaron – ni construyó una sociedad con identidad vasca al modo nacionalista ni mejoraron sus apoyos: sólo creó disensiones sociales y, si se quiere, también sus redes sociales -, pero cabe preguntarse por la razón de la excepcionalidad. ¿Por qué el nacionalismo permaneció aferrado a los esquemas que elaboró durante el periodo franquista, cuando los demás movimientos los abandonaron pronto?
En principio, la respuesta no resulta complicada. Los resultados electorales de la transición y el desarrollo político posterior del País Vasco parecían confirmar la imagen-mito que tenían los nacionalistas en 1976/77, según la cual eran la representación auténtica del pueblo vasco. No obtuvo, ni entonces ni después, grandes mayorías, pero diversas circunstancias – la fragmentación de los no nacionalistas, el dominio de las nociones básicas que se difundían en la sociedad vasca, la hegemonía simbólica, las deficientes alternativas al nacionalismo, los efectos del terrorismo… - le permitieron al PNV consolidar su idea de que el nacionalismo no constituía propiamente una opción, sino la única alternativa para un pueblo en marcha hacia la construcción nacional. El rápido acceso al poder autonómico y su dominio político venían a confirmar, en su criterio, las tesis nacionalistas.
Estas razones pueden explicar la inmovilidad ideológica del nacionalismo. Aún así, y aunque se mantuviera en el poder, sorprende que el nacionalismo – que querría encabezar la modernización del País Vasco - no atisbara la profundidad de los cambios sociales y culturales y la conveniencia de que éstos repercutieran en las propuestas políticas. Llama la atención, también, su confianza en que unas estructuras ideológicas diseñadas para la sociedad vasca de fines del franquismo pudieran guiarla las décadas posteriores.
El PNV obtuvo el poder autonómico a la primera ocasión, cuando se gestaba la autonomía, y lo retuvo después. Las tesis identitarias no tenían que ser retocadas, pues bastaba el toque al rebato de la identidad para congregar el voto, pudo pensar el PNV. El nacionalismo buscaba cambiar en profundidad la sociedad vasca – construirla nacionalmente –. A la luz de lo que venía sucediendo electoralmente, tal objetivo no requería una reelaboración doctrinal ni el esfuerzo por gestar una ideología moderna y adaptada a los nuevos tiempos. Bastaba el ejercicio del poder basado en una mayoría parlamentaria, por exigua que fuese. En consecuencia, el nacionalismo fue el único movimiento político que siguió viviendo con los parámetros del periodo franquista, con los mismos esquemas argumentales y doctrinales de aquella época.
Con esas premisas se mantuvo en el poder. Durante treinta años fue el único partido/movimiento que en España lo conservó siempre, desde la transición hasta 2009. Nunca tuvo que competir desde la oposición. Nunca tuvo que ganarse a un electorado desde fuera del poder. No cambió sus presupuestos doctrinales del último franquismo, pues no le resultaba necesario hacerlo. Ideológicamente podía vivir al margen de las transformaciones de la sociedad vasca, o imaginar que las impulsaba. El mantenimiento de las ideas iniciales parecía suficiente.
Subsistía su antifranquismo, un ideario para oponerse a la dictadura, pero que sirvió cuando ésta ya no existía. De ahí en buena medida la necesidad nacionalista de recrear simbólicamente al franquismo, de equiparar con él a los movimientos no nacionalistas, pues constituye la principal referencia de su diseño doctrinal. Las conclusiones de la Asamblea nacionalista de 1977 no contienen alusiones al régimen dictatorial, pero sus maximalismos ideológicos y su radical exposición de propuestas excluyentes han de entenderse en el contexto del franquismo, cuando los distintos movimientos antifranquistas elaboraban alternativas de contundencia similar. La democracia, por entonces, era una noción instrumental, reivindicada una y otra vez pero entendida como un medio para llegar a la revolución social o a una suerte de revolución nacional – la liberación de los trabajadores o la liberación nacional, o ambas, según las distintas percepciones doctrinales -.
La larga supervivencia del ideario nacionalista resalta la importancia de sus postulados de 1976/1977, sobre los que se diseñará la acción política del PNV durante tres décadas y su intento de remodelar la sociedad vasca. Los Planteamientos... del PNV son fieles a la ortodoxia nacionalista y a los planteamientos del nacionalismo histórico. Constituyen, también, una adaptación a las circunstancias que vivía la sociedad vasca en las postrimerías del franquismo, según el prisma de los dirigentes nacionalistas.
Los postulados nacionalistas
El PNV no elaboró en 1976/77 una guía de acción política, ni se planteó, por ejemplo, su postura ante la verosímil gestación de un régimen de partidos, la eventualidad de una Constitución o los problemas que podía plantear el acceso a la autonomía (como el que podía derivarse de Navarra, cuestión crucial para el nacionalismo). Tampoco se encuentran reflexiones sobre el terrorismo – o sobre la violencia política, por usar el término que después emplearía -, pese al impacto que tenía en aquel momento. Apenas se encuentran, específicamente, menciones a la gestación de un nacionalismo vasco radical, aunque sí pueden localizarse alusiones indirectas.
Los planteamientos pretendían propiamente configurar una doctrina, sentar sus principios ideológicos básicos, no prever respuestas ante las eventualidades que podrían llegar. Ni siquiera en lo que a la gestación de un modelo democrático y constitucional se refiere, o al sistema de libertades al que aspiraba. Subyacía la idea de que una correcta formulación ideológica sería suficiente para responder a las distintas problemáticas.
La dirección del PNV optó por plantear la cuestión vasca como un problema secular, no como la mera consecuencia del periodo dictatorial. Desde este punto de vista el franquismo sería, pese a su virulencia, una manifestación más de una opresión histórica que arrancaría del siglo XIX. El procedimiento permitiría actualizar la ideología al modo reflexiones globales, no dependiente de las circunstancias inmediatas. Esto contribuiría a que pudiera mantenerse en las distintas coyunturas, de carácter tan diferente, que se sucederían los años y décadas siguientes.
Los planteamientos de 1977 constituyen una elaboración ideológica decisiva, con gran repercusión histórica. Y eso, pese a que como tal texto quedó pronto relegado al olvido. Apenas fue citado, pero recoge los esquemas que inspiraron la actuación del PNV durante los siguientes años. Sentaba y articulaba las definiciones básicas, aun sin intentar una exposición minuciosa, sistemática y completa.
Los principios que configuran el ideario del PNV en 1976/77 presentan aparentes omisiones. Son sobreentendidos, lugares comunes o principios que desde el punto de vista nacionalista resultan axiomáticos y, en consecuencia, su inclusión no resultaba necesaria o podía ser incluso perjudicial.
Por ejemplo, términos como “pueblo vasco”, “vasco” (quién es vasco en el criterio del PNV) o “nación vasca” no quedan explicados. No hay ningún intento de definirlos, pese a que el contenido de tales términos resulta fundamental en la ideología nacionalista. El cariz de ésta sería diferente si, por ejemplo, su discurso entendiese como “vascos” a todos los habitantes del País Vasco, a éstos y a los de otras zonas de España y Francia, sólo a los que hablan euskera, únicamente a los nacionalistas o, genéricamente, a quienes presentan determinados signos de identidad. Es una cuestión crucial para el nacionalismo y un elemento central de su ideología. Sin embargo, los textos nacionalistas no llegan a precisar su contenido.
Sus significados eran obvios para cualquier militante nacionalista y su conceptualización escrita resultaría complicada, farragosa y quizás contraproducente. A veces el PNV usaría tales términos con ambigüedad, quizás deliberada por ser conceptos excluyentes – dejan fuera a buena parte de los vascos -. Clarificarlos no parecería el mejor método para publicitar a un movimiento que quería propagarse incluyendo en él a quienes de momento no consideraba vascos. Tenía que atraerlos – lo que implicaba no sólo su apoyo político sino un esfuerzo notable por asumir nuevas señas identitarias - sin cambiar los criterios de la exclusión ni atenuarlos: en cierto modo tal exclusión es la razón de ser del nacionalismo.
Resumiremos a continuación los elementos constitutivos de la ideología del PNV en 1976/77. Sin reproducir la secuencia expositiva que de ellos hace la documentación, intentaremos reconstruir su encadenamiento argumental. Así, forman el ideario del PNV a comienzos de la transición los siguientes principios básicos:
1º.- Existe un Pueblo vasco.
2º.- El Pueblo vasco tiene un “ser propio”.
3º.- La identidad (el ser propio) la define la cultura.
4º.- La cultura la crea el Pueblo (vasco).
5º.- Vasco es quien se integra en el Pueblo vasco, entendiendo por tal el que se ajusta a determinados criterios culturales.
6º.- El sistema político a desarrollar (en el País Vasco) es el que emana del ser propio del Pueblo vasco.
7º.- En el mismo sentido, pero en otro orden de cosas y con un tratamiento específico, el sistema socioeconómico a desarrollar (en el País Vasco) emanará también del ser propio del Pueblo vasco.
8º.- En el País Vasco hay vascos y no vascos, y sólo los primeros tienen plena legitimidad como miembros del Pueblo vasco. Los otros podrán integrarse en el Pueblo vasco si adaptan sus criterios culturales de corte identitario, los que emanan del ser propio.
9º.- La misión del nacionalismo es recuperar la personalidad (identidad) vasca, esto es, forjar toda la sociedad vasca conforme a los elementos culturales que según el criterio nacionalista definen al Pueblo vasco, lo que implica eliminar las culturas consideradas exógenas, no ajustadas a la personalidad vasca.
Un pueblo con “ser propio”
La piedra angular de los postulados del PNV es la convicción de que existe un Pueblo vasco plenamente diferenciado, concebido como un hecho natural y por tanto prepolítico. No una nación, como enunciara el primer nacionalismo, sino un Pueblo. La existencia de un Pueblo vasco con un “ser propio” y una cultura privativa es un axioma, por lo que en ningún momento se demuestra ni define su contenido, pese a de ello se derivan importantísimas tesis políticas, económicas y culturales.
Esta idea resulta omnipresente en la reflexión colectiva del PNV de 1977. Sobrevuela sobre todas las apreciaciones. Constituye el punto de partida de la ideología, pero en propiedad no forma parte de ella. Es una creencia, anterior al desarrollo del ideario. Al PNV no le hacía falta demostrar que existe tal Pueblo vasco, pues el axioma lo compartían todos los nacionalistas, que lo consideraban una obviedad. El PNV – y en general el nacionalismo – no defiende políticamente el postulado. Sólo lo afirma, como realidad incontrovertible, objetiva, que no entra en el terreno de las argumentaciones políticas ni cabe someter a discusión. No es una tesis que ofrezca a la consideración de la ciudadanía, pues lo entiende como una verdad irrebatible.
La elaboración política y las alternativas llegarían a partir de la asunción de la existencia del Pueblo Vasco con una cultura propia. Ahora bien: esta idea tiene un gran alcance argumental. El nacionalismo le otorga amplias connotaciones, que incluyen el régimen político a adoptar o las actitudes culturales y sociales que serían admisibles, derivadas de las esencias identitarias. Por eso la afirmación de este concepto de pueblo estrecha los márgenes que cabe dejar al debate público. Gran parte de lo que los ámbitos no nacionalistas estiman que entra dentro de las alternativas ofertadas a la ciudadanía resultan cuestiones que para el PNV están ya resueltas en la propia idea de pueblo vasco. Le son inherentes.
En esto el nacionalismo de fines del franquismo presenta características diferentes al que gestara Sabino Arana. El objetivo del primer nacionalismo consistía en sostener que “Euskadi es una nación” por lo que tenía determinados derechos políticos. El nuevo nacionalismo vasco, por contra, busca desarrollar la identidad del “Pueblo vasco”, que en principio no define políticamente.
Se ha producido un desplazamiento argumental. El concepto nación tiene inmediatas implicaciones políticas. En la expresión aranista la nación es un hecho objetivo, basado en determinadas características que han de considerarse esenciales, pero la clave del movimiento era la conquista de derechos políticos. El concepto de Pueblo vasco es preexistente, anterior a la política, y la finalidad del nuevo nacionalismo es la afirmación de la identidad; incluso en lo que implica de proyecto político, éste propone básicamente ahondar en la esencia identitaria.
De esta lógica se derivan importantísimas consecuencias en el desenvolvimiento político del nacionalismo. Se configura como un nacionalismo identitario y esencialista. Su tesis central – la existencia de un Pueblo vasco con identidad y desarrollo forzoso de tales esencias – queda sustraída del debate político. Conceptualmente no depende del grado de adhesión social que logre. No sólo la existencia del Pueblo Vasco quedará al margen del debate. Tampoco entrará en el terreno de lo opinable – de lo que pueda ofrecerse como alternativa – cuál debe ser el desenvolvimiento político y social de tal concepto de Pueblo, predefinido en términos identitarios.
No resulta posible localizar en los textos del PNV ninguna definición precisa de tal pueblo vasco. De su argumentación de 1976/77 se deduce que lo identificaba con “el Pueblo Vasco” que perdió las guerras carlistas y sufrió la abolición de los fueros. Seguía el planteamiento de Sabino Arana, que concebía a los fueros como la representación del mundo tradicional y al proceso de abolición como un fenómeno histórico lineal, compuesto en exclusiva de pérdidas. El pueblo vasco del que habla el PNV es, por tanto, el País Vasco tradicionalista que se alineó con el carlismo, del que se siente heredero y considera única noción legítima de lo vasco.
Este enunciado excluye de tal pueblo vasco a la tradición liberal, que sería foránea, extraña e incluso enemiga. Hasta repudia del liberalismo constitucional – o de cualquier constitucionalismo liberal – como concepto5. No sólo por representar la supuesta pérdida de la soberanía vasca, sino por resultar en sí mismo una opción ajena al pueblo vasco. El rechazo del liberalismo como concepto político e histórico es preciso y expreso.
El repudio del liberalismo tiene su importancia, primero, por la sorpresa que produce a finales del siglo XX un movimiento que se presenta como democrático y que reniega de las conquistas liberales. Argumentalmente, rechaza como negativa la etapa histórica en la que se asentaron conceptos de libertad y las estructuras constitucionales, que forman parte del bagaje asumido como herencia política de las democracias.
Tal planteamiento implica, además, que el nacionalismo cree en caminos históricos alternativos, de corte tradicionalista, en los que el desarrollo político podría darse por vías contrarias al liberalismo constitucional, como un desenvolvimiento de la esencia del Pueblo vasco.
El rechazo a la herencia liberal supone la elección de vías que se sitúan al margen de valores políticos universalmente admitidos. Conlleva la creencia en principios propios y privativos, que serían desarrollo de las peculiaridades vascas. Pueblo vasco significa una determinada opción de carácter político, pero sólo una. El esencialismo identitario, que se ve heredero del tradicionalismo y ajeno al liberalismo, incluye la definición a priori de los comportamientos políticos que ha de tener el pueblo vasco, que se derivarían de su forma de ser.
En estos términos, sorprendentemente el principal reto que se planteaba el PNV a la altura de 1976/77 no consistía en afirmar políticamente la nación vasca y lograr adhesiones sociales. Éstas resultarían imprescindibles para la acción política, pero tenían un fin instrumental para el desenvolvimiento del “ser propio”. El principal objetivo era desarrollar política, social y culturalmente el concepto de Pueblo vasco.
Los planteamientos del PNV en 1977 incluyen otra idea clave: “el Pueblo vasco tiene un ser propio” – y todos los pueblos tienen “un ser propio” –. Este concepto de “ser propio” se expresaría a veces como “personalidad” y, con más frecuencia, como “identidad”, que fue el nombre que se impondría en el futuro. “Ser propio”, “personalidad” e “identidad” pueden considerarse equiparables, si bien la expresión primera otorga mayor profundidad al concepto. El “ser propio” sugiere algo trascendente e inherente a la propia existencia, casi de carácter metafísico, que alude a la esencia.
Apenas desarrolla la documentación del PNV el concepto de “ser propio”, pero repetidas veces deja claro que existe tal elemento definitorio de pueblo. No sólo el pueblo vasco tiene un “ser propio”. También lo tienen los distintos “entes políticos históricos vascos”, si bien coinciden en sus identidades, tal y como precisa el texto nacionalista. Así, “ser propio” constituye el elemento definitorio de las entidades con derechos políticos: en la versión nacionalista éstos son siempre pueblos (no ciudadanos) que cuentan con una especie de legitimidad histórica. También la tienen algunos componentes colectivos de “los pueblos”. Los pueblos, por tanto – al menos el pueblo vasco - pueden fragmentarse conceptualmente hasta llegar a núcleos de dimensiones más reducidas. Serán legítimos y tendrán derechos políticos siempre que coincidan identitariamente con el pueblo de referencia, en el que se insertan.
En el esquema del PNV, tras recuperar el “ser propio” llegaría el momento de desarrollar éste. Ésta es la tarea prioritaria del nacionalismo. La propuesta política era en consecuencia doble, aunque formaba dos pasos de una misma vía. El objetivo del PNV era recuperar el “ser propio”, y esto un primer paso para desplegar después tal identidad. La actividad política no tenía como meta final recuperar la identidad diferenciada, sino profundizar en ella una vez que la lograse. Todo giraba en torno a la identidad, al “ser propio”. Era la justificación del nacionalismo – que existía por existir un pueblo con identidad -, el objetivo político inmediato y el propósito final. La misión del nacionalismo era profundizar en la diferenciación identitaria. En el “ser propio”.
Para cuando “se restableciese” la identidad, el PNV no proponía que la sociedad vasca, coincidente ya con el pueblo vasco, se desarrollase políticamente en cauces normalizados, imaginemos que conforme a la expresión de las voluntades electorales. Tendría entonces la misión de ahondar en la especificidad. El PNV proponía un camino sin final posible, pero siempre en la misma dirección diferenciadora. La meta no era la independencia. Tampoco la conversión de la sociedad vasca a los criterios identitarios del nacionalismo. De lograrse, habría otro objetivo, profundizar en la identidad. La oferta nacionalista implicaba un camino inacabable. Eso sí, tales pasos no serían sucesivos. Deberían ser simultáneos: la búsqueda de la independencia, la conversión identitaria de la sociedad vasca, la profundización en las diferencias culturales.
El concepto de “ser propio” sirve también para caracterizar la visión internacional del PNV, que esboza un futuro europeo, la Europa de los pueblos, formada por pueblos con un “ser propio” característico. El de los pueblos con esencias constituía un concepto firmemente asentado, que servía para construir la imagen de Europa. Arranca, al parecer, del convencimiento de que toda Europa comparte sus mismos criterios sobre la naturaleza identitaria de los pueblos. Entendía, quizás, que ésta es una noción universal.
Dado el peso que tendrá la idea de “cultura” al definir la identidad y como en este planteamiento los distintos pueblos europeos tienen “seres propios”, la imagen general resulta chocante. Implica la destrucción del concepto de “cultura universal” o de “cultura europea” tal y como se entienden habitualmente. Todas las culturas legítimas lo son por ser “culturas propias”, diferenciadas entre sí, venía a decir el PNV. Así, la cultura europea sería un producto negociado entre culturas locales, profundamente distintas entre sí. Sería el resultado de la negociación o del diálogo entre múltiples culturas autóctonas, todas empeñadas en afirmarse como diferentes al resto.
El “ser propio” de 1977 – expresión que no tendrá un ulterior empleo en la documentación del PNV – coincide en lo fundamental, ya está dicho, con la idea de identidad, término que pasaría a ser común en el argot político del nacionalismo. No la definen las formulaciones del PNV en 1977 – tampoco después se describen nunca sus componentes -, pero sí dejan clara su importancia. Es un eje de la construcción doctrinal. Hay un “identidad étnica, cultural y de voluntad” entre todos los “entes políticos históricos vascos” - término alambicado que se empleó en 1977 y que más tarde se simplificaría en “territorios históricos”, para rehuir el “provincia” que el nacionalismo entendería como españolizante -. La identidad o personalidad del ser propio del Pueblo vasco es eminentemente cultural, en la concepción del PNV de 1977.
El concepto nacionalista de cultura
El concepto de “cultura” que empleaba el PNV era omnicomprensivo y definía la identidad. Mereció una reflexión no referida expresamente al Pueblo Vasco. Esta exposición teórica sobre “la cultura”, en todos sus detalles, incluso los más nimios, se elaboró en función del concepto de cultura vasca que emplearía el PNV. Teorizó para legitimarlos y acogerlos en un planteamiento con pretensiones de altura intelectual. No constituyó un hito de la reflexión política, pero tiene interés desentrañar el intenso concepto de cultura que a la sazón exponía el PNV con una suerte de convencimiento de que tales ideas eran generalizables y quizás de elaboración profunda.
El concepto nacionalista de cultura no hacía alusión al conjunto de conocimientos, saberes o manifestaciones artísticas, lingüísticas, literarias, etc., sino que se refería a todos los aspectos del comportamiento humano. Seguía planteamientos provenientes de la sociología o de la antropología.
“La cultura abarca tanto los usos, costumbres y las leyes que regulan la formación de los grupos sociales tales como la familia, la escuela, los núcleos de amistad y de trabajo, las instancias culturales y religiosas no menos que los valores, los símbolos, los ideales y las éticas que inspiran, y legitiman estos usos y costumbres y leyes”6. Todo el comportamiento social del hombre, desde esta perspectiva, ha de considerarse cultura y forma parte de su ser propio e identidad. Como para el pueblo vasco se considera esencial, las capacidades de decisión que tiene una generación, un grupo, no digamos un individuo, quedarán extraordinariamente limitadas.
La cultura servirá para definir la identidad. Se sostendrá que ésta es única, acorde con el “ser propio”. Por eso, tal planteamiento tendrá particular importancia. La noción de identidad abarca todos los aspectos de la vida en sociedad. Todos forman parte de una identidad esencial a la que habrán de ajustarse los individuos.
“La cultura comprende pero no se reduce solamente a los modos de trabajo, las costumbres, el folklores o la lengua. La cultura es organización, trabajo, consumo, arte, costumbre, economía, derecho, filosofía, sentimiento religioso, idioma”. La cultura es todo, por tanto. Comporta una amplia diversidad, que no está jerarquizada ni se le sugiere algún criterio de racionalización. Son, además – y esto es clave para entender la importancia de tales formulaciones – planteamientos que se pretenden definitorios, por lo que tendrán después un papel político fundamental.
Estos puntos de vista, que encajan con planteamientos de la antropología cultural, de algunas versiones sociológicas sobre los comportamientos culturales – e incluso con ocurrencias políticas de signo populista – definen un concepto de cultura cuyas implicaciones desbordan las analíticas. Se convierte en un cajón de sastre sin definiciones precisas, jerarquías de valores ni conceptualizaciones, en el que todo parece tener similar importancia. Por la vía de las nociones identitarias, las pretensiones culturalistas se convertirán en la justificación de decisivas posiciones políticas, sin que se establezcan tampoco gradaciones ni criterios definitorios, aunque sí tal función.
En este planteamiento la cultura cumple tres funciones, las tres fundamentales para el ideario nacionalista:
Primero, expresa la existencia de un pueblo. El PNV afirma que no resulta imaginable un pueblo sin cultura propia. Ésta es la que forja al pueblo. Quizás también a la nación – lo hará en la medida en que la nación es la formulación política del pueblo -, pero de momento este concepto no juega ningún papel al respecto.
En segundo lugar, sirve como elemento de cohesión de un pueblo, lo que comporta la necesidad de que sus componentes asuman tales nociones culturales (comportamientos, actitudes, etc.). Sirve, a su vez, como elemento de exclusión. No podrán considerarse integrantes del Pueblo quienes no las compartan.
Por último, es un “instrumento de identificación” del pueblo, debe de entenderse que desde el exterior de éste y también para el reconocimiento interno de sus componentes, de los miembros del Pueblo.
“Expresión de la existencia de un pueblo, elemento de coexión (sic), e instrumento de identificación del mismo”7, la cultura constituye el elemento crucial del entramado ideológico identitario, basado en la omnipresencia argumental del pueblo.
Tal idea radical de pueblo sería el punto de partida a partir del cual podían gestarse, y justificarse, nociones públicas – de organización social, de criterios éticos, de principios políticos – privativos y diferentes. Ocasionalmente se asegura que las culturas de un Pueblo se desenvolverán “en un contexto de valores universales”, pero tal consideración parece exculpatoria. No juega papel alguno a la hora de determinar la validez de los elementos culturales del pueblo vasco. De este enunciado parece deducirse que los valores de un Pueblo no deberían estar reñidos con los universales. No que tales valores serían su concreción. La noción queda negada en la práctica, al absolutizarse la capacidad de crear valores democráticos propios o criterios de justicia propios. De la argumentación se infiere la posibilidad de un pleno desenvolvimiento de principios privativos de un pueblo, con plena legitimidad siempre que sean propios.
Los valores culturales propios de un pueblo incluyen, se asegura expresamente, un código de conducta, una escala de valores “para discernir lo justo de lo injusto”, unas reglas de juego “para asegurar la convivencia” y una “jerarquía de objetivos”, hay que suponer sociales. Quedan descritos como “objetivos del Pueblo”8.
Hay, pues, pueblos con objetivos y con sus propios códigos de conducta diferentes a los de los demás. El acento se pone en la capacidad creativa de un pueblo, incluso al gestar sus propias nociones de lo justo e injusto. No se refiere a un marco legislativo propio, o un desenvolvimiento local de principios universales. La acotación tiene un carácter absoluto, no relativo, y concibe la plena posibilidad de nociones exclusivas de justicia (e injusticia) emanadas del “ser propio” de un pueblo, no necesariamente coincidentes con las de otros pueblos. Ética propia, normas de conducta propias, valores propios, reglas políticas propias y diferenciadas: la descripción sugiere una evolución política e ideológica en la que la ética, la democracia o la justicia, en sus categorías básicas, serán emanación de esta especie de soberanía cultural del Pueblo.
La precisión tiene particular trascendencia. La argumentación identitaria afirmará que resulta necesario singularizar al pueblo, ahondar en su “ser propio”. El esquema lleva forzosamente a buscar unos criterios propios de la justicia, diferentes a los de los demás. De ahí que al aplicar criterios morales generales (la condena de la violencia, por ejemplo) suelan desconcertar las reacciones del nacionalismo. Se mueve en sus propios parámetros al establecer lo justo e injusto y considera conveniente que así sea, por mucho que no lo suela explicitar.
En estas condiciones de elipsis argumentativa no resulta posible reconstruir qué criterios de justicia e injusticia tiene el nacionalismo, pero sí pueden deducirse, de la documentación, algunas notas:
a) son distintos a los generales y, en particular, a los admitidos en España;
b) entiende que tal diferenciación resulta aceptable, y hasta deseable, como rasgo de identidad cultural;
c) como otros aspectos culturales, tales criterios morales se crearían desde la ideología y definirían como propios de la cultura vasca y por tanto del pueblo vasco;
d) estos códigos éticos conceden distinta valoración a lo propio y a lo ajeno, al “pueblo vasco” y al resto, incluida la parte de la sociedad vasca que no considera parte del primero; “era de los nuestros”, como condena del asesinato de un nacionalista, puede sorprender, pero tiene pleno sentido en estos esquemas.
e) los distintos juicios referidos a las relaciones entre los vascos (quienes el nacionalismo entiende como vascos) y el resto parten de una sobrevaloración de lo propio. Puede entenderse como susceptibilidad, capaz de entender como agresión cualquier actitud que considere lesiva para “lo vasco” y situarla en el punto más bajo de la escala moral; así como de otorgar comprensión – también en términos éticos – a actuaciones si considera que se han producido con la intención de defender al pueblo vasco, al margen de que el PNV no las comparta y hasta las considere reprobables.
El soberanismo cultural implícito en los postulados del PNV incluye un soberanismo ético, un soberanismo político, un soberanismo sobre valores. El pueblo vasco tiene derecho no sólo a la independencia, sino a gestar un modelo moral y político propio, no necesariamente ajustado a las normas habituales de un régimen democrático.
En el esquema del PNV en 1977 la humanidad se divide en pueblos y éstos tienen una cultura propia, entendida con criterios de raíz antropológica o sociológica. Esta aparente descripción objetiva da paso a valoraciones subjetivas y políticas. Llevan a resultados que sorprenden dentro de una exposición de pretensiones cientifistas.
Según la documentación del PNV no todos los pueblos alcanzan altos desarrollos culturales. Algunos lo consiguen “a base de esfuerzo, de acumulación de experiencias y sacrificios comunes, de colaboración y de trabajo”. Logran así “establecer un código de conducta, una escala de valores para discernir lo justo de lo injusto, unas reglas de juego para asegurar la convivencia y una jerarquía de objetivos”9. En tal caso “es un pueblo capaz de subsistir, de prosperar y de asegurar a todos sus miembros una vida digna, justa y próspera”. La dignidad, justicia y prosperidad de quienes forman parte del pueblo depende del desenvolvimiento de éste, y no de factores como el desarrollo democrático o la libertad individual, conceptos al margen de esta argumentación. Y el máximo desarrollo cultural se consigue con esfuerzo y sacrificio colectivos.
Con estos parámetros el pueblo vasco ha de desarrollar su especificidad cultural. Queda asentado su derecho a hacerlo: “cada pueblo tiene derecho, en un contexto de valores universales, a establecer sus normas de comportamiento y convivencia, sus reglas de juego y su objetivo de progreso”. No sólo es un derecho. Al equiparar la supervivencia y desarrollo de un pueblo con el desenvolvimiento de una cultura propia, se convierte en obligación y en la principal tarea colectiva, de suyo imprescindible.
Este razonamiento implica, primero, que la cultura diferencial se crea, no es una mera emanación de un “ser propio”; segundo, que, para la supervivencia de un pueblo, resulta imperativo gestarla, incluyendo la creación de normas políticas y éticas propias. En el planteamiento del PNV no hay problema conceptual para ello. Afirma que la cultura la crea el pueblo, génesis que otorga legitimidad plena: “La cultura verdadera es creada por y en el pueblo”. Es “cultura verdadera” cuando se produce la creación popular.
Tiene interés el concepto de “cultura verdadera”. Implica que hay culturas que no lo son, que resultan erróneas o falsas. La noción de cultura de pretensiones científicas, que la identifica con comportamientos sociales, queda hecha jirones, al introducirse semejante juicio de valor. Hay comportamientos que son admisibles y otros que no lo son, se deduce del enunciado nacionalista. La cultura deja de ser una creación de la sociedad y pasa a ser aceptable o rechazable según criterios políticos. La noción antropológica/sociológica junto a esquemas ideologizados conduce a conclusiones distorsionadas. Los comportamientos culturales no son los de la sociedad vasca, sino los que se atribuyen a un pueblo vasco imaginario. El esquema cientifista sirve sólo para dar aspecto de objetividad la disquisición doctrinal. Esta “cultura vasca” no alude a los usos sociales de los vascos, sino a los que tendrían que ser según el criterio del PNV.
La “cultura verdadera” lo es porque la crea el pueblo, afirma la doctrina nacionalista de 1977. En ningún caso queda definido quién compone el pueblo, cómo se produce tal gestación y de qué forma se determina que una noción cultural procede del pueblo. Eso sí, el desarrollo argumental deja claro que la cultura popular auténtica aporta los rasgos identitarios diferenciales.
No se precisa cuál es el pueblo legitimado para formar “culturas verdaderas” ni los modos de verificar su autoría. Sin embargo, tan contundente afirmación tiene una doble utilidad: permite definir políticamente qué rasgos culturales son propios del pueblo; y proporciona un argumento para la exclusión, si se dictamina que una cultura es impropia, asegurando arbitrariamente que no está creada por el pueblo.
La noción de “cultura auténtica” o “verdadera” se desarrolla de forma reiterativa. Puede hablarse de “cultura auténtica” no sólo por su génesis popular; también “cuando es mantenida y cultivada en y por el mismo pueblo”. Eso sí, la cultura verdadera sólo lo es cuando es privativa y sirve para diferenciar.
Desemboca el razonamiento en la tautología omnipresente en el razonamiento nacionalista: el pueblo crea la cultura, pero ésta será “verdadera” sólo si es singular; la cultura es la expresión de la identidad, por lo que ésta forzosamente será propia y diferenciada, pues la cultura verdadera sólo lo será si tiene estas características. En otras palabras: el pueblo crea cultura diferenciada – sino, no es verdadera, por lo que ha de eliminarse - y ésta gesta al pueblo como instancia singular. La identidad así concebida – diferente por definición – sirve, a la postre, para legitimarse, por la afirmación que existe un pueblo con identidad propia. En realidad, es la única conclusión posible con tales premisas. Se produciría en todo caso, al margen de los comportamientos y de las voluntades de la sociedad (o pueblo) a que se refiera.
Otra consecuencia de interés: al admitirse como cultura auténtica sólo a la diferente, los pueblos tienen identidades radicalmente distintas. Cada vez más distintas, podríamos decir, pues es obligación de sus miembros crear culturas singulares. Constituye la principal obligación personal y social. El deber de las personas y grupos – en todos los pueblos – es formar rasgos políticos, culturales, morales, éticos, etc. cada vez más diferentes, pues tal rasgo otorga el carácter de propio, así como la legitimidad.
En la lógica nacionalista vasca de finales del XX la autenticidad cultural de los pueblos – estas reflexiones teóricas se querían válidas para todos los pueblos - les aboca a crear rasgos singulares, cada vez más separados de sus entornos y de otros pueblos, sin olvidar que las especificidades abarcan todos los ámbitos de la vida social.
El mecanismo cultural identificatorio que describe el PNV adquiere el carácter de imperativo categórico. El pueblo, tal y como lo explica, tiene la obligación de crear su cultura propia y no tiene derecho a perderla. Es un argumento de cariz religioso, al plantear deberes de índole moral, relacionados con una suerte de salvación colectiva. “Ningún pueblo tiene derecho a suicidarse culturalmente, ni a prostituirse ni alquilarse; un pueblo libre es un pueblo con cultura propia”10. La libertad del pueblo no consiste en circunstancias políticas – su independencia, pongamos por ejemplo, o un régimen democrático -, sino en su desarrollo cultural. La libertad reside en el desenvolvimiento propio de la diversa gama de circunstancias – costumbres, concepto de justicia, etc. -, que forman la cultura en el argumentario nacionalista. No en las libertades ciudadanas.
En esta lógica, se habla de “libertad cultural”, pero no se refiere al derecho de los ciudadanos a desarrollar sus opciones culturales, que queda negado. El sujeto de la libertad cultural es el pueblo. A esta abstracción se atribuye la capacidad de elaborar y desarrollar su cultura, definida en función de la necesidad de crear identidades. La cultura se impone sobre el individuo. “La mayor responsabilidad del ciudadano” no consiste en su aportación cultural, ni ninguna creatividad de este tipo, sino que “es conocer su propia cultura, asegurando la supervivencia y convivencia ciudadanas: su mayor tarea consiste en asumirla, estimularla y fomentarla”.
No hay mayores precisiones sobre cómo se averigua cuándo la cultura del Pueblo lo es. Sí que la cultura debe ser propia, y por tanto distinta, ideas que se repiten sucesivas veces. “La autodeterminación y autogestión culturales son tareas colectivas esenciales e inalienables del pueblo”, no productos de algún tipo de creación individual. A la concepción comunitaria de la cultura se le otorga plena validez y atribuye la naturaleza de una personalidad singular.
Con todo, sí se introducen notas que ha de cumplir la “auténtica cultura” de un pueblo:
1.- La cultura es propia, autóctona “o adaptada libremente de otros pueblos o ámbitos culturales”, pero en este caso también como testimonio y vehículo de expresión de la propia sociedad.
2.- Cultura verdadera es, por tanto, la que expresa la existencia de un Pueblo diferenciado.
3.- La cultura constituye el resultado de una experiencia histórica ininterrumpida, con continuidad esencial respecto a las tradiciones, con las que no podría haber ruptura. “Todo pueblo responsable se siente deudor de todas las generaciones precedentes que han aportado su colaboración”.
4.- Se admite el cambio cultural, pero como evolución respecto a las experiencias históricas, que marcan la identidad. Tal transformación tendría un límite: no podrían diluirse las singularidades esenciales. Si se produjese eso – aunque lo decidiesen los miembros de un pueblo -, habría pérdida de cultura propia. En el criterio del PNV esto sería tanto como eliminar la cultura, cuyo único sentido está en afirmar la singularidad. El caso extremo sería el “culturicidio de otro pueblo invasor”.
5.- La cultura se concibe como una labor colectiva y como una tarea histórica que constituye una obligación generacional, a construirse en términos identitarios.
6.- La cultura identitaria incluye un rechazo expreso a que en un pueblo se desarrollen experiencias culturales diferentes a las consideradas como propias. Esto es así siempre, pero aún más si tales expresiones culturales se deben a “pertenecer o haber pertenecido a una misma obediencia política o colonialismo cultural o jurídico”.
7.- La cultura constituye el patrimonio de todo el pueblo, no de grupos o individuos, cuya creatividad queda limitada, pues sólo será legítima si se ajustan a las definiciones colectivas. Esta última idea – que elimina cualquier atisbo de pluralidad - jugará un papel fundamental en la argumentación. Le permite al PNV establecer criterios para rechazar desarrollos culturales que no considere vascos así como los de otros nacionalistas, descalificados como “grupos” o “clases sociales”, no todo el pueblo.
En esta reflexión genérica acerca del concepto de cultura se incluyen los medios de actuación sobre el “desarrollo cultural”:
Constituye obligación de toda persona y grupo la conservación, reconquista (sic), transmisión y fomento (no la creación) de cultura.
El individuo “debe preocuparse de lo que es propio como componente del grupo”.
El quehacer colectivo se convierte por tanto en un elemento legitimador de “la cultura verdadera”.
También deben velar por la cultura el municipio (para proteger el patrimonio y “facilitar la integración cultural de todos sus miembros”), la región y el Estado.
Todos los medios “de relación social y de comunicación” deben ser utilizados como medio de acción cultural.
Todo el proceso educativo y todos los medios de difusión, incluyendo el uso del idioma, tienen que estar al servicio de tal acción cultural. Educación, medios de comunicación, instancias políticas: su función no sería propiciar el desarrollo cultural, ni impulsar la cultura como enriquecimiento personal o colectivo, sino para propagar la cultura del Pueblo y lograr la integración de individuos y grupos en la “cultura popular”. La educación y la comunicación tienen como objetivo el desarrollo de la identidad.
El cultivo y desarrollo de la “cultura verdadera”, la propia, exige combatir expresiones culturales consideradas ajenas, cuyo desarrollo se considera negativo.
El carácter absolutizante y omnicomprensivo de la cultura tiene una consecuencia política: aboca a una búsqueda del “control de la cultura”, idea bien asentada en el PNV de los comienzos de la transición. La definición teórica es imprecisa pero contundente: “En el campo cultural, toda manifestación ha de estar controlada por su depositario, es decir, por el Pueblo”11. No se expresa quien es el Pueblo o cómo se legitima quien lo representa en tal menester, pero queda claro que “[el pueblo] no puede admitir injerencias extrañas que pretendan regular la conservación, reconquista, fomento y desarrollo de su propia cultura”. Al hablar de “injerencias extrañas” se refiere a la necesidad de que los nacionalistas – los genuinos representantes del pueblo vasco, en el concepto del PNV – controlen la cultura vasca. Que ejerzan el control, impidiendo desarrollos culturales “no vascos” – no diferenciadores – en la sociedad vasca, y sin olvidar que “cultura” abarca a cualquier expresión de la vida en sociedad.
No se dice cómo se les designaría, pero sí que el control de la cultura les corresponde a “los individuos e instancias representativas”12. “Son ellos los que deben controlar las manifestaciones culturales”. El control – y por tanto la definición de la “auténtica cultura” - se desplaza a quienes se consideren representativos del pueblo. Es un criterio de índole política que se define en términos culturales, pues “el fomento, gestión y control de los medios y canales de un pueblo han de estar en manos de individuos capaces y responsables, integrados plenamente en el grupo”. No podrá corresponder a quienes “alberguen una actitud de antipatía (sic) hacia esa cultura”.
La integración en el grupo – otro concepto básico - y la plena coincidencia con los criterios nacionalistas que definen la cultura legitimarían tal control. No se sugieren los mecanismos de designación ni cómo se determinaría a los “capaces y responsables” o si tienen simpatías por “la cultura del pueblo”. Se sobreentiende, por contra, que en el mundo utópico de los nacionalistas su control cultural sería estricto, completo y minucioso. En los prolegómenos de la transición, la doctrina del PNV dedicó mucha mayor atención a este objetivo que a la necesidad de que se implantase la democracia, circunstancia casi ausente en sus Planteamientos.
En resumidas cuentas, esta reflexión teórica se basa en una idea omnicomprensiva de la cultura, como elemento definidor del pueblo: le proporciona la identidad, constituye su esencia y abarca toda la vida social.
El concepto de “cultura” que utilizaba el PNV en 1976/77, en la esencia de su pensamiento, llama la atención por su radicalidad excluyente, con serias consecuencias políticas. Para el nacionalismo de fines del franquismo sólo sería legítimo un sistema en el que las distintas opciones fuesen nacionalistas, la expresión de la cultura vasca, tal y como la entiende el PNV. No puede localizarse ningún posicionamiento en defensa de un Estado de derecho o de un régimen libre y plural. Sí la expresión de un modelo en el que la libertad se equipara de forma exclusiva a la libertad del pueblo vasco.
De desarrollarse, el concepto esencialista de cultura, un concepto político, eliminaría cualquier vestigio de un pluralismo nacionalista-no nacionalista. A la salida de la dictadura el PNV esbozaba – y planteaba como ideal – un proyecto de “libertad” sectario, en el que reservaba al nacionalismo la legitimidad de cualquier proyecto para la sociedad vasca.
La reflexión teórica nacionalista no se planteaba la eventualidad de colaborar con otras fuerzas democráticas en algún proyecto político siquiera transitorio. Eso, pese a la evidencia de la complejidad de la sociedad vasca y de que la bipolarización nacionalismo/no nacionalismo subsistiría y podía desestabilizar al País Vasco tras la dictadura.
¿El PNV entendía que cuando se superase el franquismo – principal responsable histórico de la desnacionalización del País Vasco, en su criterio – se diluirían los rasgos no nacionalistas de una parte de la sociedad vasca? No parece lógico suponerlo. Resulta más verosímil que estas definiciones doctrinales, con toda su radicalidad, se elaboraran precisamente para enfrentarse a tal tensión. Esta trabazón ideológica del nacionalismo antifranquista encontraría su lógica interna en tal visión catastrofista de los cambios producidos por la inmigración. En el imaginario nacionalista de fines del franquismo el País Vasco de la guerra civil era básicamente nacionalista. El “españolismo” sería producto de la inmigración del periodo franquista, una secuela más de la sucesivas “invasiones” migratorias que desde el siglo XIX habrían desnacionalizado el País Vasco, en su particular esquema una sociedad naturalmente nacionalista, que así se hubiese mantenido de no llegar foráneos.
Seguramente el PNV auguraba gran virulencia a la tensión entre nacionalismo y “españolistas”, como consecuencia de la “inmigración desnacionalizadora”. Es posible además que, como señala la literatura nacionalista del periodo, hubiese arraigado la interpretación de que en la guerra civil el País Vasco se identificó con el nacionalismo: que el mito se hubiese convertido en convencimiento intelectual.
De ahí la radicalidad antiespañolista de las nociones culturales. O que la reflexión nacionalista no se plantease, ni siquiera en la transición, algún puente político estable con sectores no nacionalistas. El enemigo imaginario contra el que se elaboraba esta doctrina no era la dictadura o los grupos franquistas, ni en sí misma España, sino la parte de la sociedad vasca que no pertenecía al pueblo vasco nacionalista.
Su elaboración doctrinal no era un proyecto para la sociedad vasca, sino exclusivamente para el Pueblo vasco del que el PNV se consideraba principal representación y del que entendía el nacionalismo era encarnación. Constituía un proyecto de transformación íntegra de la sociedad. Se presentaba como restauración de determinados valores pertenecientes a una tradición, pero la apelación al pasado – o la evocación ruralista - tenía un mero papel legitimador. Las construcciones identitarias destacarían por su arbitrariedad, sin más lógica que el afán nacionalista por asentar diferencias culturales.
La noción de cultura que desarrollaba el PNV en sus reflexiones genéricas configuraba al nacionalismo como un movimiento exclusivista que se situaba al margen de las nociones habituales de democracia, pluralismo, tolerancia, criterios de justicia o de organización social y política.
La cultura vasca del PNV
El PNV incluyó en sus planteamientos culturales algunas reflexiones específicas sobre la “cultura vasca”, en las que concretó algunas de las consideraciones generales ya mencionadas. Permiten precisar sus ideas sobre la cuestión, que consideraba esencial en la ideología nacionalista. Las desarrolla en el epígrafe “Cultura, pueblo y Partido Nacionalista Vasco”13, un título significativo, por el enlace entre cultura y pueblo, síntoma de la trascendencia que otorga a este aspecto de sus planteamientos: el de pueblo es el concepto básico de su ideario y la cultura su expresión definitoria.
Para comprender la concepción nacionalista de cultura vasca resulta preciso tener en cuenta los tres siguientes conceptos básicos.
En el criterio del PNV no cabe considerar legítimo el pluralismo cultural, en las antípodas de su idea de cultura. No puede haber culturas plurales, ni pueblos culturalmente plurales ni resulta concebible una sociedad culturalmente plural. Cultura y pluralidad, cultura y diversidad son desde su perspectiva binomios imposibles. En una misma sociedad no pueden convivir distintas culturas, no digamos en un pueblo.
En segundo lugar, a cada pueblo corresponde una cultura propia. Un pueblo es una cultura y una cultura un pueblo. Cualquier atisbo de formulaciones culturales gestadas al margen de la identidad de un pueblo socavaría la existencia de éste.
Tiene lo anterior otra consecuencia, lo que podríamos llamar concepto de beligerancia cultura. La cultura, al menos en el caso vasco, está en lucha, incluso en combate permanente, que se salda en victorias y derrotas. Tal tensión constituía la principal definición del momento histórico que vivía el pueblo vasco.
El PNV afirmaba la existencia de una cultura vasca, pero no llegaba a definirla ni a describir sus rasgos. El elemento sustancial, que viene a caracterizar a la cultura vasca, es el de “propio”. Lo emplea en el sentido de propiedad exclusiva de los vascos, realización específica, diferente y característica.
No hay más caracterizaciones de la cultura vasca, excepto que comporta como lengua el euskera y, si se trasladan las reflexiones genéricas, que la cultura propia de los vascos enlaza con una tradición histórica. Con respecto a esta no puede haber ruptura alguna, circunstancia que quitaría el carácter de vasco a cualquier hecho cultural.
Sin mayores precisiones, podría concluirse que la cultura vasca legítima –en el concepto del PNV – comporta el uso del euskera y su capacidad de diferenciarse de las demás culturas.
Exceptuando la referencia al euskera, la idea nacionalista de cultura vasca es de carácter negativo. No se aclara en qué consiste, pero sí en que no consiste. Cultura vasca será la que no incluya elementos culturales propios de otros pueblos. Todo gira sobre el antagonismo “propio-ajeno”. La caricatura “la cultura vasca es la que rechaza nociones culturales no vascas”, pese a su resonancia paródica, refleja bien esta concepción.
Forma parte de la cultura vasca – en el concepto del PNV – lo que no se identifique con otra cultura. Sobre todo, si actúa como factor capaz de diferenciarla. Su capacidad de singularizar es más importante que el hecho de que sea creada o divulgada por vascos. Podría darse el caso – hay multitud de ejemplos – de cultura en euskera o castellano, realizada por vascoparlantes o por personas insertas en la sociedad vasca que no tengan la consideración de cultura vasca – y, por tanto, habría de eliminarse -, por no comportar especificad o, al menos, voluntad de diferenciación. En buena medida la cultura vasca se define en negativo. Ha de ser distinta a las demás, o querer serlo.
Los conceptos que desarrollan esta idea de cultura vasca han de considerarse heterogéneos. El PNV sostiene, claro está, el papel central de la cultura en la afirmación del pueblo vasco: “El pueblo vasco […], con un vehículo de expresión propio – el euskera – ha desarrollado a lo largo de su existencia un conjunto de recursos que le han asegurado su supervivencia, su desarrollo y su progreso como pueblo”. La cultura es, pues, la principal manifestación de la personalidad del pueblo vasco, que “posee una cultura propia de la que es dueño y responsable”14.
En la línea de las afirmaciones genéricas, empleaba de entrada un concepto de cultura que se refiere a todos los aspectos del funcionamiento social. “Esta cultura [vasca y propia] se manifiesta con un carácter específico, en un tipo de organización administrativa, económica y política, en unas manifestaciones artísticas, en unas costumbres y en una tradición histórica”. La identidad cultural lo abarca todo, en el concepto del PNV. Aspira a que en cualquier ámbito de la actividad humana se exprese la identidad privativa del pueblo vasco. No sólo lo manifiesta la definición anterior. También el compromiso nacionalista de utilizar la cultura vasca “como medio de cohesión entre todos los vascos, como medio de comunicación, como guía de comportamiento, como canon de justicia, como jerarquía de valores y de objetivos a cumplir en la vida privada, social y pública”.
Cohesión, convivencia, comportamiento, justicia, valores y objetivos privados y públicos… todo ello entra dentro de la especificad cultural. En principio las cosas estaban claras. El PNV, que se consideraba representación genuina del pueblo vasco, se sentiría legitimado de esta forma para dictaminar sobre la vasquidad – esto es, sobre la legitimidad – de cualquier ámbito del comportamiento social, que incluía lo público y lo privado, que establecía objetivos vascos, gestaba valores, las nociones de lo justo e injusto, las costumbres vascas…
Ahora bien, una definición tan contundente de cultura coincidía con propuestas concretas que se corresponden a la otra concepción de cultura, la que la equipara a conocimientos, educación, realizaciones artísticas y formas de expresión. Por eso el concepto de cultura que desarrollaba el PNV resulta heterogéneo y contradictorio: sociológico/antropológico en las definiciones, que implícitamente niegan la cultura en su noción clásica, y ajustada a ésta cuando se esbozan programas de desarrollo cultural.
Este equívoco – uso simultáneo de dos acepciones de cultura en parte antagónicas – resultó característico de la transición y de las décadas posteriores. Tuvo su utilidad política. Permitió diluir jerarquías de valores culturales y equiparar localismos a aportaciones culturales universales. También el mantenimiento de cualquier costumbre – o su invención – al desarrollo cultural en el sentido habitual del término.
Lo expresaba bien, años después de los textos que anteceden, la confusión conceptual del concejal bilbaíno de Cultura – nacionalista – que aseguraba que “tomar vinos en cuadrilla” es también cultura. Sin negar el aserto – si se usa el concepto antropológico de cultura – hay que convenir que constituye un principio pintoresco para confeccionar programas culturales. Pues bien: la experiencia de varias décadas indica que equívocos de este tipo han afectado a distintas acciones culturales, que han mezclado (y equiparado) deportes rurales, disquisiciones antropológicas, apologías de costumbres localistas – en general merecedoras de respeto y de cultivo, no es esto de lo que se trata aquí – junto a aportaciones culturales de envergadura y significado universal, que se hubiesen tenido por tales en cualquier lugar. Lo característico es la equiparación conceptual de realizaciones de diverso tipo, entidad y cualidad.
En virtud del uso equívoco de la noción de cultura – impregnada, a conveniencia, de la versión “dura” de raíz antropológica -, todo es cultura. Todo es cultura y, lo más significativo, lo es en el mismo grado y nivel, de forma que se convierte en un totum revolutum en el que desapareen las jerarquías y las gradaciones. Vale todo y todo tiene el mismo peso. La Novena Sinfonía de Beethoven y la fiesta de los gansos de Lekeitio – cuyo interés no se pone aquí en duda - quedan equiparadas conceptualmente como aportaciones culturales, quizás con preferencia de la segunda, por aquello de la responsabilidad de mantener nuestro patrimonio cultural.
Estas circunstancias estaban implícitas en los planteamientos del PNV de 1977, por la convivencia de las dos nociones de cultura: la noción “fuerte” de las grandes definiciones y el concepto “débil”, de corte clásico, a la hora de concretar proyectos culturales. Nunca se aclara el equívoco. Quedaría a criterio de los políticos nacionalistas el uso de un concepto u otro, de forma arbitraria, pero con una lógica interna incuestionable.
Lo podemos encontrar en 1977. Tras la definición antropológica/sociológica de cultura no encontramos proyectos de desarrollar la noción de justicia vasca, de los valores vascos, de las costumbres vascas o de las formas políticas características de los vascos – ni siquiera el propósito de dilucidar cuáles eran -. Las propuestas básicas corresponden al concepto de cultura que se niega. Sorprenden por su escasa entidad, sobre todo si se compara con la contundencia de las definiciones. Son, en concreto: la exigencia de introducir el euskera en las Escuelas de Magisterio y Periodismo, que lo usen los medios de comunicación social, la defensa de la libertad de enseñanza, de que no haya discriminaciones en la educación, de que los minusválidos sean atendidos, que se cree un distrito universitario vasco – también, pero a mayor plazo, una Universidad “que responda a las características socio-culturales y particulares idiomáticas del pueblo vasco”15 -, que se termine el mercantilismo especulativo en las manifestaciones artísticas, que se realicen esfuerzos culturales vascos (con el fomento progresivo del euskera) “desde el jardín de infancia hasta los cursos de post-grado, desde el tebeo infantil a la investigación científica […]”, que hubiese inmediatamente “cursos de posgraduados” “para que profesionales y técnicos conozcan la realidad vasca”16, que se mantenga el desarrollo de las ikastolas.
Por supuesto, todo ello tenía sentido como programa de actuación cultural nacionalista, pero sorprenden como principales propuestas tras una definición tan amplia de cultura e identidad.
Es cierto que en el ámbito programático se localizan planteamientos más agresivos, como veremos. Aún así, llama la atención el gran salto entre la contundencia argumental sobre el contenido del concepto de cultura y la menor enjundia de las proposiciones concretas. En otros parámetros, sobre todo los políticos y socioeconómicos, la correspondencia entre las grandes definiciones y los planes de actuación era considerablemente mayor.
Esta distancia entre el gran peso de la cultura en las definiciones del pueblo vasco y la fragilidad programática de su desarrollo resulta clave en el nuevo nacionalismo, el nacido a fines del franquismo y que después no ha experimentado cambios sustanciales. Los planteamientos del PNV habían establecido la importancia de la identidad para la afirmación político-ideológica, pero sin decir en qué consistían los componentes de la cultura vasca cuando usaba el sentido amplio del concepto.
Al establecer acciones culturales los planteamientos se ajustaban a la noción clásica. Giraban básicamente en torno al desarrollo del euskera, que debía introducirse en el sistema educativo y los medios de comunicación, al estudio de la cultura vasca y a las manifestaciones artísticas. Todo ello, con medidas pragmáticas y gradualistas. Al menos, en lo que se refiere a la recuperación de la cultura vasca por el pueblo vasco, identificado ya con la comunidad nacionalista. Para ésta valía la noción débil de cultura, la clásica – conocimientos, lengua -, a propagar de forma mesurada.
Hay un aspecto programático, sin embargo, en el que el planteamiento resulta contundente. Es el que se refiere a la parte de la sociedad vasca no nacionalista ni integrada en las nociones identitarias del pueblo vasco, que en el imaginario del PNV se correspondían con los inmigrantes. Éstos recibían en 1977 un apelativo peculiar, que les negaba el nombre de “vascos”. Eran “los residentes”: se sobreentiende que quienes residían entre los vascos sin serlo en el concepto nacionalista.
El PNV proponía “un programa de culturización de este sector”17: hay que entender culturización en el sentido duro del término. Que adoptasen la identidad vasca. Se lograría así la “integración de residentes”. No consistiría en su inserción en la sociedad vasca, sino en los moldes de pueblo vasco según los concebía el nacionalismo. El planteamiento tenía una nota curiosa. El PNV percibía que tal integración tendría sus dificultades. Advertía contra ellas. Ahora bien, en su concepto los problemas no vendrían de algún tipo de rechazo o resistencia por parte de “los residentes”, eventualidades que no se tenían en cuenta. Parecía darse por supuesto que se avendrían al “programa de culturización”, por su voluntad de integrarse o porque se estableciese que tal era su deber. A juicio del PNV, los problemas residían en las reticencias de “los vascos” a admitir en su seno a “los residentes”. “Las barreras sociales y políticas que aún existen en ciertos ambientes para su integración total [la de los residentes] en el pueblo vasco, sin etnocentrismos ni resentimientos, deben ser abatidas cuanto antes […]”. Era, aseguraba, la forma de lograr la convivencia, meta a la que se llegaría mediante la absorción cultural., que al parecer levantaba recelos y “resentimientos” entre los vascos identitarios. En estos términos, el camino que proponía no podía considerarse placentero ni un planteamiento democrático, pese a sus resonancias aperturistas: “la pertenencia cultural, a la larga, es más decisiva que la pertenencia biológica o legal”.
Otro aspecto de la acción cultural presenta rasgos terminantes. No en las acciones inmediatas, sino en la visión programática que proporcionaba el PNV. Es el que se refiere al euskera. Proponía, obviamente, la “promoción del euskera”, “el transmisor más eficaz de la cultura y junto con otras notas de tipo físico, ético, social, económico, etc., el principal elemento de definición del Pueblo Vasco”. Pese al amplio despliegue de sugerencias sobre los rasgos identitarios vascos el euskera se afirmaba como el fundamental.
A la “promoción del euskera”18 se le otorgaba la primacía en la actuación cultural. El PNV de 1977 proponía dos pasos.
Primero, el objetivo del “bilingüismo progresivo”, que asegurase su conocimiento en la primera etapa de enseñanza y su valoración social mediante, “en el plazo más breve posible”, “la obligatoriedad para el desempeño de las funciones públicas”. El valor social no se equiparaba a conocimiento o a uso, sino a requisito para acceder a la función pública.
Ahora bien, esta primera etapa, que – hay que reconocerlo – el PNV afrontó con éxito los siguientes años, era “provisional”. “El objetivo final” sería que el euskera fuese IDIOMA OFICIAL DE EUZKADI (sic, en mayúsculas), teniendo cualquier otro la consideración de segundo idioma” “El bilingüismo será pues un objetivo inmediato y provisional pero no definitivo”19.
Al margen de la contradictoria enjundia que el PNV otorgaba a la acción cultural – pragmática y gradual para los nacionalistas, contundente y agresiva para “los residentes” – no hay duda del decisivo protagonismo doctrinario del concepto de cultura vasca. Servía, sobre todo, para la calificación identitaria.
No se define en qué consiste la cultura vasca, pero del texto se pueden inferir algunas de sus características.
Como la cultura expresa la personalidad del pueblo vasco – viene a decir – el PNV ha de promover “la tarea colectiva de conservar, rescatar, fomentar y transmitir su propia cultura de pueblo”. El acento está en los términos “propio” y “pueblo”, pero los verbos que los acompañan - conservar, rescatar, fomentar, transmitir – son claros. Remiten a una cultura preexistente, que se rescata y conserva, para después cultivarla y transmitirla. No hay nada que reivindique la libertad en la que los vascos expresen sus querencias. Tampoco se evoca la eventualidad de una cultura vasca de caracteres modernos, ni la creatividad, ni la pluralidad. La cultura del pueblo vasco a la que remite el PNV se conserva y se difunde, no se crea ni es fruto de ningún tipo de pluralismo social. En sentido estricto, podría afirmarse que ni siquiera los nacionalistas o el pueblo vasco que define el PNV tienen libertad cultural, capacidad de crear o innovar. Su misión será cultivar una determinada cultura ya existente, como seña de identidad fundamental. Sin duda – pues es el sujeto a que se refieren los Planteamientos del PNV, que no se plantea incluir a la herencia liberal – se refiere a la cultura de un pueblo vasco de procedencia tradicionalista y evocación rural.
La interpretación es lineal y beligerante. La cultura vasca ha sido sojuzgada y los vascos deben liberarse de la opresión cultural. La recuperación será elemento de cohesión social, cuyo logro no llegaría por la avenencia de planteamientos diversos, sino por el monopolio en la sociedad vasca de la cultura de herencia tradicional. En este esquema quedan condenadas como radicalmente negativas que en la sociedad vasca se produzcan convivencias culturales. Se reniega formalmente del aislamiento y del inmovilismo, pero los elementos culturales vascos, esto es, “sus actitudes y reacciones ante la vida son la expresión del genio particular de un tipo de pueblo”20, un concepto de añoranzas románticas.
Resulta negativa, en consecuencia, “la superposición de culturas diferentes”. En especial, la de “quienes pretenden crear una cultura hispánica”21, en sí misma inválida, pues para el PNV la llamada cultura española no consistía sino en la amalgama de distintas culturas sin más nexo que la unión forzada de distintos pueblos sometidos a la misma obediencia política y a la imposición idiomática. Al parecer, en su concepto las únicas culturas legítimas serían las que expresan las identidades esenciales de los distintos pueblos.
Aún así, afirma, la cultura vasca puede evolucionar, e incluso asumir nociones de otros pueblos, pero para que tales circunstancias se admitan será el pueblo vasco el que decidirá qué se puede asumir y qué no. No queda claro en los textos del PNV quién es ese pueblo vasco, quién lo representa – ni los mecanismos con los que considera lícita la transmisión cultural -, más allá de disquisiciones ideológicas que parecen ocurrenciales, pero no hay ninguna duda de que al respecto tal entidad debe actuar de forma contundente. Las aportaciones quedarán sometidas “a la revisión del pueblo, a su condena o rechazo si el pueblo lo considera ajeno y no aceptable”. La imagen de pueblo vasco que proyectaba el PNV era la de un inquisidor. Con todo, este papel tendría sus límites. El pueblo vasco, en sus omnímodos poderes de condenar culturas, sólo tendría que estar atento a si eran ajenas.
Habida cuenta de que el PNV se consideraba adecuado intérprete del pueblo vasco hasta podría pensarse que se adjudicaba un papel tan señero, el de revisar, condenar, rechazar, decidir qué es ajeno y no aceptable. El PNV consideraría “ajeno a la Causa vasca”22, un término de honda resonancia, a quienes importasen “culturas ajenas contra la voluntad de los vascos”. En su concepto la cultura constituía no un instrumento de unión y convivencia, sino un instrumento adecuado para separar, para señalar quienes son los propios y marcar a los ajenos. Para hacerlo con criterios subjetivos con pretensión de objetividad, una vez queda establecida la capacidad del pueblo para rechazar aportaciones culturales.
La imagen es nítida. El nacionalismo entendía el ámbito cultural como un escenario de lucha, en el que la cultura tradicionalista vasca había sido sojuzgada. Su propuesta pretendía “reconquistarla”, eliminando de la sociedad vasca cualquier cultura diferente a la heredada de este ámbito y cualquier atisbo de pluralismo, considerado ajeno a la causa vasca y en sí mismo condenable.
En estos términos todos los vascos tendrían la obligación de recuperar y transmitir la cultura vasca. Lo eran con términos solemnes, que no dejan duda sobre la trascendencia de tal misión: “Todo ciudadano de Euzkadi es responsable, ante sí mismo y ante la sociedad universal, de la cultura vasca”23. A los vascos identitarios se les adjudicaba el deber de recuperarla y difundirla. A “los residentes”, el de someterse a “un programa de culturización”. Todo el proceso educativo tendría como finalidad básica la transmisión de la cultura vasca y el pueblo (¿) controlaría las manifestaciones culturales, sin admitir injerencias extrañas, condenándolas si las había.
Era pues un programa de beligerancia: contra la pluralidad cultural, considerada ilegítima; contra las culturas históricas del País Vasco que no hubiesen seguido el camino del tradicionalismo ruralista; contra una cultura concebida con criterios modernos; contra una evolución cultural que no estuviese centrada en el cultivo de las esencias identitarias. Todo ello, mediante la promoción de una cultura convertida en instrumento político. La cultura vasca así concebida estaba por encima de los individuos.
Constituía un programa de transformación radical de la sociedad vasca. No un programa de convivencia democrática, sino de imposición cultural: la de una cultura tradicional y premoderna, por el medio de convertir la comunidad nacionalista a estos moldes predefinidos y el de programar a los ciudadanos del País Vasco no identitarios para que adoptaran los mismos criterios con una celeridad aún mayor.
Este era el punto de partida, el de 1977. Al afrontar la transición el nacionalismo no propugnaba la democracia, el pluralismo y la libertad de los ciudadanos, sino la transformación tradicionalista de los vascos. No reivindicaba que el pueblo vasco pudiera desenvolverse libremente, sino que todos los vascos, nacionalistas o no, se ajustasen a sus criterios. Era, también, un planteamiento beligerante. En el pleno sentido del término. Beligerante no ya con el franquismo, sino con los vascos a los que no consideraba insertos en un pueblo vasco esencial y de corte tradicionalista.
1 Para una historia del nacionalismo vasco, Santiago de Pablo y Ludger Mees: El péndulo patriótico, Barcelona 2005. Una visión de conjunto en José Luis de la Granja: El nacionalismo vasco; un siglo de historia, Madrid 2002.
2 Euzko Alderdi Jeltzalea. Partido Nacionalista Vasco: Planteamientos político, socioeconómico y cultural, Editorial GEU, Bilbao 1977.
3 Vid. M. Montero: La lucha y la resurrección de los vascos. La historia vasca a partir de la aparición del nacionalismo en la interpretación del PNV (1977-2006), Rev. Alcores, págs. 289-313, Salamanca 2007.
4 Para el periodo, vid.: Javier Ugarte Telleria, coord.. La transición en el País Vasco y España: historia y memoria, Bilbao 1998. Una visión de conjunto en Luis Castells Arteche, Arturo Cajal Valero, eds.: La autonomía vasca en la España contemporánea (1808-2008), Madrid 2009. También Mercedes Arbaiza y Pilar Pérez-Fuentes (eds.): Historia e identidades nacionales, Bilbao 2007, así como Mercedes Arbaiza (ed.): La cuestión vasca. Una mirada desde la historia, Bilbao 1999.
5 Las distancias respecto al liberalismo histórico quedan claras en lo que se refiere al concepto de nación. “Las doctrinas liberales francesas […] concebían a la “nación” como una suma de individuos convertidos de súbditos en ciudadanos en virtud de las transpolación de la soberanía del monarca al pueblo, sometidos a una única Ley y a un Parlamento de los que a la vez eran protagonistas. No existía, pues, en este concepto de nación ninguna connotación étnica, ninguna referencia a una cultura o a un origen común, sino que se trataba de un concepto adscrito a una doctrina política concreta cuya esencia consistía en liberal al hombre del arbitrio absolutista y garantizar esa libertad individual por medio de una nueva estructuración del poder”. Ibídem, pág. 35.
10Ibídem.También: “La imposición de una cultura extraña, arrebatándole la propia, convierte a los pueblos en esclavos y aunque la esclavitud cultural les proporcione – por otro lado, éxitos materiales, su prosperidad es poco mayor que la de un manumitido. La imposición de una cultura ajena obliga al pueblo afectado a pensar con ideales ajenos a su esencia, con otros cánones y valores”.
11Ibídem, pág. 157. “Todo cuanto suponga manifestación de existencia de un pueblo, necesita para su supervivencia de mecanismos de control que aseguren el funcionamiento y desarrollo de sus actividades”.
12Ibídem, y “han de preocuparse por la permanencia de las pautas culturales propias y por su desarrollo”.
15Ibídem, pág. 171. “La diversidad universitaria del país, la necesidad de selección del profesorado, las raíces ajenas en la formación y concepción universitarias de nuestros intelectuales, nos lleva a la necesidad de una planificación que, en diversas etapas, consiga junto con el máximo aprovechamiento de los recursos disponibles, el establecimiento de la Universidad vasca en el plazo más breve posible”.
17Ibídem, en los siguientes términos: “Los caracteres sociales de buena parte de la población de Euzkadi obligan a un programa de culturización de este sector cuya vida y la de sus sucesores está llamada a ejercer un notable influjo en el pueblo vasco”.
19Ibídem, pág. 177. El bilingüismo no podría ser definitivo, “ya que en el contexto geográfico-cultural en que nos hallamos representaría, en realidad, una situación disglósica, de inferioridad para el euskera”.
21 El texto no se refiere a la presencia de la “cultura hispánica” en el País Vasco, sino a la misma como concepto. Se añade “y lo mismo vale para la [cultura] francesa en su contexto propio”.
22Ibídem, pág. 163. “Los vascos”, de aceptar culturas ajenas, habrían de hacerlo “de forma libre, consciente y responsable”.
23Ibídem, pág. 167. “Es responsable de su aprendizaje y conservación, de su fomento y desarrollo, de su reconquista y restauración”. “Todo el proceso educativo – desde jardín de infancia a enseñanza superior – asociaciones culturales, deportivas, recreativas, movimientos juveniles, etc., son concebidas como instancias capaces de desarrollar las funciones {…] señaladas”.