Los Conceptos del Soberanismo

 

ÍNDICE


3º . Conceptos Básicos del Nacionalismo Vasco

El nacionalismo vasco actual presenta algunas singularidades como movimiento político. Una de ellas, sorprendente para un movimiento nacionalista, es su escaso uso del término “nación”. Apenas habla de “nación vasca”, por paradójico que pueda parecer. Ha sustituido tal concepto por “pueblo vasco”, que no es sinónimo, sino un término de contenido diferente. Lo ha hecho todo el nacionalismo, el del Partido Nacionalista Vasco y el de la denominada “izquierda abertzale”, pasando por los demás partidos y grupos de esta tendencia. Mantienen discrepancias en tácticas y estrategias, pero comparten los mismos lenguajes y conceptos básicos. Pueblo vasco, no nación vasca: existe unanimidad en el uso preferente del primer concepto y en el abandono del segundo, aunque no se reniegue de él.

Este cambio respecto a las expresiones del nacionalismo histórico no es inocuo. Sus implicaciones deben tenerse en cuenta para entender la doctrina y la política del nacionalismo. No sólo muda el vocabulario. Introduce un concepto prepolítico (“pueblo”) para justificar la acción nacionalista, sustituyendo al de “nación”, que alude cuando menos a una comunidad política, al margen del contenido que se atribuya a ésta. El uso de pueblo y no de nación implica una regresión en el bagaje intelectual sobre el que se construye el ideario nacionalista. A un concepto inequívocamente político sucede otro que se pretende natural, anterior a la formulación política.

Este cambio conceptual desplaza los razonamientos básicos del nacionalismo, los que intentan legitimar su política. En el nuevo planteamiento la prioridad no es demostrar que hay una comunidad nacional, sino mostrar la existencia de un pueblo identificable como tal. La argumentación se traslada hacia esquemas identitarios, que por sí mismos no son necesariamente políticos, o al menos no se presentan como tales.

En este esquema las connotaciones políticas son consecuencia de la afirmación del hecho natural, no el punto de partida del razonamiento. El nacionalismo no argumenta sobre la existencia de una nación, sino de un Pueblo Vasco nítidamente identificado, del que sugiere rasgos identitarios precisos. Contradictoriamente, la definición o enumeración de éstos suele ser ambigua, pero suelen presentarse como de una objetividad irrefutable, casi con una existencia material, tangible, en todo caso verificable sin acudir a elementos subjetivos ni de apariencia ideológica. Tales circunstancias se atribuyen a dos rasgos identitarios básicos, los que suelen repetir todas las formulaciones y que actúan como elementos definitorios de toda la argumentación nacionalista: la antigüedad del pueblo vasco y el habla de una lengua propia. Ambos están interrelacionados, pues la antigüedad que se atribuye a ésta constituye la explicación de la que se atribuye al pueblo vasco.


Un pueblo con personalidad


Abundan los ejemplos en los que el Partido Nacionalista Vasco afirma tal identidad como un hecho objetivo, incluso científico. En 1992, cuando ya estaba elaborado el armazón básico de la estructural conceptual soberanista, lo exponía como una obviedad irrebatible, sólidamente asentada. “No constituye una novedad en el mundo científico de los antropólogos y de los lingüistas la afirmación de que el pueblo vasco es el más antiguo de los pueblos europeos y que su lengua, sin parentesco probado con ninguna de las existentes, es la única superviviente de las lenguas pre-indoeuropeas1. Entonces, como sucedía desde los inicios de la transición, no se detallaba en qué consistía tal identidad, pero sí algunas de sus características, la antigüedad y una lengua propia y sin parentesco. En este argumentario, la existencia de un Pueblo Vasco nítidamente identificado serviría después para extraer conclusiones políticas. La opción ideológica se presenta como la consecuencia de un hecho natural. No como una alternativa doctrinal, sino como una necesidad ineludible.

La convicción de la existencia de una identidad secular (incluso milenaria) alentó todo el periodo soberanista. “El Pueblo Vasco existe como Pueblo, con una identidad propia, desde los albores de la historia”, aseguraba el entonces lehendakari Ibarretxe, que enlazaba esta afirmación axiomática con sus conclusiones políticas. “Por todo ello, y como integrantes del Pueblo Vasco […] reivindicamos el derecho a decidir nuestro propio futuro […] Quien nos niega la capacidad de decidir tendrá que negarnos, primero, nuestra identidad como Pueblo2. Un antiguo pasado, el presente y el futuro político quedaban enlazados mediante la afirmación de la identidad. Ésta existe desde siempre – “desde los albores de la historia” -, es imposible de negar – un hecho objetivo - y de ella se derivan derechos políticos propios y obligaciones ajenas. No subyace sólo la idea de que la identidad tiene que ser reconocida por todos, habida cuenta su obviedad (y de que todos la reconocerían tal y como la percibe el nacionalismo). También la de que universalmente se equipara identidad a “capacidad de decisión”, con el convencimiento de que la estructura conceptual del nacionalismo vasco, pese a su singularidad, se aplica en todas las sociedades.

Cualquier democracia tiene obligación de reconocer políticamente identidades, viene a decirse. No sólo eso: el reconocimiento de la identidad proporciona el criterio de calidad democrática. El discurso anterior, efectivamente, asegura que negar tal identidad vasca sería “seguir negando la democracia para seguir negándonos el derecho a decidir nuestro propio futuro”.

Por supuesto, en este planeamiento la identidad es anterior a la Constitución3 - en realidad a cualquier texto legal actual -, pero en este esquema antigüedad implica primacía. La identidad objetiva del pueblo adquiere así una conformación política, de rango superior a cualquier texto jurídico y constitucional. También sería anterior al propio nacionalismo vasco, un movimiento contingente frente a la trascendencia ahistórica del pueblo vasco. “Los vascos, el euskera, los fueros y nuestra identidad política y cultural, existimos muchísimo antes que el Partido Nacionalista Vasco4, que habría nacido así para defenderlos. Al modo tradicional de un catecismo – evocando el recurso a este género político-literario característico de fines del XIX -, resumía el planteamiento el propio lehendakari Ibarretxe: “Cuando Vd. habla del Pueblo Vasco, ¿a qué se refiere? Me refiero a uno de los pueblos más antiguos de Europa, con una identidad singular y una cultura propias, que tiene derecho a la existencia y a tener su propio protagonismo en el conjunto de los pueblos y naciones europeos5.

En el mismo sentido, pese a su apariencia pueril, puede citarse otra anécdota, que refleja la importancia que el soberanismo da a la idea de antigüedad. Puede comprobarse en la satisfacción con que el lehendakari respondía al Presidente de Baden Wüttenberg, Edwin Taufel, que, en aquella ocasión, imbuido sin duda del planteamiento del nacionalismo vasco aseguró que “el Pueblo Vasco ha superado reveses durante 2.000 años [sic] y ha conservado su identidad, su cultura y su lengua, la más antigua de Europa”. Ibarretxe agradeció el respeto mostrado hacía el Pueblo Vasco, porque “supone reconocer que Euskal Herria es el pueblo más antiguo de Europa6, lo que además de como cortesía se interpretaba como reconocimiento político clave.

Antigüedad, identidad y cultura propias – características presentadas como incuestionables – constituyen, por tanto, la raíz irrebatible de los derechos políticos del pueblo vasco, según entiende el nacionalismo.

La existencia identitaria del pueblo vasco se convierte en fundamental para la acción ideológica del nacionalismo vasco. Desde su punto de vista, la cuestión central en la actividad doctrinal consiste en afirmar que hay una identidad propia, localizar elementos que la definan, y que por tanto certifiquen la existencia del pueblo vasco. Ahora bien, la identidad no es sólo la justificación del nacionalismo, sino también su objetivo. En su esquema, el nacionalismo existe porque existe una identidad secular y para mantenerla: la identidad es la razón y la finalidad del nacionalismo. En consecuencia, la identificación de la identidad – valga la redundancia – orienta también la acción política, que se destina a afirmarla.

La búsqueda de la identidad – que no es tan obvia como cabía esperar a partir de este planteamiento en el que se insiste en circunstancias irrefutables - tiene incluso mayor importancia que desarrollar voluntades políticas de corte nacional. Éstas presentan un carácter contingente frente a la trascendencia esencialista que se atribuye a la identidad.

Para justificar toda la actividad nacionalista basta, en este esquema, la definición objetiva del pueblo vasco como un hecho natural, sin tener en cuenta el número de vascos a los que abarque o de las características que éstos tengan. Es más: desde el punto de vista doctrinal al nacionalismo le resulta mucho más importante la afirmación de esta identidad material – independientemente de las querencias que exprese la sociedad vasca - que lograr adhesiones crecientes de ciudadanos. Éstas tienen importancia porque al fin y al cabo las políticas dependen de los resultados electorales. Pero, en propiedad, al establecer sus definiciones básicas no juega un papel relevante la envergadura que alcance el apoyo social al nacionalismo, ni quiénes lo forman, y en sentido estricto tampoco quiénes componen la sociedad vasca, qué quieren los vascos o cómo son. Lo fundamental, en su razonamiento, es que existe un pueblo vasco como realidad incuestionable, objetiva y no subjetiva, trascendente y no contingente, secular y forjada al margen de las voluntades y de conceptos democráticos. Que lo compongan muchos o pocos o que quienes viven hoy en el País Vasco formen parte de ese Pueblo Vasco resulta secundario en la afirmación ideológica. Importa porque constituye una anomalía a corregir, en el caso de que no todos los que ciudadanos vascos formen integren tal pueblo, pero no afectan a la definición básica del pueblo vasco.


El sujeto de la historia


El pueblo se convierte así en una entidad conceptual a la que se atribuye existencia por sí misma, que se sobrepone a los ciudadanos, respecto a los cuales no presenta dependencias, aunque sí a la inversa. Este pueblo no es un colectivo preciso, ni las personas que forman una determinada comunidad, ni ésta, ni los ciudadanos de una sociedad, ni la sociedad vasca. Tampoco un “conjunto de personas de un lugar, región o país”, ni un “país con gobierno independiente”, por emplear las dos acepciones del Diccionario de la Academia más próximas al concepto según lo analizamos aquí. En cierto sentido, el pueblo que concibe el imaginario del nacionalismo vasco tiene existencia material y es una persona con todos sus atributos. Con vida propia.

En la literatura del PNV el pueblo vasco es el sujeto: aparece como un protagonista activo, con su personalidad y, sobre todo, sin fisuras. El nacionalismo del periodo soberanista buscaba “el reconocimiento y consolidación del Pueblo Vasco como sujeto dotado de identidad propia y de capacidad de decisión de su futuro político7, porque “el Pueblo Vasco y los Territorios que lo integran constituyen […] una realidad diferencial y preexistente a los ordenamientos español y francés y, como tal, está dotado de personalidad e identidad propias8. Incluso - sorprendentemente, desde criterios democráticos - entendía que resultaba atacado por algunos partidos con presencia en la sociedad vasca y que reciben votos de ciudadanos vascos, a los que en esta lógica se considera enemigos del Pueblo Vasco, no ya los defensores de una alternativa política diferente. El PNV llegaba a presentarse como “un nacionalismo beligerante en la defensa de nuestros derechos y en contra de quienes nos quieren anular como pueblo y como movimiento social9, y se refería al PP y los votos que lograba en el País Vasco.

Esta visión del Pueblo Vasco como un sujeto político dotado de uniformidad y movimiento propio no corresponde sólo al periodo soberanista. La encontramos cuando menos desde la transición. “El pueblo vasco ha decidido mantener y desarrollar su propio ser, defender su cultura, y en particular su idioma, y trabajar sin descanso por un proyecto de sociedad vasca más próspera y más justa10, aseguraba la dirección del nacionalismo en 1979, presentándose sin reparos como la representación genuina de un único pueblo vasco, como su intérprete. Pueblo vasco y sociedad vasca eran realidades conceptuales bien diferentes, como puede apreciarse. Aquél toma la decisión de hacer una sociedad próspera y justa, lo que viene a identificar con el desarrollo de “su propio ser”.

Diez años después la imagen del pueblo vasco se correspondía con esta visión que le dotaba de una suerte de personalidad propia e inmutable. “El PNV constata que el Pueblo Vasco, a lo largo de su larga historia, ha optado por formas de estructuración interna y de conexión exterior diferentes en cada coyuntura histórica, logrando mantener hasta hoy su personalidad de pueblo11. El PNV constata, pero el sujeto de la acción es el Pueblo Vasco: el Pueblo Vasco opta, el Pueblo Vasco decide en su historia secular sus estructuras cambiantes, el Pueblo Vasco mantiene así su personalidad. La clave reside en el mantenimiento de la personalidad “de pueblo”, no definida pero secular o milenaria, y en su capacidad histórica (o ahistórica) de decisión.

Tales evocaciones presentan a un Pueblo Vasco sin grietas ni pluralidad. Los actos o actitudes que le atribuyen corresponden con mecánica precisión siempre a los criterios doctrinales del PNV, que no en vano pretende encarnar la esencia del Pueblo Vasco. La apelación a éste como principal fuente de autoridad tiene el fin de legitimar las actuaciones del PNV. Al adjudicarse el papel del auténtico exegeta del pueblo vasco, el PNV cuenta con la manera de dar un respaldo trascendente a sus opciones políticas, incluso coyunturales. Tal es el sentido que esta invocación tiene para la comunidad nacionalista vasca, al menos en el sentir del PNV.

Las apelaciones al Pueblo Vasco como una entidad que tiene opinión propia sobreabundan particularmente cuando el PNV se refiere a ETA. En este punto el PNV suele presentar sus posiciones no como una elaboración propia, sino como una suerte de mandato de una entidad superior. En su esquema expositivo es el Pueblo Vasco el que plantea el rechazo a la violencia, mientras el partido no hace sino interpretar tales deseos. En sus planteamientos públicos el PNV no suele presentarse específicamente como un partido que condena al terrorismo, sino como el portavoz del Pueblo Vasco que lo rechaza. En 1978 el PNV justificaba así la convocatoria de su primera manifestación contra ETA: “el pueblo vasco no desea que la muerte se adueñe de la calle, arrastrando con ella a nuestros hijos12. En la misma línea, aseguraba muchos años después, “El protagonista de esta manifestación [contra “la violencia política”] es el pueblo. Es el pueblo el protagonista13, siguiendo la misma línea argumental. En sus textos el PNV no se responsabiliza directamente del rechazo al terrorismo. Atribuye la razón de las condenas a ese colectivo imaginario del que se siente la parte fundamental. Su discurso está construido sobre la idea de que se ve forzado a rechazar al terrorismo debido a que el Pueblo Vasco así lo quiere.

El lehendakari Ibarretxe, que solía expresarse con frecuencia como el representante del Pueblo Vasco concebido como una unidad, lo hacía especialmente si su proclama tenía que ver con la violencia. “Como representante y portavoz del sentir del pueblo vasco”, exigía “rotundamente a quienes practican la violencia y el terror que acaten la voluntad de la sociedad vasca y dejen de matar, reivindicando el derecho a vivir en paz y en libertad14. La práctica sistemática – del PNV y del lehendakari nacionalista - de presentarse como portavoz del Pueblo Vasco para criticar y eventualmente oponerse a ETA tiene dos interpretaciones posibles, no incompatibles entre sí. Quizás se deba a que entiende que así queda más legitimado el posicionamiento contra “la lucha armada”. También cabe interpretar que es un medio de atribuir a un tercero (el pueblo vasco) la crítica al terrorismo, de forma que el PNV no aparezca explícitamente como autor de la crítica a las siempre agresivas organización terrorista e izquierda abertzale, sino como arrastrado por la opinión única de una entidad superior, a la que tiene que plegarse, como deberían hacerlo los otros componentes del pueblo.

Tiene una consecuencia peculiar este procedimiento discursivo. Los (escasos) debates dentro del nacionalismo, entre el PNV y la izquierda abertzale, sobre “la violencia política” no contraponen necesariamente el rechazo rotundo de los unos frente al apoyo o aquiescencia de los otros. Se desliza hacia la controversia sobre cual es la voluntad o la conveniencia del pueblo vasco, un tipo de debate que admite de entrada la posibilidad de legitimar el terror. Por la parte del nacionalismo moderado hablan de que la violencia perjudica la imagen de los vascos, de que es contraproducente o de que disgusta a los vascos. En este esquema argumental la clave, para el PNV, no parece residir en la condena del terrorismo sino en qué es mejor para el pueblo vasco.


¿Una identidad abierta?


El concepto de Pueblo vasco que utiliza el nacionalismo presenta características peculiares. Sin fisuras, es el protagonista de la historia. Tiene opinión propia. A este pueblo se atribuye también una personalidad específica – una esencia y una forma de ser -. Se define mediante un procedimiento singular: determinadas circunstancias materiales (características físicas, lingüísticas, biológicas…) se presentan como pruebas de la existencia de una entidad diferenciada, a la que se imputan además comportamientos privativos, que también formarán parte de la identidad.

Ahora bien: el Pueblo Vasco así concebido, y pese a que se presenta como una realidad de nítida e inmediata percepción, constituye una entidad abstracta de difícil localización.

Efectivamente, el colectivo al que se refiere este concepto de pueblo es imaginario desde distintos puntos de vista. De entrada, se le atribuye el carácter de grupo social diferenciado a partir de unas “especificidades materiales” que se verifican sólo entre quienes las poseen, prescindiendo de quienes no las tienen. El criterio de prueba no admite error, pero construye la imagen de un colectivo diferenciado, pese a que en la realidad no presente los rasgos de una comunidad aparte y ni siquiera forme un colectivo dentro de la sociedad vasca. Es una comunidad en el punto de partida inexistente, de definición arbitraria, pero con capacidad de concebirse como un mundo propio y de realizarse como tal si un grupo humano asume tales criterios.

Otra consecuencia de este procedimiento intelectual: al localizar las características materiales que definen y afirman el pueblo vasco, no juega ningún papel la parte de la sociedad vasca que carece de tales atributos. Ahora bien, no queda al margen. En este planteamiento, la noción de identidad que se atribuye al colectivo imaginario genera obligaciones para toda la sociedad. Los comportamientos que se atribuyen a esta entidad se conciben como de obligado cumplimiento si se quiere formar parte del pueblo vasco y los únicos legítimos en el seno de la sociedad vasca.

Configuradas por este mecanismo, las características del pueblo se imponen a los individuos, cuyas conductas y rasgos identitarios deben ajustarse a los que se predica del pueblo vasco. La de los vascos no es una identidad derivada de los comportamientos de los vascos, sino que – conforme al esquema nacionalista - los de éstos, para que sean reconocidos como tales, han de reproducir los esquemas que definen al pueblo vasco.

Este pueblo vasco tiene una característica sustancial, que resulta clave en este planteamiento. El razonamiento nacionalista lo presenta como una entidad abierta: se puede acceder a él, cualquier habitante del País Vasco puede asumir la identidad vasca, en cuyo caso tendría la plena consideración de vasco. Tal circunstancia constituye una novedad histórica, que la encontramos ya asentada en las postrimerías del franquismo. El nacionalismo histórico se construyó sobre criterios raciales, que definían una nación cerrada en el punto de partida. Buscaba, en realidad – por mucho que después se ampliase el concepto -, un proyecto político para una comunidad a la que se suponía ya existente, de determinados rasgos étnicos y heredera directa del pueblo vasco foral. El nuevo nacionalismo sigue otros mecanismos: propone una identidad aparentemente “abierta”, en la medida que responde a una comunidad en construcción, no preexistente, con capacidad de admitir nuevos aportes humanos.

El término “abierta” tiene cabida sólo en comparación con la definición étnica de Sabino Arana. A diferencia de ésta, no establece requisitos étnicos que cierren la admisión. Es “abierta” porque cualquier persona puede ingresar en el pueblo vasco. Pero es estrictamente cerrada, pues en el pueblo vasco no tienen cabida identidades diversas, sino sólo una identidad. El pueblo vasco nacionalista está abierto a todos… los que acepten los criterios identitarios nacionalistas y se ajusten personalmente a ellos, pues no es sólo una cuestión de creencias o de conversión ideológica.

Es en este sentido que el soberanismo sostenía que su noción de pueblo vasco está abierta a todos los que lo deseen. “¿Sólo forman parte del Pueblo Vasco los que siempre han vivido en esos Territorios y descienden de los antiguos vascos?15 preguntaba al lehendakari Ibarrretxe esa suerte de catecismo nacionalista que adoptó el título de Konpondu y que ya hemos mencionado. La respuesta lo explica de la manera mencionada. “No. El Pueblo Vasco nunca ha sido una realidad cerrada. El Pueblo Vasco es una realidad social abierta y no excluyente, de la que tienen derecho a formar parte todos los ciudadanos y ciudadanas de los diversos Territorios y Comunidades vascas, sin ningún tipo de exclusión o discriminación por razón de sexo, origen, condición social o ideas políticas o religiosas. Formar parte del Pueblo Vasco no es un tema de apellidos, origen o ideas políticas”.

Contra lo que cabría deducir a primera vista de esta expresión, no estaba hablando de pluralismo interno ni de que todos los vascos pertenezcan al Pueblo Vasco. Éste se presenta como abierto, pero es un concepto cerrado, la única forma posible de ser vasco. Al final, formar parte del Pueblo Vasco “es una cuestión de sentimientos y de pertenencia voluntaria”. ¿Por qué vía? Por el camino de los sentimientos y la pertenencia voluntaria para adquirir las nociones identitarias.

Esta cuestión resulta crucial en el planteamiento soberanista, y en general en el del nacionalismo. Tiene una consecuencia política, convertida en la prioridad de este movimiento. Cualquier propuesta de transformación del sistema jurídico en un sentido nacionalista parte del supuesto de que los mecanismos de forja de la identidad – básicamente los educativos y culturales – deben corresponder a los poderes locales.

Era una cuestión irrenunciable. Lo explicaba el mismo texto16: “nadie deja de ser vasco o de formar parte del Pueblo Vasco cuando traspasa una determinada frontera geográfica, porque los sentimientos de pertenencia no se llevan en la cartera o en el pasaporte, sino en el corazón”. El corazón de los vascos puede seguir siendo vasco cuando se traspasan las fronteras, pero al parecer sí deben cambiar los sentimientos de pertenencia quienes viven en el País Vasco y no se sienten vascos en el sentido nacionalista. Es más: tal transferencia constituye una necesidad política. Sin solución de continuidad con ese canto al mantenimiento de las identidades y paradójicamente como su colofón, el texto prosigue: “Propongo asumir con una responsabilidad exclusiva real algunas políticas, como aquellas que se ligan a nuestra propia personalidad, como son la lengua y la cultura vasca, la enseñanza, las instituciones y administraciones locales y forales, o nuestro sistema propio de impuestos y nuestro derecho civil foral”. No era una propuesta inocua. Implicaba un propósito de actuación sobre la parte de la sociedad vasca aún no inserta en el pueblo vasco.

En el texto sólo las alusiones a la cultura y educación tienen interés, pues la fiscalidad o al derecho foral venían siendo ejercidas por el País Vasco autónomo, aunque se presentasen como reivindicaciones. Había que asumir tales competencias no en virtud del desenvolvimiento del autogobierno, para mejorar la actuación cultural y el sistema educativo, o adaptarlas mejor a las demandas de la sociedad vasca, sino exclusivamente para desarrollar la identidad vasca definida por el nacionalismo, un criterio distinto a las identidades existentes en la sociedad vasca. Había que asumir competencias plenas en tales materias “Porque las decisiones que se toman en esas áreas son vitales para el futuro de la identidad vasca y no es razonable que el Estado se interfiera permanentemente, negándonos una exclusividad que nosotros no le discutimos cuando toma decisiones en materias de su competencia exclusiva”. En el planteamiento subyacía una visión unidimensional del desarrollo educativo, lingüístico, político, jurídico o cultural, cuyo único objetivo sería impulsar identidades privativas.

El pueblo dotado de identidad posee también personalidad en el pleno sentido del término. El pueblo – ese pueblo imaginario, de creación ideológica - es sujeto de derechos. No la sociedad vasca existente, que quizás tenga algunos, sino el pueblo vasco construido por la doctrina. Mejor: es el principal sujeto de derechos, pues el concepto se sublima y adquiere un carácter absolutizante que envuelve todo el discurso político. Los individuos – que sólo se realizan al encarnarse en el pueblo – tienen ante todo la obligación de respetar y desarrollar tales derechos colectivos.

La subordinación individual a la noción colectiva del pueblo vasco debe ser plena. Lo muestra bien el juramento que realizan los miembros del PNV, esto es, quienes creen plenamente en las nociones identitarias, las asumen y quieren propagarlas. El contenido de tal jura sobrepasa los compromisos que suelen comportar las afiliaciones a los partidos y resume una filosofía vital en la que la actividad personal queda plenamente plegada al desarrollo del pueblo vasco: “Juramos – dice el texto - fidelidad a la causa del pueblo vasco, sin contraponer jamás el interés particular al de la Patria. Porque el sentido de pertenencia a una Patria en peligro es el que ha unido antes y une ahora a todos nosotros […]. Nos une desde nuestro ser de vasco, el instinto y la voluntad de salvar y potenciar a nuestro pueblo y a nuestra lengua... Prometemos guardar [nuestro juramento] por encima de nuestras miserias individuales y de los avatares de los tiempos17. El sentido épico de un pueblo en peligro y al que hay que salvar mediante el sacrificio individual refuerza la sensación de entrega y de plena implicación personal en un proyecto de rasgos totalizantes.

Este pueblo al que se dota de personalidad específica es el sujeto de la vida política. No los ciudadanos, excepto en la medida que cumplan con su deber de impulsar el desarrollo político del pueblo.

Este peculiar planteamiento arranca de las obsesiones identitarias con las que el nacionalismo vasco salió del franquismo. El esquema conceptual por el que el pueblo sustituye a la nación constituye una cuestión clave en la formulación del soberanismo que gobernó al País Vasco entre 1999 y 2009, pero ha influido decisivamente más allá de tal década. Ha orientado toda la política del nacionalismo vasco desde la transición. Sus consecuencias no las encontramos sólo en la construcción de un entramado ideológico. Ha condicionado la propia forma de afrontar la política. Contra lo habitual, para el nacionalismo la clave del éxito no reside en el mero logro de apoyos ciudadanos. Éstos resultan indispensables, pero lo fundamental consiste en que tales apoyos asuman sus nociones identitarias o permitan una acción política que transforme la sociedad en tal sentido.

Los esfuerzos del nacionalismo no se han orientado a atraerse ciudadanos ofreciendo una cara amable, tolerante, abierta, moderna. Lo que ha buscado (con escaso éxito) es la transformación identitaria de la sociedad vasca: incrementar el número de vascos que se corresponden con su definición de pueblo vasco. Ésta es, desde su punto de vista, la labor del nacionalismo: hacer “vascos” – tal y como los entiende el nacionalismo - a quienes viven en el País Vasco, no convencerles de las bondades del nacionalismo. Subyace el convencimiento de que la gestación identitaria conduce inevitablemente al voto nacionalista, pero éste no es su principal objetivo, sino el medio para lograr la construcción nacional y, al tiempo, la consecuencia de esta construcción. El propósito fundamental consiste en nacionalizar la sociedad vasca, convertirla en Pueblo Vasco, diseñarla según las nociones del nacionalismo.

Desde este punto de vista, el voto nacionalista constituye un síntoma de la existencia del pueblo vasco, pero éste no viene definido por la voluntad de los ciudadanos y su adhesión a un proyecto de nación. No lo definen las querencias ciudadanas, sino identidades que podrían definirse como materiales, objetivas, verificables. La voluntad ciudadana no define la identidad del pueblo vasco. Eso sí, es un requisito individual para ser admitido como miembro de éste, una condición necesaria, aunque no siempre suficiente. La consecuencia del planteamiento resulta bien conocida: quien no vote nacionalista no es vasco en el sentido que lo define el PNV; vive en el País Vasco pero carece de legitimidad como vasco, quizás por circunstancias históricas anómalas que deberían corregirse.


Pueblo y nación en el discurso soberanista


Para comprender algunas de las implicaciones de esta construcción conceptual conviene analizar el discurso nacionalista de la etapa soberanista en lo que se refiere a los conceptos de pueblo y nación. Debe tenerse en cuenta, para su cabal comprensión, que se corresponden con una época en la que en el lenguaje nacionalista desaparecieron los matices, las dudas y alguna inquietud por insertar sus esquemas en los que suelen ser habituales en los escenarios democráticos.

A mí me gustaría que […] el Partido Socialista del País Vasco (sic) dijera que Euskadi es una nación, con naturalidad18: en 2003 el entonces lehendakari Ibarretxe recriminaba en estos términos a los socialistas vascos por no ser nacionalistas. La petición resultaba sorprendente. Sin duda, el socialismo vasco está más dispuesto a definir al País Vasco como nación que los nacionalistas a admitírselo, pues no parecen capaces de aceptar como idea de nación la que pudieran esbozar los socialistas, si conforme a su trayectoria histórica ésta se basase en nociones ligadas al pluralismo, la libertad y la ciudadanía, no identitarias. Otra cosa sería el imposible de que los socialistas se convirtiesen al nacionalismo admitiendo el concepto de nación esencialista que manejan los nacionalistas vascos, que prescinde de las adhesiones ciudadanas.

Tiene también interés la forma en la que el lehendakari rehuía en aquella ocasión el término vertebración, o al menos no lo consideraba políticamente importante, pese a la claridad de la pregunta, que contraponía vertebración social e identidad19. En la particular reflexión del principal dirigente nacionalista quedaban claras dos circunstancias:

Primero, la identidad constituye la clave de la acción política, no la vertebración de la sociedad, una cuestión que quedaba argumental y políticamente relegada.

En segundo lugar: el desarrollo de la identidad, el cambio necesario, consistía exclusivamente en que los socialistas – y, por extensión, todos los no nacionalistas - adoptasen los criterios nacionalistas, sin que éstos necesitasen una revisión, pues transmiten una realidad objetiva e incuestionable.

¿Identidad, vertebración? La solución estaba clara: vertebración social por la vía de que incluso los no nacionalistas asumiesen los criterios identitarios del nacionalismo. La contundencia del argumento – dirigido contra una parte de la sociedad vasca, enunciado por un presidente de Gobierno y que da por buena la desestabilización política - sólo puede entenderse desde el convencimiento de que sus convicciones políticas no constituyen una opción, sino una verdad indubitable no forjada ideológicamente20.

Más allá de tales consideraciones, también sonaba raro el reproche del dirigente nacionalista al pedir que los socialistas digan que “Euskadi es una nación, con naturalidad”. Resultaba extraño porque pedía a los socialistas lo que los nacionalistas no solían practicar. Pocas veces el nacionalismo reciente afirma que Euskadi es una nación, mucho menos con naturalidad. Un ejemplo: el propio Ibarretxe en la época que ostentó el cargo de lehendakari realizó muy rara vez tal afirmación, que pone el acento político en la idea de Euskadi como nación. Una búsqueda minuciosa en sus discursos e intervenciones públicas sólo ha localizado una ocasión clara, precisamente la mencionada. Incluso el uso del término nación – sin la profesión de fe en la patria vasca – resultaba muy restringido en este dirigente nacionalista. En sus discursos, cuando empleaba “nación” lo hacía, por lo común, para criticar a quienes sostienen que “España es la única nación soberana”21 y para equiparar a Euskadi con “España” o con otras “naciones” (Argentina22, Galicia, Cataluña).

Resulta significativo el contexto argumental de la referencia a quienes viven en el País Vasco y entienden que España es la única nación soberana. En la imagen nacionalista de la actual sociedad vasca el antagonismo social se reduce a la presencia de dos conceptos de soberanía, el nacionalista vasco y el nacionalista español, los que creen en la soberanía vasca y en la soberanía española. Para unos y otros tal creencia condiciona todos sus enfoques, desde su punto de vista. Esta simplificación de las visiones políticas constituye el punto de partida de análisis y propuestas.

Se refería a un pluralismo de composición dual. En el seno de la sociedad vasca, no en el pueblo vasco. No incluía la sugerencia de que existan nociones distintas de la soberanía ni de que ésta pueda relativizarse a la hora de formular alternativas políticas e ideológicas. Tal visión resulta crucial en el posicionamiento político del nacionalismo. Desde su punto de vista la pluralidad en la sociedad vasca quedaría formada por dos posiciones antagónicas, incompatibles y sin posibles puntos de encuentro. Como sólo cabría considerar propiamente vasca a una, el antagonismo sólo podía resolverse por la victoria plena del nacionalismo y la subordinación de los grupos no nacionalistas a tales esquemas doctrinales. Sin posibilidades de acuerdos definitivos, la vida política vasca quedaba abocada a un enfrentamiento permanente hasta que se llegase a tal solución. La política quedaba definida como una guerra ideológica en el pleno sentido del término y las tensiones como batallas sucesivas en un camino que sólo terminaría con el triunfo concluyente de unos y la derrota definitiva de los otros.

El esquema servía para justificar los rupturismos que en la época se expusieron como “normalización”, en la siguiente línea argumental. “[En] este Parlamento, […] se manifiestan los distintos proyectos políticos y sentimientos que unos y otros tenemos en relación con: a) La identidad - En nuestra sociedad existen ciudadanos y ciudadanas que legítimamente se sienten, única y exclusivamente vascos, y existen otros que, también legítimamente, además de vascos, se sienten españoles. b) La soberanía - Hay quien defiende que los ciudadanos y ciudadanas vascas son soberanos para decidir su propio futuro, y hay quien defiende que España es la única nación soberana y, por tanto, son el conjunto de los españoles los que deben decidir el futuro de los vascos23. El supuesto de la existencia de dos identidades asentadas, bien forjadas e incompatibles sería el punto de partida de una acción política que propondría un nuevo punto intermedio, y al mismo tiempo un renovado sitio desde donde actuar política y culturalmente. Desde tal punto intermedio el soberanismo podría continuar su proceso de nacionalización. Y así sucesivamente.

El punto de partida imagina obsesiones identitarias nacionales para todos los grupos y personas insertos en la sociedad vasca, como si tal fuese no ya el principal criterio, sino el único por el que se fijan las posiciones políticas. Entiende, también, la existencia de identidades inmutables y enfrentadas: una contra y otra.

Desde tal punto de vista la opción era clara. El PNV entendía que compartía con la izquierda abertzale la misma noción de Pueblo Vasco, el elemento clave a la hora de fijar la ideología, la acción política y las propuestas de futuro. Cualquier posicionamiento junto a los no nacionalistas, por ejemplo en defensa de la democracia contra el terrorismo, constituiría un recurso transitorio, pues violentaba no sólo los compromisos con ETA y sus entornos, sino las estructuras conceptuales básicas del soberanismo.

El discurso nacionalista de la década soberanista – las manifestaciones de Ibarretxe constituyeron su principal expresión y a veces dio la impresión de que la única – estaba volcado en el concepto de “Pueblo Vasco con identidad”. El vocablo nación cumplía la función de equiparar conceptualmente a Euskadi con otras naciones, en particular con España.

El lehendakari Ibarretxe recurría muy escasas veces al concepto de nación, lo que no deja de ser chocante en el principal dirigente de un movimiento nacionalista. Cabe citar alguna excepción notable: en septiembre de 2000 aseguraba que “el nacionalismo democrático, con 105 años de historia, siempre ha reivindicado el reconocimiento de la Nación vasca24, una afirmación inusual en el discurso del lehendakari Ibarretxe. Formaba parte de un razonamiento excepcional en sus planteamientos. Tiene su explicación.

La alusión a la lucha histórica del PNV por la nación vasca, de la que se afirmaba siempre había sido pacífica, se introducía para deslegitimar la violencia de ETA. Era un procedimiento discursivo que se desarrollaba en la línea ya mencionada por la que la condena al terrorismo parecía exigir al PNV argumentos indirectos, mediante la vía de hablar en el nombre del Pueblo Vasco. En esta ocasión, alude a la lucha histórica del PNV por la nación, calificándola de pacífica, para que sirviese como modelo al nacionalismo radical. Tal esquema introdujo en el discurso de Ibarretxe la idea de la nación, poco habitual en sus razonamientos. Eso sí., servía para negar a ETA una justificación política, pues en tal supuesto la práctica del PNV era la correcta. “Por tanto, la violencia que hoy padece la sociedad vasca, es consecuencia de la intolerancia y del totalitarismo de quien la ejerce” era la conclusión.

En tal contexto comenzó a jugar un papel significativo en el discurso del PNV el lema “diálogo y negociación” como procedimiento para buscar una solución de la cuestión vasca. Tiene interés el sentido en el que se empleaba en el año 2000, en los inicios del periodo soberanista. Tal reivindicación provenía de la “izquierda abertzale” y se había creado dentro de la estrategia de ETA. Pocos años después el propio Ibarretxe la utilizaría en una acepción parecida, y hasta alegaría que constituía un procedimiento secular de los vascos para la resolución de los conflictos, sugiriendo la idea de que sólo mediante el diálogo y la negociación con ETA, la izquierda abertzale y el nacionalismo el Estado podría alcanzar acuerdos en la vía de la “normalización”. Pues bien: cuando el PNV incorporó este lema a su discurso no era esa la forma en la que explicaba sus virtudes.

Por entonces el nacionalismo decía que el diálogo y la negociación – temas centrales del discurso nacionalista en el periodo soberanista, que se justificaron de forma distinta en las diferentes coyunturas – servirían para acabar con la incomunicación de ETA y de su entorno y para explicarles a quienes practicaban o apoyaban “la lucha armada” el error que cometían. En septiembre de 2000, cuando se estaban sucediendo los asesinatos que siguieron a la tregua, venía a decirse que la solución vendría por un diálogo con los terroristas, porque así se les podría hablar de la inoportunidad de la violencia. Serviría para que, mediante explicaciones en medio del diálogo, adquiriesen una visión cabal de las circunstancias que vivía la sociedad vasca. Por entonces, la otra pata del binomio, la negociación – término que comenzaba a usar -, no tenía aún un desarrollo argumental en el discurso soberanista del PNV. No tardaría en llegar.

Aunque con frecuencia el PNV venía usando el término “diálogo” al aludir al final de ETA, la binomino “diálogo y negociación”, procedente de ETA y su entorno, se incorporó a su lenguaje en la declaración de Lizarra, 18 de septiembre de 1998, cuando firmaba, junto a diversas organizaciones nacionalistas: “La resolución política sólo puede plasmarse a través de un proceso de diálogo y negociación abierto, sin exclusiones respecto de los agentes intervinientes y con la implicación de la sociedad vasca en su conjunto”. Este empleo de la negociación como mecanismo para resolver la conflictividad vasca era nuevo en el PNV, y aún tardaría algún tiempo en arraigar.

Unos meses antes, el “Plan Ardanza” (17 de marzo de 1998), que usaba reiteradamente el término “diálogo”, marcaba las distancias con el vocabulario de la “izquierda abertzale”. Hablaba de “un diálogo tal - llámenlo ellos “negociación” y nosotros “final dialogado25-. Desde fines de 1998 se incorporaría al lenguaje del nacionalismo moderado, por la vía de las organizaciones conjuntas que formó junto al nacionalismo radical o a través del empleo decidido del término por parte del lehendakari Ibarretxe, en el sentido en que lo usaría en el debate de política general de 22 de septiembre de 2000, según el cual había que “encauzar nuestros conflictos por la vía del diálogo y la negociación”.

Pero por un momento el PNV justificó la negociación como un procedimiento pedagógico. La argumentación voluntarista – los terroristas dejarán de asesinar cuando les expliquemos que estorban o que dañan la imagen de los vascos – tenía escasa enjundia. Encaja con un planteamiento en el que como principal recurso contra el terrorismo se echaba mano del ejemplo modélico de la pacífica trayectoria del PNV, un argumento en el que asombra la futilidad, sobre todo si se contrasta con los dramáticos momentos que vivía el País Vasco.


El soberanismo en las Cortes


Evocaciones a la nación vasca como la que hemos recordado arriba no las repitió el lehendakari Ibarretxe en el Parlamento, ni en su literalidad ni en su sentido. Quedaron claras, por su intervención de septiembre de 2000, sus creencias en la ortodoxia sabiniana, pero la ulterior ausencia del concepto “nación” señala que el entramado ideológico del nacionalismo presentaba nítidas diferencias respecto a ésta. En el discurso del presidente nacionalista del Gobierno vasco no solía aparecer esta reivindicación. La afirmación de Euskadi como nación ni siquiera subyace en la estructura argumental que utilizó habitualmente. No apareció en los tiempos del soberanismo más exacerbado.

Cabe citar un ejemplo significativo, que resulta sorprendente. En sentido estricto, no puede localizarse la reivindicación nacional ni siquiera en el discurso que pronunció el lehendakari en las Cortes, al defender el proyecto nacionalista al que dio en llamarse “Nuevo Estatuto Político para la Paz y la Convivencia”.

Era una ocasión importante. Cuando el 1 de febrero de 2005 el lehendakari Ibarretxe fue a las Cortes a defender el Plan soberanista que se conoció por su nombre estaba en uno de los momentos cumbres de su biografía política y, en cierto sentido, de la historia del nacionalismo vasco. Por vez primera un nacionalista vasco iba al parlamento del país ocupante – así lo es en el imaginario del nacionalismo – a pedir la soberanía vasca. Desde la perspectiva nacionalista constituía un hito, llamado a figurar como un momento señero dentro de una historia en la que determinados acontecimientos se resaltan como jalones épicos.

En tal lógica, cabía esperar que su discurso girase en torno a la afirmación de que Euskadi es una nación – “la patria de los vascos” -, de que como tal comunidad nacional le corresponden unos derechos políticos, de que España tenía que reconocérselos y por tanto facilitarle el acceso a la soberanía, la independencia, la autodeterminación, el derecho a decidir o cualquier otra de las expresiones con las que el PNV desarrolla la misma idea.

No hubiera extrañado tal esquema, característico del nacionalismo histórico y que está en el corazón de su doctrina. Pues bien, inútilmente buscaremos este razonamiento nacionalista en el discurso del entonces lehendakari. Ni siquiera se encuentran secuelas ideológicas o rastros de tales planteamientos básicos. Ni una sola vez empleó en el mencionado discurso el término “nación”, menos aún “nación vasca”. Tampoco se encuentran los conceptos asociados a tales términos ni el desenvolvimiento argumental que parte de la afirmación de Euskadi como una nación y, como tal comunidad nacional, sujeto de derechos. El razonamiento que siguió fue muy diferente. Resulta alternativo al del nacionalismo histórico.

El discurso sólo mencionó un sujeto de derechos políticos, el “pueblo vasco”. Junto a “pueblo” o “pueblo vasco” el lehendakari empleó otro vocablo específico, el de “Euskadi”. Conviene analizar los sentidos en que utilizó ambos términos, pues resultan claves en la construcción argumental que desarrolla el nacionalismo soberanista.

La idea de “pueblo” se presenta como un concepto natural, preexistente a la historia y como una unidad de voluntad, pasada y presente26, situado en las antípodas de la idea de comunidad nacional.

En este punto Ibarretxe recurría a una idea habitual en el nacionalismo, el carácter milenario del pueblo vasco, pero presentaba una diferencia con el uso que se había dado a este tipo de evocaciones durante la transición. Las alusiones a la antigüedad de los vascos y a su identidad ancestral habían servido para el consumo interno de la comunidad nacionalista. Habían legitimado la difusión de la doctrina, la habían dado forma, pero no solían utilizarse para fijar las posiciones políticas frente a otros interlocutores. En 2005 constituía la base del razonamiento que se exponía en las Cortes, proporcionando una visión del concepto “pueblo” que habría que calificar de decimonónica, bien entendido que entre los planteamientos del siglo XIX se hubiese situado entre los más conservadores.

Este concepto que habla de una esencia del pueblo, en el caso vasco asociada con la idea de antigüedad, la encontramos sucesivamente en el PNV soberanista. Lo localizamos en las postrimerías de la década soberanista y explica el sentido en el que retomaba el concepto de “nación” en 2008, cuando el PNV volvía a usarlo, con mayor intensidad que los años anteriores. Apenas lo empleaba en su tradicional significado político, sino como sinónimo del “pueblo vasco con identidad” que venía sustituyendo al concepto de nación. Lo hacía también de forma esencialista, pese a que las circunstancias políticas hacían peligrar ya el desarrollo del soberanismo. “Es una realidad incuestionable que somos una nación – aseguraba entonces, para aludir no a conciencias nacionales, sino a esencias identitarias, en una enumeración de características sabinianas, con la sustitución de “raza” por cultura, territorios y economía -. Contamos con todas las características que forman y conforman una nación: nuestro idioma, cultura, territorios, historia, economía. Somos una de las naciones más viejas de Europa27.

Al modo de las concepciones románticas más tradicionales, el PNV metía por entonces en el mismo saco – es decir, consideraba como sujeto político – al Pueblo Vasco pasado, presente y futuro, con un desarrollo argumental que tiene mayor importancia que la idea de nación: “Nosotros, los vascos y vascas de hoy, somos el último eslabón de una larga cadena a través de los siglos”. “Euskal Herria, el Pueblo Vasco, el pueblo del euskera, los siete territorios, somos vascos y vascas. Nuestras canciones, mitos, ríos, bosques, empresas, sueños, niños y niñas...nuestros muertos, muertas y las personas vivas somos Euskal Herria. Quienes fueron, quienes somos y quienes serán”. Podía el empuje lírico de las evocaciones ancestrales. No se encuentra indicio que apunte a la voluntad ciudadana o a las adhesiones nacionales. Cuando mucho, está implícita la idea de que hay quienes tienen voluntad de identificarse con la causa vasca, pero en la rancia exposición el mayor peso corresponde a esa idea que enlaza generaciones y que sitúa a la actual en una cadena en la que tiene obligaciones con los vascos del pasado y los del futuro.

Las notas anteriores sobre el discurso soberanista del PNV, de filiación romántica, hacen inteligibles las palabras del lehendakari en las Cortes. En su discurso se dice del pueblo que es milenario (pues lo es su lengua, lo que expresamente se menciona como tal), y que generación tras generación ha tenido ansias de libertad y de relacionarse amistosamente con los demás pueblos, la idea ya mencionada y que fue la primera que sugirió.

La pertenencia a un pueblo de características monolíticas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos se evocó acudiendo a una retórica de corte romántico: “quiero que mis primeras palabras representando aquí al Parlamento Vasco sean en euskera, lengua oficial en nuestro país […] y que es una lengua milenaria en la que el pueblo vasco ha expresado generación tras generación sus ansias de libertad y sus deseos de amistad con los demás pueblos con los que ha convivido desde el respeto mutuo a lo largo de la historia. […] He venido a las Cortes Generales españolas a defender el derecho del pueblo vasco a decidir su futuro”. El recurso oratorio de apelar al euskera situó súbitamente a las Cortes ante un planteamiento trascendente. Resonaban los conceptos de: pueblo vasco milenario, generación tras generación con los mismos comportamientos, ansias seculares de libertad, distinto a los pueblos con los que ha convivido, (pleno) derecho a decidir el futuro. Tal derecho, que en el argumento parece proceder de comportamientos milenarios, se atribuye al pueblo, no a la nación.

Así, este pueblo queda definido como un protagonista ahistórico y concebido casi de forma antropológica, sin asociarse a conceptos modernos (pluralismo interno, comunidad de individuos, voluntad democrática, ciudadanía, etc.). Aparece como un sujeto personificado, sin que se sugiera que lo compongan elementos diversos.

Una idea central quedaba clara: el Pueblo Vasco existe desde hace milenios, una afirmación muy asentada en el discurso de Ibarretxe. Unos años antes lo explicaba: “El núcleo humano que constituye el Pueblo Vasco vive desde tiempo inmemorial a caballo entre las dos vertientes del Pirineo Occidental. Los historiadores califican a los vascos como los primeros pobladores de la Península [sic], incluso antes de la llegada de los íberos que dieron nombre al suelo en el que hoy se ubica el Estado español28. Tales alusiones a la remota antigüedad de un pueblo que quizás considera inmutable y sin diversidades culturales ni complejidades en la adscripción vasca de los hábitats a lo largo de los siglos, servía en un foro de envergadura para explicar sus planteamientos ideológicos. Pese su aparente tosquedad intelectual, este historicismo resulta clave en el planteamiento político del nacionalismo soberanista.

En la misma argumentación, este Pueblo Vasco siempre amó la libertad (del pueblo, se sobreentiende) y es distinto a los que le rodean, con los que quiere asociarse amistosamente.

De pronto, en las Cortes españolas resonaban conceptos de otras épocas, de otros tiempos, forjados en lógicas bien distintas a las democráticas, y se sugerían llamamientos atávicos llegados desde los albores de la historia humana.

Siguiendo esta peculiar argumentación, tal pueblo milenario tiene una “forma de ser”, en un planteamiento que no parece retórico, a juzgar por el decisivo papel que ésta cumple. El esencialismo imaginaba la unidad de comportamientos culturales y subsume la eventual pluralidad. Servía para justificar los lemas del PNV, que no serían sino emanación de una identidad secular. El discurso daba por supuesta la existencia de “un sentir del pueblo vasco” gestado hace siglos o milenios que de forma sorprendente incluía todas las reivindicaciones del nacionalismo, incluso las de la última hora.

Como cabía esperar, la forma de ser está cargada de notas positivas. La imagen del pueblo vasco la empaña ETA, que le hace un daño inmenso, se asegura en el discurso, y en este punto la organización terrorista no se ajusta a “la forma de ser” del pueblo vasco. Por lo demás, la idea es diáfana: el vasco es un pueblo pacífico, trabajador, civilizado y mayor de edad. Su forma de ser incluye también actitudes políticas: “el espíritu de diálogo y negociación ha presidido siempre el sentir, la forma de ser del pueblo vasco a lo largo de la historia”. El lema del día – que se incorporó hace relativamente poco a los planteamientos del PNV – se convertía en un recurso esencial, milenario, ancestral: viene de lejos, de siempre, pues en este esquema existe un siempre.

Es un pueblo que además quiere colaborar con otros pueblos de España, a los que no quiere obligar a nada. De alguno de estos pueblos ha recibido muestras de cariño, sobre todos desde el pueblo andaluz, el pueblo gallego y el pueblo catalán: las pluralidades democráticas quedan substituidas por esta sorprendente imagen de pueblos diversos con personalidad propia apoyándose los unos a los otros, que integran una entelequia llamada España, a la que no se llama nación o pueblo, sólo Estado. De todas formas, como no quiere entrometerse con nadie y en justa correspondencia, el pueblo vasco pide diálogo y respeto.

Constituye éste un recurso argumental característico del nacionalismo vasco. Con frecuencia, su discurso – el que elabora desde la transición – elogia situaciones plurales, dentro o fuera del País Vasco. Incluye un reconocimiento de tal pluralidad, se compromete a respetarla – y hasta expresa que tal respeto le es consustancial – y, como conclusión, exige a cambio el respeto al nacionalismo vasco o a Euskadi tal y como la entienden los nacionalistas.

El uso de este mecanismo sugiere que las profesiones de fe en la pluralidad tienen, en este discurso, la función de exigir que se respeten sus criterios, máxime cuando la imagen que se proporciona del pluralismo encaja más con los criterios ideológicos del nacionalismo que con la habitual percepción de la realidad social. El mecanismo argumental de exigir contraprestaciones a cambio de su respeto o alabanza lo encontramos para las materias más diversas. El procedimiento sirve para justificar las posiciones del PNV en sus expresiones más contundente.

Entre varios ejemplos, puede citarse su exigencia en 1981 de cambios en los comportamientos sindicales: “El Partido Nacionalista Vasco proclama su profundo respeto por el sindicalismo responsable, gracias a cuya lucha se ha produ­cido no sólo el progreso social sino muy especialmente la resistencia contra la dictadura” […] “Pero pide también a las agrupaciones sindicales que, junto al apoyo decidido al trabajador, persigan al parásito, al insolidario y al irresponsable que no merecen el nombre de obrero y que frecuentemente son causa directa de la ruina de las empresas29. Respeta para que le respeten. Expresa reconocimientos para que se reconozcan los planteamientos nacionalistas.

Más característico es el esquema con el que el PNV justifica sus posiciones sobre la inmigración. Sugiere que está obligada a plegarse a las nociones identitarias del nacionalismo y lo hace mediante un similar razonamiento indirecto: “Las masas de inmigración, principalmente laboral que, sobre todo en los tiempos de la Dictadura se han asentado entre nosotros, tienen derecho a ser lo que se sienten ser, o lo que quieran ser. […] Desde ese respeto, pensamos que también es exigible una reciprocidad de respeto y aun de aprecio a la tierra que han elegido, aunque sólo sea por razones económicas. Un respeto a su lengua, a sus formas de vida y a sus categorías anímicas30. De la expresión de reconocimientos formales sólo se deriva la legitimación de las posiciones nacionalistas, incluso de las extremas. Los inmigrantes podrán “ser lo que quieran ser”, pero del postulado se deduce un criterio de exclusión, al asentar la idea de una única identidad legítima en el País Vasco, la que afirma el nacionalismo.

Del respeto que expresa el PNV a la identidad de los inmigrantes no se le deriva ningún compromiso político. Del que en reciprocidad les exige a los inmigrantes se deduce para éstos la subordinación política y/o acciones serias de carácter identitario.

La expresión del respeto a otros pueblos en España como punto de partida para exigir un tratamiento similar forma parte de los caminos discursivos del nacionalismo vasco. También la alusión a la “forma de ser”, habitualmente denominada “identidad” durante la etapa soberanista, un término evitado por Ibarretxe en su discurso en las Cortes, quizás para rebajarle la carga política.

En la expresión de Ibarretxe, la forma de ser incluye también, además de las connotaciones positivas ya mencionadas, “unos derechos históricos”, los fueros, “de un pueblo que tenía una manera determinada de relacionarse, de vivir políticamente con las instituciones, primero de las españas, después del Reino de España”. Existía pues una estructura política propia, que se correspondía con la esencia del pueblo. Hasta aquí nada parece derivarse de la comunidad política, de las voluntades democráticas. Todo se relaciona con el pueblo como una superestructura que está por encima sus componentes, incluso al margen. Todo – el diálogo, la negociación, las ansias de libertad, la forma de organización foral -, todo parece estar al margen de la historia y de los ciudadanos. Todo parece emanar de la forma de ser (de la identidad) de un pueblo milenario.

De ahí se deduce, en esta argumentación, “el derecho del pueblo vasco a decidir su futuro”, concepto que se reitera en el discurso. Constituye un axioma, derivado a su vez de la idea de pueblo ahistórico siempre con actitudes inamovibles y con una determinada forma de ser, siempre distinto a los demás y siempre con capacidad de decisión. Ésta se gesta al margen de presuntas voluntades colectivas.

En consecuencia, la decisión del Parlamento vasco – que había aprobado el texto soberanista por mayoría absoluta – se justificaba en virtud del derecho milenario de un pueblo que tiene existencia natural, no en sentido estricto por una afirmación nacional. Puesto que el Pueblo Vasco monolítico y con atributos de persona tiene una única opinión, la alternativa de un nuevo estatuto político se presentaba en sí misma como la voluntad del Pueblo Vasco.

La legitimidad del Parlamento vasco para tomar tal decisión tampoco dependía de las atribuciones que le concedía la ley o le exigían las normas constitucionales- ni siquiera de que los partidos parlamentarios se hubiesen presentado a las elecciones con esa propuesta en su programa -, sino de la “forma de ser” característica de este pueblo milenario. Este es el sentido en que, excepcionalmente, el discurso empleaba el término “democrático”, que se asociaba a la mayoría absoluta que decidió tal Plan en el Parlamento: democrático no por que se ajustase a las reglas del juego, sino como expresión mayoritaria de una voluntad secular.

En tales condiciones de trascendencia milenaria, la votación del Parlamento Vasco se presentaba como el germen de una nueva situación política. Se entendía que ésta superaba el entramado constitucional y se convertía a su vez en acontecimiento constituyente, con capacidad de forzar a las Cortes y a la democracia española a cambiar sus esquemas políticos e institucionales. No era un acto político más: era la expresión de una identidad que llegaba de un mundo metahistórico.

La noción de pueblo – prepolítico y natural - que subyace en este planteamiento no se corresponde con la idea de nación en su acepción moderna. ¿El concepto de Euskadi, que nació como afirmación nacionalista? Paradójicamente, en este discurso queda despojado de esta connotación, menos en un aspecto, cuando se emplea para contraponerlo a España y compararlo conceptualmente con ella. El binomio Euskadi-España no alude a una parte y al todo – “Euskadi no es una parte subordinado del estado español”, llega a afirmar -, sino a realidades políticas equiparables. Así, se presenta el problema vasco como un problema secular, de relación política entre Euskadi y España. El futuro será fruto de un pacto entre Euskadi y España.

Menos en ese sentido, el término “Euskadi” quedaba asociado a realizaciones políticas del autogobierno, no a un concepto nacional. Una vez afirmado el derecho milenario a que “los vascos” tomasen cualquier decisión, un derecho natural, el resto de la argumentación con la que se justificó el Plan, soberanista no partió de la afirmación de la soberanía. Arrancó de un perfil extraordinariamente bajo, que hablaba sólo de la eficacia del autogobierno estatutario, que provocaba satisfacción a los vascos y les animaba a querer más autogobierno para vivir mejor. El argumento, de una puerilidad extrema, prescindía de las implicaciones internas y externas del Plan soberanista y lo subsumía en la mera razón técnica: con un autogobierno estatutario vivimos bien, mejor que antes; queremos más autogobierno pues así tendremos más bienestar.

Tal alabanza del autogobierno estatutario resultaba sorprendente y contradictoria. Durante los diez años anteriores el discurso nacionalista venía cuestionando el Estatuto a cuya autonomía atribuía ahora tal eficacia. De otro lado, el discurso saltaba un paso argumental, que cabe pensar resulta importante. Daba por supuesto que “más autogobierno” – por la vía del cambio del estatus jurídico, como si tal circunstancia resultase neutra a este respecto – generaría más bienestar. Omitía la posibilidad de que el bienestar se hubiese conseguido por un autogobierno asentado en la estructura institucional que ahora se rechazaba.

El discurso político, precario, se construía sobre las siguientes afirmaciones: “Estamos ilusionados en Euskadi los vascos y vascas con el nivel de autogobierno que hemos conseguido con el Estatuto de Autonomía de Gernika”. “Euskadi es hoy una sociedad que avanza”. “El autogobierno ha sido y es hoy en Euskadi sinónimo de bienestar”. “En Euskadi queremos más autogobierno para vivir mejor”.

En esta secuencia argumental, el lenguaje tecnocrático defiende más autogobierno no como expresión de los derechos de una nación soberana, sino “para vivir mejor, para mejorar el nivel de bienestar de vascos y vascas”. Esta asociación entre autogobierno y “vivir mejor” fue depurándose y cobrando cada vez mayor peso en la argumentación nacionalista. En las elecciones de 1 de marzo de 2009, las que cerraron la década soberanista, fue la idea más repetida por el candidato del PNV, el entonces lehendakari Ibarretxe: “El autogobierno es querer vivir mejor31, un slogan contradictorio para el nacionalismo, que por definición aspira siempre a un mayor autogobierno, al margen de que mejore o empeore la vida.

En las Cortes, la vía de una “propuesta de convivencia entre Euskadi y el estado español” se presenta pues como una necesidad económica. Asegura, además, que el Plan soberanista cuenta con un amplio respaldo social. No porque se localicen afanes soberanistas, sino por el respaldo al autogobierno, al que se identifica sólo con la vía soberanista. Por un momento, excepcionalmente el discurso se refiere a la pluralidad de los vascos. Lo hace de rechazo, para introducir el argumento de que hay “un cauce central de una sociedad vasca plural”, que – al parecer en función de las encuestas gubernamentales – apoyaba más autogobierno.

En resumidas cuentas, el discurso soberanista contenía una doble argumentación, contradictoria entre sí:

En primer lugar afirmaba que el pueblo vasco, como pueblo milenario con identidad propia, tiene derecho (natural) a la soberanía, sin que en esta afirmación axiomática jueguen ningún papel las voluntades nacionales.

En la siguiente afirmación entra el presunto apoyo popular: los ciudadanos vascos (“Euskadi”) respaldan el Plan soberanista porque quieren más bienestar y esto lo trae el incremento del autogobierno, que sólo es posible por la vía del soberanismo.

El galimatías no resultaba muy convincente, sobre todo cuando la mayor parte de los diputados vascos en Cortes no compartían la propuesta, pero en lo que aquí respecta permite concluir que el uso del término Euskadi, marco político de referencia, asociado a bienestar, se alejaba radicalmente del primigenio concepto nacionalista que lo equiparaba a la patria de los vascos y, en consecuencia, a la nación. Enunciaba la idea de que “el futuro de Euskadi lo debemos decidir los propios vascos”, pero tal capacidad se hacía derivar de la noción de “pueblo vasco” con una “forma de ser”. Las voluntades de los ciudadanos se quedaban para los deseos de vivir mejor. A partir de esta afirmación llegaba la argumentación política que equiparaba el mayor bienestar con más autogobierno y éste con una única vía, la soberanista.


La estructura conceptual del Plan soberanista


Uno de los términos que transformó definitivamente su significado en el habla de los dirigentes del PNV fue Euskadi. Tal cambio tiene incluso mayor interés que su sustitución por Euskal Herria.

El cambio de contenido del término “Euskadi” hay que relacionarlo con la asunción por “el nacionalismo moderado” de la terminología propia de la izquierda abertzale. Se produjo dentro de la lucha simbólica de estos años, que desde el Pacto de Lizarra (1998) se saldó con victoria franca de ésta. En este esquema, Euskal Herria sería la patria vasca y Euskadi tan sólo la Comunidad Autónoma Vasca - en la versión de Ibarretxe un concepto asociado por los ciudadanos a bienestar y autogobierno -.

Tal distinción de términos no casa con la tradición del PNV, que en el concepto Euskadi siempre incluyó todo el territorio que desde su punto de vista forma la nación vasca. Aún así, desde 1998 los nombres provenientes de lo que se llamó HB y luego Batasuna se fueron apoderando de todo el lenguaje nacionalista. El entonces lehendakari usó el término “Euskal Herria” sólo excepcionalmente, pero el empleo en el Plan Ibarretxe de los esquemas de la izquierda abertzale dificultaba que Euskadi se equiparase a nación, como venía sucediendo para el nacionalismo desde que Sabino Arana creara este nombre.

Tiene interés, en este sentido, el concepto de Euskal Herria que el entonces lehendakari empleó en el Parlamento vasco la vez que más usó este término. Fue con ocasión de la moción de censura que presentaron en septiembre de 2000 PSE y PP. Por primera vez Ibarretxe utilizó en sede parlamentaria tal denominación, quizás por la necesidad de aproximarse a la izquierda abertzale, con la que existía un pacto de legislatura, además de los acuerdos de Lizarra de dos años antes.

En el discurso el término “Euskal Herria” quedó asociado, primero, a la sociedad vasca “con derecho a decidir su futuro32. “¿Tiene Euskal Herria, tiene la sociedad vasca el derecho a decidir libre y democráticamente sobre su futuro? Nosotros decimos que sí”, se preguntaba y contestaba Ibarretxe, para explicar sus diferencias con socialistas y populares. De forma característica, como fue habitual en la etapa soberanista, el sujeto del derecho era Euskal Herria, no Euskadi. Euskal Herria era, también, el ámbito. en el que podría haber un sistema de elección conjunta en el que participasen todas las provincias vascas, según el orador tal y como rezaba una propuesta de ETA, que habría rechazado el PNV33. También se equiparaba al concepto de pueblo vasco que debía figurar en los libros de historia (y que el lehendakari aseguraba quería eliminar el PP)34.

Por contra, en el mismo discurso el vocablo “Euskadi”, que también usó, adquiría un aspecto técnico y una concreta dimensión política. Aparecía en expresiones que hablaban del “Plan Euskadi sociedad de la información”, de un ámbito experimental en el que se movían el PP y el PSOE (no el nacionalismo) y se asociaba a la imagen de los vascos en el mundo. En la línea ya apuntada, como concepto que se equiparaba políticamente a España, que debía respetar a Euskadi lo mismo que ésta a aquella35.

En el soberanismo no cabría la equiparación “Euskal Herria-España”, pues implica el contraste “pueblo vasco-pueblo español”. En el habla nacionalista la idea de “pueblo español” no suele usarse, pues comportaría legitimarlo como una entidad que se niega, al no concedérsele el atributo de identidad cultural, lo mismo que no suele hablar de “nación española”. Queda subsumido por “pueblos del Estado Español”. Por el contrario, Euskadi como construcción política, frente a España, permite el cotejo como entidades de la misma categoría conceptual.

Euskal Herria, el Pueblo Vasco, sería así el depositario de la capacidad de decisión y el protagonista histórico. Euskadi, la circunscripción de características estatales comparable a España, la imagen vasca ante el mundo, y la circunscripción sociopolítica en la que se movían los partidos constitucionalistas, que negaban a Euskal Herria.

El Plan Ibarretxe se escribió según las nociones provenientes de la izquierda abertzale. Diferencia entre Euskal Herria, en la que incluía las siete provincias que forman el País Vasco conforme a la imagen nacionalista, y Euskadi, que en el texto eran Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. Hacía de tal distingo (procedente de HB y gestado para oponerse a los esquemas del PNV) uno de los pilares del plan soberanista. Este triunfo de los esquemas simbólicos de HB constituyó uno de los aspectos más sorprendentes de la década soberanista El nacionalismo moderado, en particular el PNV, hacía dejación de algunas de sus expresiones más queridas y aceptaba un nuevo concepto de Euskadi equiparado a Comunidad Autónoma Vasca, y no a “la patria de los vascos” que defendiera Arana y sostuviera siempre el PNV

No era sólo cuestión de nombres. Más significativo aún resulta el contenido. El Plan no emplea en ningún momento el concepto de nación como elemento legitimador. Renuncia a él de forma expresa, pues en el binomio Nación Vasca-Pueblo Vasco existe un antagonismo y, en la tesitura del principal proyecto político elaborado hasta la fecha por el nacionalismo, eligió el segundo término.

Seguramente fue una decisión meditada, a la que se le otorgó su importancia. El texto tan sólo una ocasión se remite a un concepto de la familia “nación”, al asegurar que Vizcaya, Guipúzcoa y Álava “se constituyen en una Comunidad vasca libremente asociada al Estado español bajo la denominación de Comunidad de Euskadi” y asegura que lo hacen “como expresión de su nacionalidad y garantía de autogobierno”. Al parecer, esta nacionalidad tiene relación con el “Pueblo Vasco o Euskal Herria” que encabeza el artículo36, pero resulta sintomática la indeterminación del concepto “nacionalidad”, en vez de nación.

Cabe suponer que en algún momento de la redacción del Plan este artículo empleó el término nación y no el de nacionalidad. Uno de los discursos del lehendakari, posteriormente editado, lo cita incorrectamente y asegura que la constitución de la Comunidad de Euskadi se hacía “como expresión de la nación vasca”37, sin que parezca desliz verbal y sí trascripción, por error, de un texto distinto al que al final se aprobó. Parece obvio que en el texto se evitó el término “nación vasca” y prefirió el menos expresivo “su nacionalidad” – la nacionalidad de Euskal Herria de la que formaban parte las tres provincias, no la que conformarían éstas -, bien para evitar cualquier equívoco que pueda identificar la “nación vasca” con la Euskadi del Plan soberanista, bien para ahorrarse un debate sobre el concepto político de nación. Habida cuenta de la importancia que para el nacionalismo vasco tienen los símbolos y este tipo de denominaciones, probablemente esta elección terminológica – radicalmente contraria a la tradición del PNV y traslado del lenguaje de la izquierda abertzale – buscó el apoyo al Plan por parte del entramado de Batasuna.

El Plan no está construido sobre el bagaje de ideas que suele acompañar al concepto de nación, sino sobre un entramado bien distinto, que no arranca formalmente de posiciones políticas. La justificación del hecho constituyente con el que se presentaba el Plan era de otro tipo. “El Pueblo Vasco o Euskal Herria es un Pueblo con identidad propia […] depositario de un patrimonio histórico, social y cultural singular”. No es propiamente una afirmación nacional, sino antropológica.

El punto de partida del soberanismo lo constituye la exposición de dos hechos que se presentan como naturales e irrebatibles, no discutibles en términos políticos: la identidad propia del Pueblo Vasco y la singularidad de su patrimonio histórico, social y cultural. Entendidos ambos como circunstancias objetivas, de ellos se hace derivar la siguiente afirmación “El Pueblo Vasco tiene derecho a decidir su propio futuro”·. El derecho no se deriva de la existencia de una comunidad política, sino de un hecho presentado como prepolítico, un “Pueblo vasco con identidad propia”, dotado de un patrimonio singular. No hay apelación a la comunidad formada por los ciudadanos, sino a una entidad superior que los trasciende, que incluso lleva implícito un criterio de exclusión – introduce la posibilidad de no aceptar como parte del Pueblo Vasco a los vascos que no compartan tal patrimonio cultural identitario -.

Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que el nacionalismo vasco entiende que no todos los habitantes del País Vasco son vascos. Lo decía el EBB de 1988: “En Euzkadi vivimos vascos y no vascos38. “De ahí que coexistan en nuestro pueblo, en difícil y a veces crispada convivencia un nacionalismo vasco y otro español”. El convencimiento de que existe en el País Vasco tal antagonismo, y que esto es la esencia de la política vasca, es consustancial al nacionalismo.

¿Quiénes son vascos, para los nacionalistas? Los que cumplen determinados requisitos. “Vasco es aquel que, nacido o no aquí, se identifica con la forma de ser y con la idiosincrasia de este Pueblo y opta expresa o tácitamente por él”. Son vascos quienes se identifican con el Pueblo Vasco tal y como lo concibe el nacionalismo. No lo son quienes no se ajustan a tales supuestos.

Estos distingos alentaban al Plan Ibarretxe. Las tres afirmaciones básicas de su preámbulo, sus “tres pilares” eran las siguientes: “El Pueblo Vasco o Euskal Herria es un Pueblo con identidad propia”. “El Pueblo Vasco tiene derecho a decidir su propio futuro”. “El ejercicio del derecho del Pueblo Vasco a decidir su propio futuro se materializa desde el respeto al derecho que tienen los ciudadanos y ciudadanas de los diferentes ámbitos jurídico-políticos en los que actualmente se articula a ser consultados para decidir su propio futuro”.

Pese a la claridad expositiva que, en el fondo, tienen estas tres consideraciones, llenas de matices nacionalistas, propició algunas lecturas erróneas. Se interpretó que el “Plan” afirma que el País Vasco, esto es, el conjunto de la sociedad vasca, en el ejercicio de su voluntad nacional, tiene derecho a la autodeterminación, que se concretaría en la libre asociación “con el Estado Español”.

Fue una interpretación errónea. El Plan no habla del País Vasco como una nación sujeto de derechos. Aparecen, solapados, dos sujetos políticos. De un lado, “el Pueblo Vasco” que “tiene derecho a decidir su propio futuro”. De otro, “los ciudadanos y ciudadanas de los diferentes ámbitos jurídico-políticos”. Su derecho es “a ser consultados para decidir su propio futuro”. No es diferencia de matiz, ni seguramente casual. El derecho a decidir es “el Pueblo Vasco”; los “ciudadanos vascos” tienen derecho a que se les consulte…

En otras palabras, eran dos cuestiones diferentes. De un lado, esta el pleno derecho de un Pueblo Vasco del que se afirma su identidad. Después, de “los ciudadanos y ciudadanas de los diferentes ámbitos jurídico-políticos” a los que no se califica como vascos, ni como integrantes del Pueblo Vasco. Son el marco – y por tanto algo conceptualmente distinto – en el que “se materializa” “el derecho del Pueblo Vasco”.

De esta división mental entre vascos y no vascos y de esta renuncia a una idea de nación de ciudadanos vascos se deduce, por ejemplo, que si existiese un referéndum en torno a la independencia, y el resultado fuese negativo, tal resultado no querría decir, en el sentir soberanista, que el Pueblo Vasco renunciase a la independencia, sino que “los ciudadanos vascos” que no son nacionalistas se habían impuesto a los vascos que, por definición (sólo es vasco quien se ajuste al criterio nacionalista de lo vasco), se habrían pronunciado un 100 % a favor de la independencia.

El Plan Ibarrretxe, punto de encuentro del nacionalismo radical y del nacionalismo moderado, con cesiones terminológicas de éste a aquel, se construyó sobre nociones esencialistas y excluyentes. Su legitimidad se hacia partir de definiciones prepolíticas, prescindía de las ideas asociadas a algún tipo de comunidad nacional y establecía como sujeto político a un pueblo vasco utópico de definición nacionalista. Su corolario era la introducción de nociones que por su propia configuración excluía a una parte de la sociedad vasca.

Era su corolario pero probablemente también su punto de partida.

1 EBB del PNV: Manifiesto de Aberri Eguna, 1992. Las pruebas “científicas” de la identidad del Pueblo Vasco iban más allá. “Hoy, en las investigaciones en curso, en un trabajo conjunto de lingüistas, paleoantropólogos y genetistas, en busca del origen común del "horno sapiens" y en un planteamiento neomonogenista, los científicos llegan a idéntica conclusión”. Téngase en cuenta que afirmaciones de este tenor, cuando menos deslavazadas, figuran en un texto político, el más importante que el PNV suele difundir todos los años, en los que asienta la doctrina.

2 Lehendakari Ibarretxe en Debate de política general, 26 de septiembre de 2003. El reconocimiento de tal identidad histórica, levemente sugerida aunque afirmada de forma contundente, se presentaba como la primera obligación de una democracia


3“Esa identidad específica y singular de sujeto político previo a la Constitución debe reconocerse y ampararse en todos los terrenos”, en Lehendakari Ibarretxe, Parlamento Vasco, 19 de octubre de 2000.

4 Por un nacionalismo beligerante. Plan de actuación BBB 2000-2004, 2004.

5 Preguntas y respuestas sobre la iniciativa para la convivencia Konponbideak (14 de abril de 2003).



6 Nota del Gobierno vasco sobre la estancia en Stuttgart, a 2 de julio de 2004

7 EAJ-PNV: Reconocimiento del ser para decidir. Enero 2000. III Asamblea General, 15 de enero de 2000. Concreción de la Ponencia Política de EAJ-PNV. El punto de partida del texto insiste en la idea de Pueblo Vasco como protagonista político sin fisuras internas. El Pueblo Vasco es el depositario de la decisión o decisiones que sobre su futuro político y sobre la articulación de sus relaciones políticas con los Estados español y francés pueda adoptar. “El principio de que al Pueblo Vasco le corresponde decidir su futuro habida cuenta de la innegable naturaleza de pueblo […] está implícito en la misma libertad de pensamiento y de opción política […]”.

8 Ibídem. “1.- Definición del sujeto político”.

9 Por un nacionalismo beligerante. Plan de actuación BBB 2000-2004. También, en el mismo sentido: “Nos quieren anular como partido, como ideología, porque así creen que nos anularan también como pueblo. Al PP se les están pasando por la cabeza muchas cosas, algunas de ellas de graves consecuencias para todos los vascos”. Así pues, el PNV se identificaba en plenitud como el pueblo vasco. A los votantes del PP, por entonces con importantes porcentajes en el País Vasco, no los consideraba parte de “todos los vascos”, sino un agresor.


10 Mensaje de fin de año del Presidente del Consejo General Vasco Carlos Garaikoetxea, 1979.

11 EBB de EAJ-PNV: Mensaje de Aberri Eguna, 1989.

12 EBB de EAJ-PNV: Carta abierta a quienes desean una Euskadi libre y en paz, octubre 1978, convocando la manifestación que tuvo lugar a fines de este mes, la primera en la que el PNV participó para rechazar a ETA.

13 Convocatoria manifestación de Bilbao, 22 de diciembre de 2002.

14 Lehendakari Ibarretxe: Mensaje de fin de año, 2000. Referencia de prensa, El Mundo, 2 de enero de 2001. Significativamente el titular de la noticia rezaba: “Ibarretxe elude mencionar a ETA en su mensaje de fin de año”.


15 Preguntas y respuestas sobre la iniciativa para la convivencia Konponbideak (14 de abril de 2003).

16 Ibídem, en respuesta a la pregunta “¿Sólo forman parte del Pueblo Vasco los que siempre han vivido en esos Territorios y descienden de los antiguos vascos?”.

17 Vid. PNV: Ponencia política, 1995.

18 El País, 28 de diciembre de 2003.


19 En los siguientes términos: “Hablando de sociedad, el ex-consejero del Gobierno Vasco José Ramón Rekalde decía el otro día que el País Vasco es una sociedad con alto grado de identidad y al mismo tiempo con mínimo grado de vertebración. Parece que es lo que pretenden los catalanes poner la vertebración antes o por delante de esa identidad. ¿Y nosotros que pretendemos?”


20 La respuesta completa fue la siguiente: “Respeto el planteamiento que se hace en Cataluña, -cada uno tiene sus formas de hacer política-, pero creo que Cataluña está planteando exactamente las dos cosas. Me parece que la afirmación del Partido Socialista de Cataluña, del Presidente de Cataluña, diciendo que Cataluña es una nación, creo que en símismo es una aportación. A mi me gustaría que, al igual que Maragall, el Partido Socialista del País Vasco dijera "Euskadi es una nación", con naturalidad

21 Intervención del lehendakari Ibarretxe en el Parlamento Vasco. Pleno monográfico sobre pacificación, sobre normalización política y sobre el diálogo, 28 Septiembre 2001.


22 El discurso pronunciado por el entonces lehendakari Ibarretxe en Córdoba, Argentina, con motivo de su nombramiento como Doctor Honoris Causa, 18 de octubre de 2006, hablaba de “nación argentina” y la contraponía a los vascos, “pueblo milenario”. El esquema fue inusual, por la contraposición entre pueblo y nación – quizás por las dificultades que tiene el nacionalismo vasco para aplicar su concepto de pueblo, con identidades seculares, a Argentina -, pero resulta obvia la equiparación de nivel conceptual entre Pueblo Vasco y Argentina. El vasco es “un pueblo milenario”, y hay “vascos y vascas” que son argentinos, que forman parte del “pueblo vasco” y que están trabajando “con el conjunto de este gran país, de esta gran nación que es Argentina”. Como resultaría característico el nacionalismo considera la posibilidad – y la entiende digna de alabanza – de una doble identidad argentina-vasca, imposible con respecto a España o Francia.


23 Pleno monográfico sobre pacificación, sobre normalización política y sobre el diálogo, Parlamento Vasco, 28 de septiembre de 2001. Intervención del lehendakari Ibarretxe.

24 Debate de Política General, Parlamento Vasco, 22 de septiembre de 2000. Intervención del lehendakari Ibarretxe. Excepcionalmente empleaba el término “nacionalismo democrático” para contraponerse al de la izquierda abertzale o el vinculado a ETA.


25 Las cosas parecían estar claras, al menos en el terreno del lenguaje, “De momento, ésta sería la constatación más atrevida que podríamos hacer en común: un final dialogado que sea susceptible, en principio, de incidir en el actual sistema jurídico-político, parece ser el requisito mínimo que ETA y HB exigirían para abandonar la violencia (ETA) e incorporarse a los procedimientos democráticos (HB)”. Expresamente se rehuía el término “negociación”. De otro lado, el objetivo planteado era, por entonces, que ETA y HB se incorporasen a la democracia, y no la “normalización de la sociedad vasca” con la que años después se entendía la aceptación de planteamientos nacionalistas.


26 Manifiesto de Aberri Eguna, 2008.


27 EBB del PNV: Manifiesto del Aberri Eguna de 2008.

28 Conferencia Club Siglo XXI, Madrid, 23 de marzo de 2000.


29Comunicado del PNV para la normalización de la vida del Pueblo Vasco, 26 de abril de 1981.

30 EBB del PNV: Manifiesto de Aberri Eguna de 1992. Significativamente en el Apartado “IV.- El derecho a no ser vasco”.

31 PNV, Sala de Prensa, 24 de febrero de 2009, entre otras muchas referencias.

32 Con todo, debe resaltarse la inusual equiparación entre “Euskal Herria” y “sociedad vasca”, por lo común utilizados en sentidos muy diferentes. Vid. Parlamento Vasco, Diario de sesiones, Discurso del lehendakari Ibarretxe en la moción de censura, 5 de octubre de 2000.

33 Ibídem, “rechazamos una oferta de ETA en la que ponían sobre la mesa dejar las armas definitivamente, contra un sistema de elecciones en el conjunto de Euskal Herria”.

34 Ibídem. “Ustedes […] nos quieren quitar también de los libros de historia. Van a quitar "Euskal Herria, pueblo vasco”.

35 Ibídem, en el siguiente sentido, no exento de dramatismo: “Euskadi va a tener que respetar siempre a España, pero España tendrá que respetar también a Euskadi, siempre, siempre”.

36 El subrayado es nuestro. Artículo 1º. “Como parte integrante del Pueblo Vasco o Euskal Herria, los Territorios vascos de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, así como los ciudadanos y ciudadanas que los integran, en el ejercicio del derecho a decidir libre y democráticamente su propio marco de organización y de relaciones políticas, y como expresión de su nacionalidad y garantía de autogobierno, se constituyen en una Comunidad vasca libremente asociada al Estado español bajo la denominación de Comunidad de Euskadi”.

37 Debate de investidura, 22 de junio de 2005. Pág. 29.


38 EBB del PNV: Manifiesto del Aberri Eguna de 1988. La expresión era contundente, no dejaba lugar a dudas: “El querer catalogar como vascos al que se gana el pan aquí o al que "vende su capacidad de trabajo" aquí, constituye no sólo la afirmación de un absurdo "nacionalismo laboral" […], sino el querer suprimir de un plumazo el acervo de identidad que trae consigo y que quizás desea conservar”