4º . Los Conceptos de Nación y Euskadi en el discurso del PNV
La estructura argumental que prima el concepto de pueblo sobre el de nación no es reciente. Se desarrolló plenamente en el periodo soberanista, pero su uso es anterior. La encontramos ya en las postrimerías del franquismo. Está presente en los textos elaborados por el PNV en la Asamblea de Iruña que celebró en 1977.
Tales textos pueden considerarse ideológicamente el punto de partida del nacionalismo moderado en su regreso a la legalidad. En ellos las definiciones básicas se ajustaban a sus esquemas tradicionales, que mantendrían en lo sucesivo, si bien – como sucedía en 1977 – jugarían un papel de segundo orden en el desarrollo argumental del ideario nacionalista. Los planteamientos… afirmaban explícitamente:
“Declaración de principios del Partido Nacionalista Vasco
EUZKO ALDERDI JELTZALEA, Partido Nacionalista Vasco, fundado por Sabino Arana recibe su nombre del lema “JAUNGOIKOA ETA LEGE ZARRA”, expresión que conjuga una concepción trascendente de la existencia con la afirmación de la Nación Vasca, cuyo ser político ha de expresarse a partir de la recuperación de la soberanía contenida en el régimen Foral.
(…) Coherente con las concepciones de su fundador el Partido Nacionalista Vasco proclama la realidad de Euzkadi como nación y el derecho del pueblo vasco a realizarse conforme a su propia personalidad”1.
Tales principios se corresponden en principio con las posiciones históricas del PNV, pues se basa en la afirmación clásica de Sabino Arana de que “Euzkadi es la patria de los vascos”. Cabe señalar, también, el lugar prioritario que el fundador del PNV ocupaba a la hora de acometer la definición de los planteamientos del partido, que se corresponde con el papel señero de Arana en la legitimación de la teoría nacionalista.
Sin embargo, en la propia formulación expuesta había novedades, si se contrasta con los planteamientos tradicionales. Estas posiciones ideológicas mostraban cambios que no eran sólo cuestión de matices. Se mantenía el lema histórico, Jaungoikoa eta Legezarra (Dios y la Ley Vieja), pero realizaba una relectura respecto al enfoque de Sabino Arana y, en general, sobre el del nacionalismo vasco histórico.
El Jaungoikoa – Dios – se reinterpretaba en las postrimerías del franquismo como “concepción trascendente de la existencia”, de significado difícil de discernir pero que suavizaba el abandono de la confesionalidad por el PNV, cuando el País Vasco había iniciado el proceso de rápida laicización. Al tiempo, se justificaba así el mantenimiento del nombre tradicional del partido, de cariz religiosa
También quedaba modificado “lege zarra”, la ley vieja, que en tiempos aludía a la recuperación de la soberanía foral, el objetivo nacionalista en sentido clásico. Esta parte del lema se convertía ahora en un mecanismo instrumental. En la nueva definición, el objetivo del PNV no era ya la soberanía, la “ley vieja”, sino “la expresión del ser político” (verosímilmente, la identidad), para cuyo logro el medio era la recuperación de la soberanía.
Pese a tales cambios, en su primera afirmación doctrinal, podría interpretarse que Euzkadi, nación vasca, constituían los términos clave en las definiciones del PNV, pues tenían el máximo peso en el primer postulado del partido.
No sucede esto, sin embargo, en el desarrollo argumental de su ideología. Sus Planteamientos…de 1977 apenas vuelven a mencionar el término nación vasca – y cuando lo hace no le dota de consecuencias políticas precisas; aparece, más bien, como un recurso retórico -. Las escasas veces que el PNV emplea el término cumple una función propia, que describiremos, pero no ocupa el papel central que le adjudicara Arana, sostuviera el PNV durante décadas y auguraba que los Planteamientos… se iniciaran con esta apelación al que fuera núcleo central del ideario y de los programas nacionalistas. Al concepto no se le atribuyen después grandes connotaciones políticas, ni es fuente de conclusiones ideológicas significativas. Su papel argumental resulta subordinado, ya en los textos de 1977.
Este relativo abandono de la reivindicación de Euzkadi como nación continúa en la actualidad. En sentido estricto, ha estado ausente durante la transición y en las tres décadas siguientes de periodo democrático. Puede alegarse que, en la lógica nacionalista, la nacionalidad no se reivindica, sino que se afirma de forma constante y está implícita en todas sus afirmaciones. Aun admitiendo tal mecanismos, lo cierto es que durante la transición y posteriormente las posiciones políticas del PNV y de los demás partidos nacionalistas vascos no se justifican de forma inmediata por la defensa de un hecho nacional, sino en virtud de la existencia de una identidad vasca. Durante todo este periodo, la nación, lo que en principios justificaría al nacionalismo, está ausente de su discurso. Está ausente en el periodo en el que por vez primera durante un largo tiempo tuvo responsabilidades de poder, cuando cabía suponer se legitimase mediante un concepto de rasgos modernos. No es un hecho casual, sino una de las circunstancias ideológicas más importantes de la historia del nacionalismo vasco.
La idea de nación
Durante el periodo que se inició con la transición y en las décadas siguientes, el uso del término nación por el PNV fue, efectivamente, muy escaso, aunque sin duda el concepto subyacía en su discurso. Cualquier nacionalista hubiese afirmado inmediatamente que por supuesto sostenía y defendía la idea de nación. No hubiese vacilado en reprochar al no nacionalista que no llamase nación a Euskadi, como lo hacía Ibarretxe respecto a los socialistas, sin advertir por su parte que ninguno de los dos vocablos – ni “nación” ni “Euskadi” - formaba parte de su lenguaje habitual, si éste se ajustaba al que el PNV utilizaba en sus declaraciones y manifiestos.
Más allá de este recurso controversial – el reproche a los no nacionalistas por no usar asumir este concepto -, el vocablo nación lo utilizó este partido básicamente de cuatro formas:
- Asociado al término “pueblo vasco”, en enumeraciones que lo equiparaban o buscaban acentuar las dimensiones políticas de tal concepto. “Nuestro pueblo atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. Los signos de identidad de la Nación Vasca sufren embates sin precedentes”2: enunciados de este tipo se convertirían en habituales, con el uso de pueblo y nación como sinónimos. La clave – lo que el nacionalismo entiende que está en peligro – son las señas de identidad, concepto reforzado en este caso por la idea de “nación vasca”.
- En el sentido de que la nación es la formula política que puede alcanzar el pueblo, que es el protagonista conceptual de este argumento. “Queremos una Nación fraguada en el día a día por la voluntad, el compromiso y el empeño del propio pueblo”3, explicaba el PNV en 1988. El pueblo vasco es lo permanente, lo que decide. Es el creador de la nación, concepto por tanto subordinado. Constituye una idea clave en el nacionalismo vasco actual, si bien en los comienzos de la transición su definición era imprecisa. En otoño de 1977 el Euskadi Buru Batzar del PNV explicaba: “desde que Sabino Arana fundara el Partido Nacionalista Vasco, a la invocación de estos títulos históricos [la soberanía foral] se ha sumado otra razón fundamental que sería de por sí suficiente para justificar nuestra lucha; el sentimiento nacional solidario de todos los vascos, y su convicción de que, por constituir una nación, tienen derecho a disponer de sus propios destinos”4.
Conforme a este planteamiento, el hecho nacional, particularmente la conciencia de nación, legitima la acción política nacionalista. Se ajustaba a la ortodoxia histórica, pues enlazaba la afirmación nacional con la soberanía. Sin embargo, este enunciado fue inusual. Habitualmente, incluyendo las posiciones de la Asamblea de Iruña, se desarrollaba la idea de que la nación juega un papel importante, pero secundario, como cobertura de pueblo. “Cuando Arana formula su doctrina: Una nación, una patria, una raza, una lengua, no hace sino aplicar al pueblo vasco, considerado como una unidad por encima de la división foral, algo extendido ya por toda Europa: el “principio de las nacionalidades”5. El pueblo vasco es definitivamente el protagonista, lo que pervive, la entidad previa, a la que Sabino Arana puede describir como nación o patria. La expresión corresponde a 1992 y reinterpreta a Arana priorizando la idea de pueblo, la entidad natural, frente a nación, la cobertura política.
- El PNV usa “nación” también para referirse a la realización institucional del Pueblo Vasco. “La aprobación del Estatuto de Autonomía de Gernika por voluntad de la mayoría de nuestro Pueblo señala una nueva y trascendental etapa en la historia del País. Por primera vez tras el corto y trágico período del Estatuto de 1936 se abren las puertas para cohesionar institucionalmente la Nación Vasca, dotándola de un importante instrumento para su autogobierno”6. “El concepto de Nación Vasca ha pasado de ser una formulación ideológica a convertirse en una realidad sociológica y jurídico-política”7.
- Por último, para contraponerse en pie de igualdad a otras naciones políticamente reconocidas. En la versión más querida, se utiliza para igualarse a las demás naciones europeas, en el sentido de la expresión siguiente: “En la medida en que la nueva Europa sea democrática, la nación vasca podrá formar una estructura en pie de igualdad con las demás naciones de la Unión”8. Además de la equiparación, la cita incluye el reconocimiento político de la nación vasca como criterio para juzgar la calidad de la democracia europea.
La más clara referencia que durante el periodo realizó el PNV a la idea pueblo/nación corresponde a un texto no específicamente nacionalista vasco, sino elaborado en colaboración con los nacionalismos catalán y gallego, en la llamada “Declaración de Barcelona”. Su planteamiento resulta atípico en la doctrina del PNV: “Todo pueblo que tiene conciencia de nación y voluntad de serlo tiene derecho a una vida de autogobierno”9. Tiene interés el postulado, pues permite comprobar las singularidades argumentales que presenta el nacionalismo vasco.
La formulación, en apariencia, desarrolla los conceptos del nacionalismo vasco y no discrepa radicalmente de ellos. Sin embargo, no se corresponde en sentido estricto con los conceptos que venía desarrollando. En vano buscaremos en sus textos de los años 1977-2009 otra definición de este tipo, que centre el derecho al autogobierno en la conciencia y voluntad nacional. Su inclusión en la “Declaración de Barcelona” hay que atribuir a las tesis del nacionalismo catalán, no a las del PNV. Éste no desarrolló en tal texto los fundamentos de su ideario, sino que se plegó al de sus aliados.
Otra cesión del PNV al nacionalismo catalán es, en la Declaración de Barcelona, la interpretación histórica. En la lectura del nacionalismo vasco los problemas políticos del País Vasco con España se plantearon a partir de 1839, mientras para el catalanismo coincide con la guerra de Sucesión. En el texto mencionado se impone esta versión, contraria a la habitual del PNV, que idealiza la historia foral, vigente hasta finales de la Edad Moderna: “A principios del siglo XVIII se estableció un modelo de Estado español cimentado en el centralismo y el uniformismo que quebraba una experiencia centenaria de respeto a las instituciones de autogobierno e iniciaba una profunda incomprensión sobre la realidad plurinacional, plurilingüe y pluricultural de la Península Ibérica”. Esta visión de la historia resulta distinta a la habitual del nacionalismo vasco, que nunca identificaría el periodo de máximo desarrollo foral con un “modelo de Estado español cimentado en el centralismo y el uniformismo”.
Las diferencias interpretativas entre la Declaración de Barcelona y las que suele realizar el nacionalismo vasco son aún mayores. No suelen encontrarse en los textos del PNV, con referencia a la Edad Moderna, alusiones a la “realidad plurinacional… de la Península Ibérica”. Se ciñe, por lo común, exclusivamente a las relaciones entre los vascos y la monarquía española. Sus textos, con la excepción de la declaración de Barcelona – en la que las necesidades del pacto le hicieron acoger el discurso catalanista, sin que pueda detectarse la aportación de sus planteamientos identitarios -, no incluyen referencias a realidades plurinacionales. Tampoco suele entender que la foralidad fuese en sí misma una experiencia de autogobierno, sino la expresión de la soberanía.
En la declaración de Barcelona, que desarrolla los planteamientos del nacionalismo catalán y no del vasco, el derecho al autogobierno arranca de la conciencia de nación y de la voluntad, mientras que en las tesis del PNV – las que viene exponiendo desde 1977 – es la identidad objetiva del pueblo lo que otorga los derechos políticos. La conciencia nacional – apenas suele aparecer la voluntad política en las definiciones fundamentales – es, cuando mucho, otro rasgo más de los que definen la identidad del pueblo vasco. Ni la conciencia ni la voluntad juegan un papel relevante.
Cabe apuntar alguna explicación. Si el derecho al autogobierno dependiese de la conciencia nacional y de la voluntad política, la definición de pueblo vasco dejaría de ser objetiva y se convertiría en variable, no absoluta, al depender de los vaivenes de las conciencias. Incluso podrían desaparecer. Además, entraría en juego la cuestión de quiénes forman la voluntad con derecho a decidir la nacionalidad.
La idea de nación cumple un papel en el actual discurso nacionalista, pero argumentalmente de segundo orden. Sirve para reforzar políticamente el concepto de pueblo vasco, para dotarlo de una dimensión institucional o para situarlo en la esfera internacional, particularmente para contraponerse a Francia y, sobre todo, a España. Sin embargo, la función del concepto de nación es instrumental. Constituye una cobertura política o un reforzamiento argumental de la noción de pueblo vasco. No es el germen del que se hace depender los razonamientos políticos.
Eso sí, la nación de los nacionalistas vascos siempre implica la difusión de un concepto que se cierra en sí mismo. No se le sugiere la idea de comunidad de ciudadanos, un entramado de derechos o un contenido que pueda estar sujeto a debate. Es la formulación política del pueblo vasco y, como éste, un concepto esencialista, compacto y monolítico.
El término Euskadi en el nacionalismo actual
En el primer nacionalismo vasco y en buena parte de su historia el término político clave, sobre el que giraba la elaboración ideológica, fue Euskadi, que expresaba precisamente la idea de nación y que, por ello, se entendía como la principal aportación de Sabino Arana, la novedad que supuso la que desde el punto de vista nacionalista era la gran ruptura de fines del siglo XIX. En el periodo soberanista fue casi totalmente sustituido por Euskal Herria – no en el sentido de “nación vasca”, sino de pueblo vasco –. Cuando se usaba Euskadi, había perdido su tradicional contenido político. Ya no equivalía siempre a “nación soberana” en el sentido sabiniano, porque la soberanía quedaba asociada a otro concepto y porque se tendía a un uso institucional y geográfico de la noción Euskadi.
Esta evolución se había iniciado ya durante el franquismo. En las postrimerías del periodo los nacionalistas usaban ya el término de forma diferente algo diferente al sentido original, sin que éste llegase a desaparecer totalmente. En 1977 el PNV empleaba el término Euskadi en dos formas distintas y con dos acepciones: en las grandes afirmaciones ideológicas, para proclamar a Euzkadi como nación; en el uso cotidiano, más habitual, como una entidad institucional y como un enclave político-geográfico (cuya lógica definitoria era la existencia del pueblo vasco).
Efectivamente, en Los Planteamientos… de 1977 encontramos el término Euzkadi, por entonces con esta grafía, pero no siempre en el sentido original de “Euzkadi es la patria de los vascos”, excepto en las definiciones de los principios generales.
En el uso más frecuente, el empleo del nombre “Euzkadi” quedaba despojado de connotaciones nacionalistas. Ciertamente, la opción por esta palabra indicaba una determinada adscripción política, si bien se había iniciado ya el camino que la llevaría a ser de uso común, no una palabra privativa del nacionalismo. Fuera de las grandes proclamas, en 1977 el Euskadi del PNV, tenía básicamente en dos sentidos: era una circunscripción geográfica, sin contenido ideológico preciso; y el marco político de referencia al referirse al País Vasco como la posible realización institucional del Pueblo Vasco. Pueblo Vasco, por contra, tenía una connotación identitaria, de la que por lo común carecía la nación. Esto le daba conceptualmente la primacía en la argumentación política.
En esta tónica había excepciones. La más frecuente consistía en las alusiones al euskera como la lengua nacional de Euskadi. El sentido en que se distingue al euskera como seña de identidad del Pueblo Vasco (por lo común, no de Euskadi) y como idioma nacional de Euskadi tiene interés particular.
A la altura de 1977 se diferenciaba ya entre “Euskadi” y “Pueblo Vasco” – por entonces, al escribir en castellano el PNV empleaba este término y no su traducción euskérica, como sucedió después al emplearse Euskal Herria -. Pues bien: la cultura vasca, y por tanto el euskera, era patrimonio de éste último. Sin embargo, el PNV se comprometía a “la promoción del euskera como lengua nacional de Euskadi”. El término era el exigido, porque por definición el euskera era seña de identidad del pueblo vasco y no necesitaba ser promocionado en este ámbito, en el que (se sobreentendía) era el habla natural. Por eso resultaba imprescindible el vocablo Euskadi.
Euskadi constituía el marco político e institucional a desarrollar por el pueblo vasco, que poseería una lengua nacional, noción que carece de sentido cuando se refiere al pueblo. Pero el euskera aparece, ante todo, como elemento identitario, definitorio del Pueblo Vasco, “el más elemental signo de identidad”10. “El euskera, alma de este pueblo”11 sería la “lengua nacional” a desarrollar por Euskadi. “Un pueblo como Euzkadi que lucha por defender su propia identidad tiene que salvar el euskera, que es su principal rasgo cultural […], nuestra lengua nacional”12. El euskera es seña de identidad del Pueblo vasco, de supervivencia y se asocia a libertad e incluso a soberanía: “todavía existe un Pueblo vasco, que habla euskera, que es libre y que es dueño de sí mismo”13.
La distinción conceptual es clara. El Pueblo Vasco, la entidad matriz en esta versión del nacionalismo, posee plenamente el euskera – al parecer sin f déficits -, es su seña de identidad. Euskadi, la entidad política a desarrollar por el pueblo vasco – pero al día de hoy compuesto también por ciudadanos que no forman parte del Pueblo Vasco -, tiene la responsabilidad de sostener el euskera, “lengua nacional”, además de “alma del pueblo vasco”.
El argumento se cierra con un tercer eslabón, que incluye una interpretación histórico-lingüística. Resulta imprescindible para explicar el salto conceptual entre un Pueblo Vasco plenamente poseedor del euskera y un País Vasco en el que no todos lo hablan. El argumento es el siguiente: si en el País Vasco retrocedió el euskera se debió sobre todo a una agresión exterior, que buscaba su extirpación, intencionadamente.
No sería nunca el resultado de un proceso cultural de otro tipo, basado en la concurrencia diversa de idiomas en situaciones diferentes, similar al ocurrido con otras lenguas. Requiere precisamente, en esta interpretación, la acometida agresiva, con el propósito, declarado o no, de eliminar con el euskera. De lo contrario podría sospecharse alguna complicidad del pueblo vasco en el proceso, lo que sería tanto como sugerir que traicionaba su identidad, su razón de ser.
Eventualmente habría favorecido este proceso la desidia de algunos vascos (incluso nacionalistas). La evidencia de que participó en él la inmigración apenas se desarrolla en la argumentación nacionalista. Ésta se centra en la mala voluntad de España, en su objetivo de acabar con el pueblo vasco. Sin embargo, está presente la idea de que los inmigrantes, conscientemente o no, fueron una de las fuerzas de choque (junto a la persecución expresa al euskera y a su prohibición) en este proceso de desvasquización ideado por España, tal como lo concibe el nacionalismo. No profundiza el discurso nacionalista en las culpabilidades de los inmigrantes, pero sí les atribuye una responsabilidad: respetar el desarrollo del euskera, impulsarlo, aprenderlo, considerarlo la lengua nacional, posteriormente la lengua prioritaria. En otras palabras, les absuelve de culpa pero les exige un reparación, que ha de consistir en el aprendizaje. O, cuando menos, que consideren al euskera la lengua principal del País Vasco, con todas sus consecuencias en los medios de comunicación, educación o acceso a la función pública.
En todo caso, la referencia del euskera como lengua nacional de Euskadi confirma que una de las acepciones de este nombre utilizada por el PNV a la altura de 1977 era, por tanto, la de realización institucional del Pueblo Vasco, el ámbito político dependiente de éste y por él legitimado.
Por otra parte, con gran frecuencia el PNV solía usar el término en otro sentido, que tampoco constituye sinónimo de patria. A veces Euskadi equivaldría a “circunscripción geográfica-política habitada por el pueblo vasco”. Éste era también su fuente de legitimidad. Tal acepción permitía atribuirle una pluralidad social que no se atisba en el concepto “pueblo vasco” ni en el de “nación vasca”.
Así, podía hablar de “las fuerzas políticas de Euzkadi continental”14, para referirse a todas, fuesen nacionalistas o no, una amplitud que sería impensable dentro de las otras dos ideas – “fuerzas políticas del Pueblo Vasco” o “partidos políticos nacionales”, que por definición habrían de ser meramente vascas y desde luego nacionalistas. -.
Era el mismo sentido en el que se hablaba de “el concierto de las fuerzas democráticas operantes en Euzkadi”, que evitaba los términos “nacional” y “vasco” para los partidos no nacionalistas, aunque actuasen en el País Vasco. Permitía también designar a estos de forma que no apareciesen como unas opciones vascas o nacidas del pueblo vasco, circunstancias que desde el punto de vista del PNV implicarían una suerte de reconocimiento de legitimidad.
En consecuencia, entre las fuerzas políticas que actuaban en Euskadi distinguía las “fuerzas nacionales”, esto es, las nacionalistas; las que tenían “arraigo en Euzkadi” no siendo “de obediencia vasca”; y, por exclusión, las que no cumplían tales condiciones.
A este respecto los distingos que realizaba el PNV eran realmente complejos, como puede apreciarse en la siguiente cita, de interés pese a su extensión: “El Partido Nacionalista Vasco, consciente de que en el ámbito vasco existen otros partidos políticos con arraigo en él, concertará su propia acción con ellos en la medida que tal concertación favorezca la causa de la nación vasca y la creación de estructuras democráticas a todos los niveles, propugnando: 1.- El concierto de las fuerzas democráticas operantes en Euskadi peninsular en un frente autonómico, entendiendo como tales a aquellas fuerzas de obediencia vasca y a aquellas otras que, siendo de obediencia no vasca, tengan arraigo en Euzkadi, sean autónomas en todas las decisiones que afecten a nuestro país, autonomía que ostentará como signo externo mínimo la existencia de Asambleas y Ejecutivo propios, y cuya estructura orgánica se extienda a las cuatro regiones de Euzkadi peninsular. En el seno de este frente autonómico tendrá relaciones preferentes con las fuerzas nacionales vascas” 15.
Conviene señalar la distinción entre “ámbito vasco” – verosímilmente las siete provincias en el concepto del nacionalismo – y “Euskadi peninsular” y, en términos políticos, la prolija distinción entre fuerzas “de obediencia vasca” y “de obediencia no vasca”. Entre estas estaba aquellas con las que podría llegar a acuerdos si tenían arraigo, autonomía, una estructura orgánica parecida a la del PNV y, sobre todo, el mismo concepto territorial en lo que a “Euzkadi peninsular” se refiere. Es decir, si en lo fundamental asumían su idea de nación. Tal concepto nacional no lo consideraba el nacionalismo una creación doctrinal sino una entidad política natural de carácter indiscutible cuya aceptación era un criterio mínimo para la colaboración.
El planteamiento encierra una paradoja. El PNV entendía en que las demás fuerzas políticas democráticas debían asumir su concepto de Euskadi como nación, sin que tal profesión de fe política le permitiera por sí mismas considerarlas “nacionales”, esto es, nacionalistas.
La aceptación de la idea de nación vasca era una condición sine qua non, pero no suficiente para que el PNV considerase nacionalista a una fuerza política. Para el nacionalismo vasco la creencia en la nación no convierte a una persona o grupo en nacionalista. Exige además que se asuman sus criterios sobre identidad vasca. La expresión de “obediencia vasca” sería de uso común en el nacionalismo. No quiere decir sólo un partido sin hilos orgánicos fuera del País Vasco, sino también que se ajuste a las nociones de lo vasco que sostiene el nacionalismo. Desde la transición ha habido partidos sin ninguna conexión orgánica fuera del País Vasco que nunca hubiesen sido considerados “de obediencia vasca” por los nacionalistas; piénsese, entre otros, en Unidad Alavesa.
Propiamente, la “Euzkadi” de 1977, en la versión del PNV, no equivalía por tanto a la nación vasca. Servía para referirse a una entidad que podía contener la pluralidad interna de la sociedad vasca, un hecho insoslayable, aunque quizás incómodo para el nacionalismo. Así podía hablarse de “ciudadanos de Euskadi” como un concepto distinto a “vascos” o “ciudadanos vascos”, éstos insertos en el Pueblo identitario, aquellos no necesariamente.
Lo anterior permitía a su vez hablar de la “voluntad mayoritaria del pueblo de Euzkadi”, refiriéndose a todos los que habitaban el País Vasco. El concepto de “voluntad mayoritaria”, no plena, tenía peor encaje con la idea de Pueblo Vasco, por definición unánimemente independentista, si bien en la etapa soberanista llegaría también a utilizarse, en condiciones peculiares.
Es el sentido en el que lo empleaba el lehendakari Ibarretxe en 2000, cuando pedía un “compromiso democrático con la defensa de las Instituciones construidas legítimamente por la voluntad mayoritaria de los ciudadanos y ciudadanas de nuestra Comunidad”, también como “voluntad mayoritaria de los ciudadanos vascos” y “de los vascos”16. En tal ocasión la mayoría de los ciudadanos vascos se presentaba como equiparable a la mayoría del Pueblo Vasco, pero este último concepto estaba asociado a la radicalidad. Los ciudadanos de la Comunidad Autónoma habían construido las Instituciones autonómicas. El Pueblo Vasco, con mayor protagonismo, comprobaba la validez del Estatuto y estaba capacitado para exigir cambios. Juzgaba. “Debe ser la voluntad mayoritaria del Pueblo Vasco, a través de sus representantes legítimos, quien debe juzgar en cada momento la validez e invalidez del Estatuto, como instrumento de autogobierno, estando legitimado el mismo Pueblo para reivindicar cualquier derecho que le pudiera corresponder, de acuerdo con las disposiciones adicionales Primera de la Constitución y única del Estatuto”17.
Hasta podría deducirse que la mayoría del Pueblo Vasco – acepción que por lo común incluía sólo a las fuerzas nacionalistas – tenía capacidad de exigir cambios estatutarios, y que a la mayoría de los ciudadanos de Euskadi les correspondía llevarlos a cabo. No puede asegurarse que el autor de la cita precedente quisiera reflejar esta circunstancia, pero fue la dinámica en que desembocó la política soberanista.
En tal periodo se otorgaba a la mayoría del Parlamento la posibilidad de deslegitimar el Estatuto de Autonomía y reivindicar cambios. “La voluntad mayoritaria” no implicaba necesariamente una mayoría política, si por tal se entiende un bloque capaz de elaborar y sostener un proyecto propio. El término mayoría tenía un doble sentido, contradictorio. La mayoría que respaldó el Estatuto, la de “los ciudadanos y ciudadanas de nuestra Comunidad”, por una parte, y por otra “la voluntad mayoritaria del pueblo vasco”, disconforme con el Estatuto, la agregación de las distintas fuerzas nacionalistas, aunque sin un proyecto en común. A esta mayoría le correspondía el derecho de declarar muerto el Estatuto. A la otra, la obligación de asentar un nuevo marco jurídico, por las discrepancias en el seno de “la voluntad mayoritaria del pueblo vasco”.
El término “Euskadi” se usaba para dar cabida a la pluralidad que existía en la sociedad vasca. Sin embargo, en las categorías políticas nacionalistas el pleno desarrollo de Euskadi no significaría el desenvolvimiento de su diversidad, sino su desaparición. Sí la plena adopción, como únicos, de los símbolos e identidades nacionalistas. Es más: pese al implícito reconocimiento de la diversidad que implicaba el uso de esta palabra, en 1977 se sugería ya que todos los ciudadanos de Euskadi, nacionalistas o no, tenían obligaciones “culturales”. En el concepto del PNV todos los habitantes del País Vasco, incluyendo los no nacionalistas, tenían deberes serios – “ante sí mismo y ante la sociedad universal” – de desarrollar las ideas nacionalistas sobre la cultura, sociedad, política… Sus nociones implicaban a todos, nacionalistas o no. Subyacía la idea, nítida y fuerte, de que la diversidad atentaba contra el estado natural del pueblo vasco y de que tal verdad debía ser asumida por todos los que viviesen en el País Vasco, a todos los cuales concernían obligaciones nacionalistas. Todos “los ciudadanos de Euzkadi” habrían de asumir el concepto de nación, todos tendrían deberes nacionales. Los que además asumieran la identidad vasca al modo nacionalista formarían también parte del pueblo vasco.
No había contradicción, pues el uso cotidiano del término Euskadi sin connotaciones soberanistas coincidía con el sentido diferente que adquiría en las grandes definiciones ideológicas. Venía a tener dos acepciones, en parte contradictorias: la que permitía referirse a la pluralidad efectiva de la sociedad vasca; y la Euskadi ideal, la que se correspondería con el objetivo nacionalista de nacionalización de la sociedad vasca, esto es, de desarrollo identitario del pueblo vasco.
Esta ambivalencia del término Euskadi persistiría las décadas siguientes. Un buen ejemplo del uso en un doble sentido de esta palabra lo encontramos en 1997, un año antes de que el PNV optase explícitamente por la vía soberanista. “El objetivo [del PNV] no es otro que, entre todos, lograr un nacionalismo de futuro, ilusionado; capaz de elaborar y llevar a cabo, desde la democracia y la voluntad mayoritaria de Euskadi, un proyecto de soberanía para el bienestar y el progreso de sus ciudadanos […]. Un proyecto para construir una nación, Euskadi, entendida como un colectivo de ciudadanos identificados por rasgos culturales compartidos y; sobre todo, por un sentimiento de pertenencia común”18. Aunque en su literalidad esta perspectiva resulta infrecuente en las formulaciones del PNV, habitualmente más radicales, puede apreciarse el contraste entre “la voluntad mayoritaria de Euskadi”, referida a la de todos sus miembros, y la “Euskadi” asociada a “nación”. En este caso la prioridad es identificarse con una cultura con tendencia hacia la uniformidad – “rasgos culturales compartidos” – y no la voluntad ciudadana de formar una comunidad política compatible con diversidades culturales.
En este doble sentido del término Euskadi cabrían reformulaciones de la noción de vasco. En 1988 llegaba a reconocerse incluso como legítima la diversidad interna de la sociedad vasca: “Euskadi es de todos los vascos”, en palabras del entonces su principal dirigente, Xavier Arzalluz, refiriéndose a todos los componentes de la sociedad vasca19, una consideración excepcional.
Cuatro años después, cuando se iniciaba la regresión doctrinal e iniciaba el camino ideológico del soberanismo, se retornaba al exclusivismo. “En nuestra sociedad actual coexistimos vascos y no vascos”, aseguraba el EBB, y hacía depender la legitimidad del sentimiento, convertido entonces un componente fundamental de la identidad vasca”20. En el fondo, en este camino de ida y vuelta no hubo muchas contradicciones. Desde 1977 existía la Euskadi de todos los que vivían en el País Vasco y la Euskadi de los vascos identitarios, la de las grandes proclamas. En el periodo soberanista ésta fue sustituida por la Euskal Herria que venían usando el radicalismo abertzale.
El concepto de pueblo vasco. La noción de identidad.
El término político central en la construcción conceptual del PNV desde al menos 1977 no es el País Vasco, no es Nación Vasca, no es Euzkadi. El papel prioritario, por encima de cualquier otra denominación o idea, le corresponde al concepto Pueblo Vasco (escrito en mayúscula o en minúscula, o en las variantes el Pueblo o el pueblo), que inunda los textos nacionalistas y cumple la función de ser la fuente originaria de planteamientos políticos e ideológicos.
En el PNV de 1977 encontramos bien desarrollada la idea de que los vascos constituyen un pueblo – el pueblo vasco – porque tienen una identidad propia, basada en determinadas características culturales. Esta identidad hace al pueblo vasco depositario de determinados derechos. Éstos no le corresponden, en sentido estricto, por su “realidad como nación”. Se hacen derivar de su “identidad como pueblo”. Aquí, “pueblo” y “nación”, términos homólogos, no son sinónimos. “Nación” aparece como una concreción política del pueblo vasco, enlazando así con la enunciación de Sabino Arana. Para el nacionalismo actual, la “nación vasca” es la fórmula contingente que adopta el pueblo vasco desde finales del siglo XIX. Como noción política se legitima por los derechos de un pueblo vasco de existencia muy anterior, que poseía ya una identidad y unos derechos preexistentes a su definición nacional.
Explica bien este salto la siguiente consideración de los Planteamientos… aprobados por el PNV en 1977: “La nueva concepción nacionalista de Sabino Arana y Goiri (…) parte sobre todo del hecho objetivo que de la existencia de un pueblo perfectamente diferenciado por sus características étnicas, históricas, lingüísticas y culturales, constituye una nación, en la acepción étnico-política del concepto, y exige una soberanía y una estatalidad propias como medio indispensable para su desarrollo integral”21. En otras palabras: la existencia del pueblo vasco, un “hecho objetivo” y nítido “perfectamente diferenciado”, justifica que pueda hablarse de “nación” – un concepto étnico-político -; y ésta, a su vez, legitima la reivindicación de una estructura política propia, identificada con un Estado con soberanía. Tal Estado no es el objetivo ni una mera forma de desenvolver la voluntad soberana. La finalidad es lograr el “desarrollo integral” del pueblo vasco.
Como la composición de la identidad del pueblo vasco no se aprehende de forma inmediata, parte de la literatura nacionalista se destina a evocarla, con alguna arbitrariedad. La lógica del planteamiento exige, a su vez, que al decidir qué notas cumple la identidad vasca, ésta tenga cuando menos dos características: que sea diferenciadora, esto es, que resalte circunstancias que le doten de singularidad; que pueda ser adquirida incluso por quienes no forman originalmente parte del pueblo vasco.
En virtud del derecho del pueblo vasco identitario, el PNV proclama que Euzkadi es una nación. Ésta no se define a partir de la voluntad de los ciudadanos ni por alguna realidad nacional, sino como actualización de un derecho gestado en la noche de los tiempos. La nación presenta el rasgo de contingencia. Los derechos del pueblo vasco preexisten a tal proclama y existen de forma intemporal. Son anteriores, e implícitamente superiores, a cualquier expresión política.
Como nación, Euskadi tiene derecho a dotarse de su propia estructura política, un Estado soberano. Este punto de la argumentación del PNV de 1977 coincide con los planteamientos habituales de las formulaciones nacionalistas. Eso sí, el ser político de la Nación Vasca se expresará a partir de que se recupere la soberanía del régimen foral. La soberanía tiene una definición que remite cuando menos al periodo medieval y al de la Edad Moderna. Por esta vía el planteamiento, tradicionalista, quiere recuperar una situación anterior. La finalidad del proceso político es lograr la expansión del “ser propio”, el desarrollo integral del pueblo vasco, en la expresión de 1977.
El sujeto de referencia es siempre una superestructura, el pueblo, con existencia propia al margen de los individuos y por encima de ellos. La argumentación legitimadora arranca de un hecho que se presenta como incontrovertible – la existencia de un pueblo vasco con identidad – del que se deducen, al modo de una secuencia automática, todas las consecuencias políticas. No se parte de la voluntad popular, soberana o nacional. La primera ficha del dominó, la que provoca el enunciado consecutivo de las demás – con un desarrollo argumental que se sitúa al margen de la voluntad de los individuos -, es lo que se presenta como la constatación objetiva de la existencia de un pueblo vasco con identidad. La afirmación de que los vascos son una comunidad política nacional pasa a un segundo orden, desaparece o queda tan sólo como elemento legitimador último en una determinada circunstancia histórica, cumpliendo así un papel de segundo orden.
Es el pueblo vasco el sujeto de los derechos y, también, el protagonista conceptual del nacionalismo vasco desde, cuando menos, 1976 hasta, de momento, 2009. No la nación vasca, sino el pueblo vasco. Recurrir a “pueblo vasco” o a “nación vasca” para construir a partir de uno u otro concepto una ideología, una teoría o un movimiento político no es indiferente. De entrada, al acudir a “pueblo vasco” se usa una idea y un término cuya existencia no es cuestionada por ningún grupo o sector, aunque le den un sentido diferente que el nacionalismo. Por ejemplo, la denominación histórica de un periódico vasco, no nacionalista, era, precisamente “El Pueblo Vasco”, nombre que ha mantenido hasta fechas recientes en la cabecera. En cambio, si bien la idea de “nación vasca” no levanta los rechazos que añoraría el nacionalismo, sería rebatida por amplios sectores.
Las consecuencias ideológicas de este desplazamiento argumental son de gran calado. A la afirmación política de una nación sustituye un concepto que ex profeso no se define con criterios políticos. Lo político – la nación – es la consecuencia, pero el núcleo del razonamiento es la existencia de un pueblo con identidad diferenciada. Los nuevos esquemas – del PNV y de los demás partidos o movimientos nacionalistas – van a bascular en torno a esta idea.
En el argumentario nacionalista pasaran a ocupar un primer plano criterios de tipo biológico, antropológico, arqueológico, filológico, etimológico, toponímico, anecdótico, etnográfico, médico y un largo etcétera. Para el nacionalismo posfranquista mucha mayor importancia que la voluntad de quienes viven en el País Vasco la tiene, por ejemplo, confirmar porcentajes de RH negativo, la secuencia de cráneos de alguna cueva vasca desde el neolítico, la localización de alguna enfermedad relacionada con un presente gen vasco en la secuencia del ADN, la existencia de una toponimia específica o la localización en algún valle de costumbres propias y diferentes, por no señalar cualquier comprobación de que el euskera se hablaba en lugares en los que se ha perdido, o la existencia a comienzos del XVI de explotaciones de carácter comunitario. Paradójicamente, no le es preciso comprobar la singularidad, pues resulta indiferente que en otras zonas “del entorno” existiesen costumbres similares, por el supuesto previo de que este tipo de relaciones son privativas y nacen de “la forma de ser de los vascos”, de la que a su vez son testigos. La comprobación de que no se localizan parentescos para el euskera desborda el interés científico y deviene, sobre todo, en seña de identidad.
La prioridad es mostrar la existencia de un pueblo con identidad material incluso antes de que se formulase como nación, e incluso al margen de que no contase con lazos políticos o de otro tipo, sin que importe tampoco que hubiese o no alguna coincidencia cultural (más allá del idioma) o algún atisbo de conciencia colectiva común.
Estas cuestiones son en cierto modo indiferentes en el mecanismo descrito. Entiéndase: el hallazgo de circunstancias comunes como las mencionadas se saludaría como una prueba más de la identidad propia, pero la inexistencia de tales vínculos pasa inadvertida o queda desechada como cuestión de segundo orden. Lo mismo sucedería con cualquier evidencia de que en alguna materia había discrepancias sustanciales en los comportamientos, culturas, costumbres o relaciones de los distintos grupos vascos; no digamos si algún investigador encontrase que en algún momento algunos vascos tuvieron mayor relación con pueblos del entorno.
En este argumentario sería una circunstancia irrelevante: no se trata de conocer el pasado ni las relaciones históricas de los vascos, sino de seleccionar aquellos elementos que confirmarían unidades identitarias internas, al margen de la relevancia que tuvieran en su momento. El contexto, así, no tiene importancia ni la tiene la comprensión de otras épocas, cuyo interés intelectual reside en que proporciona materiales que, previa búsqueda orientada, elección ideológica y deconstrucción, se utilizan para suministrar certezas con las que definir políticamente el presente.
El procedimiento de prueba de la identidad vasca se basa en una acumulación de circunstancias diferenciales, recopiladas de forma asistemática, indagando en muy diversos ámbitos temáticos (desde las costumbres o la lengua hasta las características antropológicas). Se recogen, en las distintas materias, aquellas situaciones o manifestaciones que pueden presentarse como singulares, mientras se relegan las que no presenten especificidades. Un ejemplo: un escritor de fines del XVIII o comienzos del XIX que hubiese visitado el País Vasco y hubiese descrito un pueblo con características privativas, cuenta con altas probabilidades de figurar entre las pruebas de la identidad vasca; otro que al recorrer las tierras vascas no relatase especificidades locales o que no se refiriese a los vascos como colectivo pasará inadvertido, por mucho que hubiese transmitido algún bosquejo de las formas de vida locales. En este esquema, resulta indiferente si determinadas instituciones presentadas como privativas son variantes o manifestaciones locales de fórmulas coetáneas habituales.
Llama la atención que, pese a la importancia que tiene para el nacionalismo la noción de identidad vasca, ésta la determine con tan escaso rigor, entremezclando notas dispersas, ocurrencias y hallazgos científicos con importancia en otros órdenes.
Lo político o lo histórico pasa a un segundo plano. Más importa lo biológico, la disquisición antropológica, la afirmación lingüística, la apreciación de la existencia de un pueblo preindoeuropeo cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. Todo ello vale – y no como cuestiones marginales o anecdóticas, sino esenciales – para afirmar la existencia de un pueblo. De un pueblo con identidad propia, en la que se entremezclan el pasado y el presente.
Todo ello no tiene sólo implicaciones antropológicas, biológicas o de otro tipo, pues se derivan consecuencias políticas de primer orden. ¿El pueblo vasco tiene identidad, según algunas circunstancias que se determinan por métodos analíticos a veces singulares? “Luego el pueblo vasco tiene derechos”. El acento argumental se pone en criterios no políticos, presentados al modo científico, que son a veces pseudocientíficos, otras veces ocurrencias o curiosidades, sin que falten observaciones atinadas. Pero la consecuencia es política, y de envergadura. No hay, claro está, ninguna línea dedicada a demostrar por qué de las identidades se derivan los derechos. Lo importante es la afirmación de la singularidad identitaria. Lo expresa bien el siguiente ejemplo: “Hace tiempo que sabemos que somos el pueblo más antiguo de Europa, el más autóctono, con características craneales, hematológicas y biológicas singulares. Un pueblo aparte con una lengua aparte, como proclamaba Larramendi. Somos la Nación más Nación de Europa, que decía Wilhelm Von Humboldt. Son nuestras glorias, nuestra grandeur, nuestro carácter “insular”, nuestro Napoleón o nuestro Cromwell. Tienen valor para nosotros, para nuestra autointelección, como explicación de una singularidad”22. Lo biológico forma parte fundamental en la construcción de un imaginario político.
Implicaciones político-ideológicas de la noción identitaria
La argumentación nacionalista se presenta como prepolítica, pero las claves en este camino argumental son nítidamente ideológicas. La existencia objetiva de un pueblo con identidad y con determinados derechos constituye un axioma. Es, por supuesto, una construcción doctrinal. Otro tanto podría decirse de los criterios de selección de los elementos identitarios. Se acumulan los que pueden significar especificidades, relegan los que comparten los vascos con otras sociedades, y se determina que los primeros son más importantes que los segundos, por lo que la arbitrariedad campa a sus anchas. Las construcciones identitarias tienen profunda carga ideológica.
La elección de “pueblo vasco” en vez de “nación vasca” como sujeto de la construcción conceptual del nacionalismo presenta algunas ventajas ideológico-políticas.
Al hablar del “pueblo vasco” el PNV acudía a un concepto de apariencia “natural”. Constituye una construcción imaginaria del mismo cariz que “la nación”, pero no adopta la forma de tal. Así, los caminos intelectuales se simplifican sobremanera. El desarrollo argumental del concepto, cuya formulación primera no es política ni controversial, consiste en explicar una identidad inicialmente tan sólo intuida. No desarrolla un complejo argumento, sino dota de explicaciones más elaboradas a una idea cuya primera percepción no es necesariamente ideológica. En este camino resulta más sencillo dar el paso desde la identidad, construida por el mecanismo descrito, hasta la formulación política de la nación. Menos complejo, desde luego, que descender desde ésta a la disgregación analítica de sus componentes en elementos no políticos, esenciales, una vez que debe desecharse la idea de raza.
El procedimiento localiza una identidad al margen de las voluntades y cuya existencia desborda ámbitos cronológicos, retrocediendo en generaciones y sugiriendo su pervivencia futura. A los actuales componentes del pueblo vasco, los de esta generación, les corresponde ante todo recoger el testigo del pasado, sostener la identidad heredada, esa esencia natural, y pasársela a las generaciones venideras. El concepto apela a una noción “natural” (por oposición a “artificial” o ideológica), pero se deriva de él una responsabilidad trascendente que implica un compromiso político. El desenvolvimiento nacionalista del pueblo vasco deja de ser una opción ideológica, y se convierte en una obligación para los vascos.
Se recurre a un concepto trascendente, ahistórico. Argumentalmente el pueblo vasco puede remontarse a la prehistoria, o, mejor, a la indeterminada “noche de los tiempos”, desbordando las coyunturas históricas pasadas, presentes y, en la medida que la generación actual cumpla con sus obligaciones ancestrales y trasmita la identidad heredada, también futuras. El desenvolvimiento del pueblo vasco, que es sobre todo la afirmación de su identidad, no depende de voluntades humanas, tampoco de cómo se construyen históricamente las sociedades y las culturas. Las coyunturas seculares no son sino oportunidades de mostrar esencias cuyas implicaciones desbordan las problemáticas. Las identidades no dependen de los avatares históricos, a los que trasciende. No obedecer los designios de las esencias singulares y privativas equivale a traicionar lo trascendente, esa especie de corriente interna que fluye por el alma inmutable que en lo fundamental es siempre idéntica a sí mismo. El río esencial que forma la identidad reclama su papel, su sacrificio, a los individuos que pertenecen a tal pueblo.
La afirmación del pueblo como principal sujeto político permite al nacionalismo vasco adscribirse a un planteamiento con pretensión de validez universal. En la teorización nacionalista la humanidad se divide en pueblos, concebidos como una categoría natural, no política. Un individuo pertenece a un pueblo o a otro, y tal pertenencia es el principal rasgo de cualquier identidad individual. Es, también – en el criterio nacionalista -, la característica prioritaria a la hora de desarrollarse la identificación política de una persona. De ahí deduce que todas las personas son nacionalistas, pues todas pertenecen a pueblos, con lo que puede justificar cualquier postura que adopte en nombre del pueblo vasco. No sería sino la aplicación local de planteamientos universales, pues todas las medidas políticas tomadas en cualquier sociedad se habrían legitimado de la misma forma. La convivencia, la ética y hasta la democracia se convierten por tanto en valores relativos, interpretables en función de los intereses, planteamientos o cultura del pueblo. Esta circunstancia tiene particular virulencia si se tiene en cuenta que, en el concepto nacionalista, el pueblo vasco vive, como comunidad aparte, en el seno de una sociedad vasca no toda ella con tal identidad.
En este planteamiento, la diferenciación de pueblos resulta nítida, con identidades bien definidas y separadas. No puede haber entrecruzamientos, ni dobles adscripciones a pueblos distintos, ni pertenencias híbridas a culturas diferentes, ni complejos sentimientos de adscripción nacional, ni ausencia de éstos. En consecuencia, la opción nacionalista y la adhesión a una cultura propia que se diferencie nítidamente de cualquier otra constituyen la única posibilidad para los vascos. Quedan privados de tal naturaleza quienes no compartieran los planteamientos diferenciadores y de pureza cultural.
Una de las principales “virtudes” de desarrollo de la idea de “pueblo vasco” frente al empleo del concepto “nación vasca”, más complejo, consiste en que su existencia no requiere una demostración política, siempre de mayor complejidad conceptual, pues debe argumentarse, explicar su composición, implicaciones y bases que la conforman. La idea de “pueblo” no. Como concepto prepolítico, entra dentro de las nociones intuitivas cuya existencia no suele ponerse en cuestión.
Ahora bien: hasta este punto el concepto de “pueblo”, así entendido, carece de contenido. Intuitivamente tan sólo se percibe su existencia y, vagamente, la característica de que tiene una identidad, al menos en suficiente grado como para que sea reconocible como tal. Pero el proceso intelectual en este caso se invierte y, también, se hace más fácil. Del empleo de nación – de la afirmación primigenia de la existencia de una nación – se deriva una argumentación política justificativa del aserto inicial; una argumentación razonada que, inevitablemente, implica la posibilidad de una controversia, se produzca ésta o no.
En el esquema expuesto el pueblo, se supone, está compuesto por individuos, por personas, de ésta y de anteriores generaciones (pues en la idea de pueblo con identidad el concepto de tiempo o de evolución histórica queda diluido). Pero, en la secuencia expositiva, el pueblo tiene una identidad en sí mismo, por sí, de la que informa a los grupos, familias y personas que lo conforman.
Esta idea es central en cualquier nacionalismo identitario. La identidad del pueblo no nace de las que tengan los individuos o de sus comportamientos, sino que se impone a ellos. En otras palabras: los vascos lo son en la medida –y sólo en la medida – que se identifican con el pueblo vasco que, así, no es un producto de sus componentes. Autónomo, se impone sobre éstos.
En este esquema puede apreciarse una última “ventaja” del empleo del concepto de pueblo sobre el de nación. La existencia del pueblo vasco, así entendida, no depende de que se identifiquen con él todos los habitantes de un territorio. En cierto modo, ni siquiera es importante que lo haga un porcentaje mayoritario o significativo. El pueblo, así entendido, adquiere una suerte de existencia material, una realidad conceptual que se impone por encima de las realidades reales, si vale la expresión.
Viene bien, al respecto, un ejemplo concreto. Resulta conocido que quienes en el País Vasco francés que se identifican con el concepto nacionalista de identidad vasca son muy reducidos; inferiores al 10 %, incluso muy inferiores23. No impide esto la afirmación de que en el citado territorio está presente el Pueblo Vasco con los rasgos identitarios que el nacionalismo concibe. Porque, en sí mismo, el concepto de “pueblo vasco” no depende de la realidad vasca. Es un concepto que se afirma en sí mismo, sea cual sea la adhesión que merezca y la capacidad de adhesión que consiga. Viene afirmado incluso aunque una gran mayoría de los vascos (de los que viven en el País Vasco) no lo asumiese. Seguiría siendo afirmado aunque no lo compartiese una gran mayoría de los vascos que descienden de familias que han vivido en el País Vasco desde hace generaciones, desde hace siglos incluso. Porque es un hecho al que se atribuye una existencia real al margen de lo subjetivo.
A estos efectos – y al margen de las satisfacciones o frustraciones políticas que provocase -, lo de menos sería que el 90 % de los habitantes del País Vasco se identificasen con tal concepto o que sólo lo hiciera el 10 %, o que el 2 %. No cambiarían las definiciones básicas. Éstas no dependen de las acciones de los vascos, ni de la intensidad numérica de las adhesiones que concite, sino de identidades esenciales previamente establecidas.
Otro tanto puede decirse de la consideración que se otorga a los emigrantes vascos. Es probable que algunos hayan perdido vínculos emocionales con respecto al País Vasco; otros, es también probable, mantienen las relaciones culturales y el País Vasco forma parte de sus elementos de identificación personal y cultural; de éstos, un sector comparten nociones de la sociedad vasca similares a las del nacionalismo. Pues bien: formarán parte del Pueblo Vasco, tal y como lo define el nacionalismo, éstos últimos, los que crean en la identidad vasca tal y como la concibe el nacionalismo. No aquellos para los que el tipo de adhesión o el concepto de lo vasco discrepe de tales evocaciones identitarias.
Del procedimiento intelectual señalado se derivan consecuencias de interés. Personas, familias y grupos arraigados en la sociedad vasca que no compartan los criterios identitarios del nacionalismo quedarían, para éste, excluidos del Pueblo Vasco. No así quienes residan lejos del País Vasco, siempre que mantengan vínculos emocionales y los ajusten a las identidades nacionalistas de lo vasco. Se les considerará vascos incluso generaciones después de la que emigró, incluso en los casos en los que se haya adoptado la nacionalidad del país de destino – en este punto, por excepción y como sublimación de lo vasco, el nacionalismo sí admite la doble identidad, “vasco y argentino”, “vasco y chileno”… -. Del colectivo de emigrantes vascos y sus descendientes sólo mantendrán la consideración de pertenecientes al Pueblo Vasco los grupos o personas que se consideren insertos en el Pueblo Vasco – los de identidad nacionalista, en resumidas cuentas -, al margen de que haya grupos incluso más numerosos que mantengan, por otras vías, algún tipo de adhesión emocional con el País Vasco.
La construcción ideológica de la identidad
Por la afirmación del Pueblo como elemento central del argumentario nacionalista, se configura un concepto embrionario de la nacionalidad que presenta rasgos peculiares. Hasta cierto punto, en la definición de nación identitaria el territorio es indiferente. Tampoco su afirmación depende de las adhesiones de los ciudadanos. El nacionalismo no entiende que la sociedad vasca actual la formen ciudadanos iguales y con los mismos derechos, desde el punto de vista político. Se siente plenamente legitimado como representación auténtica de lo vasco. Se atribuye el monopolio de un concepto monolítico de vasco. Elabora y utiliza políticamente una idea de pueblo en cierto sentido autónoma, que puede desenvolverse por sí misma, en la medida que, al definirse, no tiene que tener en cuenta las circunstancias o complejidad de la sociedad a que se dirige.
Un concepto de pueblo así entendido constituye una realidad conceptual que difícilmente puede ajustarse a criterios objetivos, por mucho que esta pretensión subyazca en la idea e intente sostenerla y darle consistencia.
La noción de pueblo como agrupación natural resulta intuitiva. Pero, para que tenga alguna eficacia política, debe desarrollarse, dársele algún tipo de contenido. La racionalización que proporciona contenido a la identidad del pueblo se presenta como evidencias científicas o, sin más, como la suma de hechos objetivos, verificables por un observador. Sin embargo, las concepciones políticas orientan la elección de las características definitorias.
El concepto de “pueblo vasco” tiene así una dependencia sustancial respecto a quien realiza la definición de la identidad y selecciona sus componentes. Escoge unos elementos, rechaza otros. Sostiene que los rasgos básicos son trascendentes, esto es, ahistóricos, no contingentes y no elegidos arbitrariamente. Una de las características de la noción de “Pueblo con identidad” resida en que ésta es intemporal, esencial. Sus rasgos definitorios los presenta como expresión de tal identidad básica forjada en la noche de los tiempos y transmitida inmutable generación tras generación.
Es el nacionalismo quien define tal concepto de identidad. En resumidas cuentas, forma parte del Pueblo Vasco aquello que este movimiento opina que es Pueblo Vasco, sin ajustarse a criterios empíricos, computables o comprobables – excepto si se comparten los esquemas nacionalistas -.
Se asienta así un concepto de pueblo vasco que queda definido por las élites políticas del nacionalismo. Se construye al margen de las realidades – y de la historia – de la sociedad vasca, incluso al margen de las procedencias de sus habitantes, de su raigambre en el País Vasco y de su inserción en la sociedad vasca.
Es un concepto móvil, incluso cambiable. Dado su escaso anclaje en la realidad, queda en manos políticas. Vasco es, en este concepto, aquello que el nacionalismo decide que lo es. Desde su punto de vista, en el País Vasco, y como expresión del Pueblo Vasco, sólo es legítimo lo que define como vasco. El resto son bien perversiones, imposiciones o intromisiones a combatir. Queda cerrado un círculo conceptual tautológico. Lo político e ideológico se impone sobre lo cultural, pero se disfraza de conceptos de resonancias objetivas.
1 Euzko Alderdi Jeltzalea. Partido Nacionalista Vasco: Planteamientos político, socioeconómico y cultural, Editorial GEU, Bilbao 1977, pág. 9.
2 EBB del PNV: Manifiesto de Aberri Eguna, 1979. Cabe señalar que tanto en 1979 como después no fue infrecuente que el PNV afirmase que la nación vasca o el pueblo vasco sufrían ataques “sin precedentes”, anotación que implica el recurso a la historia, pero también su sublimación, así como la idea central de que el País Vasco actual sufre agresiones de carácter histórico, “sin precedentes”.
9 “Declaración de Barcelona” Barcelona, 16 y 17 de julio de 1998. Firmada por BNG, PNV y CIU , “la colaboración de las fuerzas nacionalistas de Galizia, Euskadi y Catalunya” “para una reformulación de la concepción del Estado Español y para el reconocimiento institucional de los respectivos derechos “.
12Mensaje del lehendakari Carlos Garaikoetxea, Aberri Eguna 1983.
13Homenaje a la ikurriña. Discurso de X. Arzalluz, 15 de julio de 1995.
14 “Planteamientos…”, p. 51, en el siguiente sentido: El PNV “poyará decididamente la actuación de las fuerzas políticas vascas de Euzkadi continental, para conseguir un marco político-administrativo autónomo de las regiones vascas continentales”.
16Debate de Política General, Discurso del lehendakari Ibarretxe. Parlamento Vasco, 22 de septiembre de 2000.
17 Gobierno Vasco, Declaración institucional sobre el Estatuto. Un compromiso democrático con el cumplimiento y el respectodel Pacto Estatutario en su integridad, 25 de octubre de 2000.
18 EBB del PNV: Aberri Eguna 1997, manifiesto. Ausartu zaitez, “Bai Euskadiri”. En aquel momento, y excepcionalmente, la idea de la nación Euskadi se asociaba con la voluntad ciudadana. “Una construcción nacional vasca fundamentada en la condición de que una nación solo puede construirse desde la libre adhesión y sobre la libre voluntad de sus ciudadanos”. El planteamiento, inusual, no reaparecería los años siguientes.
19Intervención de Xavier Arzalluz en el teatro Arriaga, clausura del proceso de reflexión interna, 9 de enero de 1988. Tiene interés la cita completa, que evoca los distintos conceptos de Euskadi que había manejado el PNV y su razón última. “Se nos acusa de hegemonismo; de considerar a Euskadi como patrimonio exclusivo nuestro; de intentos de "batzokizar" al país. Es cierto que ha existido entre nosotros una tendencia a considerar que Euskadi es un patrimonio nacionalista, y a equiparar el concepto de vasco en el de nacionalista. Pero esta concepción es injusta, es agresiva y antidemocrática. Euskadi es de todos los vascos. Y será libre en la medida en que todos sepamos respetarnos mutuamente. Y si un día es nacionalista, deberá serlo por persuasión y no por imposición”.
20 Euskadi Buru Batzar de EAJ-PNV: “Manifiesto de Aberri Eguna”, 1992, que los justificaba en función de los distintos tipos de adhesión sentimental, con algunos ejemplos chocantes por corresponder a circunstancias difícilmente imaginables: “En nuestra sociedad actual coexistimos vascos y no vascos, hay quienes se sienten alaveses y españoles pero no vascos, quienes son más guipuzcoanos que vascos o más vascos que guipuzcoanos o que se proclaman vascos por ser precisamente guipuzcoanos”. Nótese que no se incluye la posibilidad de sentirse vascos y españoles.
21 “Planteamientos…”, pág. 39, en “Planteamientos políticos”. “A. Datos de historia”.
22 EBB del PNV: Manifiesto de Aberri Eguna. Construir Euskadi, 1996.
23 Por ejemplo, en las elecciones de junio de 2007 los nacionalistas llegaron a obtener en tres distritos unos resultados del 6,32% de los votos, 4,5% y 9,02%, lo que los definían como una fuerza, sino marginal, sí de relevancia escasa en el conjunto del País Vasco francés, por mucho que en alguna localidad se moviera en torno al 20 %. Pues bien: tales resultados fueron saludados como “históricos” y la noticia de estas elecciones fue titulada por la prensa nacionalista de la siguiente forma: “La coalición Euskal HerriaBai – la formaban Abertzaleen Batasuna, Eusko Alkartasuna y Batasuna, integrando a todo el nacionalismo -, que se ha estrenado en estos comicios, ha sido la cuarta fuerza más votada, por lo que están muy contentos con el resultado”. El titular, en un medio público del País Vasco, no hacía alusión a los resultados generales en el País Vasco francés, ni evocaba quien había ganado en esta región o en Francia, sino a una fuerza de segundo orden. Vid. Eitb.com, Política. Elecciones legislativas 1ª ronda, 11 de junio de 2007.