Seis Tesis Sobre El Derecho a Decidir

(Un panfleto político)

Autor:J.M.Ruiz Soroa

 

A modo de entradilla

 

Escribía Cadalso en sus “Cartas Marruecas”, como prólogo a sus reflexiones: “He dado a luz un papel sobre el asunto más delicado que hay en el mundo, cual es la crítica de una nación”. En absoluto pretendo compararme con la calidad de su viva prosa, pero sí con su intención crítica: porque también yo pretendo hablar de nuestra pequeña nación, o, más concretamente, de un sueño o pesadilla que la agita desde hace tiempo. Aunque si él optó por disfrazar su crítica en el género epistolar, yo utilizo el panfletario.

El género literario del panfleto no se lleva mucho hoy en día, por lo menos en forma confesa. Bien es verdad que gran número de los escritos que circulan entre nosotros, sean breves artículos de prensa o prolongados libros, merecen sin lugar a dudas el calificativo peyorativo de panfletarios, pero rara es la publicación que asume sin rubor el título de panfleto. Lo cual no deja de ser sorprendente, pues un panfleto no es, según el DRAE, sino un “opúsculo de carácter agresivo”, o, lo que es lo mismo, una obrita corta sobre una materia determinada concebida y redactada con un ánimo dialéctico y combativo. No es rasgo esencial del panfleto por el contrario el tono desabrido o la carencia de raciocinio en la exposición de las ideas, que es precisamente lo que caracteriza a tanta literatura sobre temas vascos contemporáneos.

El panfleto tuvo un destacado papel político en otras épocas, sobre todo en las agitaciones prerevolucionarias inglesas y americanas. En el fondo, lo único que pretende es huir de dos extremos: por un lado, de esa verbosidad mortecina del especialista que convierte sus escritos en ilegibles e ininteligibles para el público común. Por otro, de la simplificación extrema del mensaje que lo reduce a un simple manifiesto o slogan. Quiere llegar al lector no especializado, pero llegar con un mínimo de dignidad.

Un panfleto puede ser educado, razonable y razonado; lo que le distingue e individualiza dentro del género literario es que adopta a las claras una tesis y la defiende apasionadamente. Quiere agredir el espíritu del lector con sus razones, suscitar controversia, ganar adeptos. Con lo que, bien miradas las cosas, parece ser un muy buen modo de exponer la propia opinión en cuestiones que están en el agora, en ese espacio medio virtual y medio físico donde los problemas comparecen hoy ante la atención del ciudadano. Mejor que disfrazar esa opinión con superficiales barnices de objetividad y distanciamiento académico como se hace en los llamados “informes”, “ponencias”, “comunicaciones” y “papers” que tanto proliferan. O camuflarla con oropeles novelísticos. El panfleto no es sino un mosquetero que sale a pelear por su lugar al sol en la palestra pública anunciándolo desde el principio: que nadie se engañe, dice retador, vengo aquí a contarles mi opinión y a convencerles de ella; y lo hago por una razón: porque la considero más válida que aquellas otras que combato y desacredito.

Unas palabras que no suenan bien, lo reconozco, y menos dichas tan alto, en los tiempos de pacata corrección política que corren (por mucho que todos los que participan en el debate público las sienten en el hondón de su alma). Y que, además, someten al autor a la más que probable acusación de presuntuoso o engreído: defender que la propia opinión es la mejor se considera un gesto penoso en esta sociedad nuestra de moral minimalista. Quizás por ello, nadie confiesa su auténtica intención anunciándose de entrada como autor de un panfleto. Yo lo hago.

Igualmente quiero expresar los móviles últimos que me han llevado a redactarlo: que no son sino la rabia y el asombro. La rabia nace de un balance inexorable: durante gran parte de mi vida adulta he gastado algo así como el treinta por ciento de la actividad de mis neuronas en la cuestión vasca, una cuestión que desde el punto de vista de mis valoraciones carece de cualquier interés objetivamente relevante para la inteligencia de un ser humano normalmente constituido. Pero he nacido aquí, y ese es el impuesto que he tenido que pagar por ello. Mi rabia es, en el fondo, por no haber nacido sueco o portugués. Y mi asombro, como el de muchas personas de mi edad, estoy seguro de ello, es la de que llegado el siglo veintiuno vivamos en una sociedad que discute de identidades, raíces, religiones y pautas culturales. Nada en nuestros años de formación nos preparó para un final tan estrambótico: socializados en el paradigma de la distribución (donde todo giraba en torno a la idea de la justicia) henos aquí arrojados en el paradigma de la pertenencia (que gravita sobre la identidad).

¿Y sobre qué particular cuestión pretende usted demostrar la bondad de su opinión, se preguntará el lector? Pues sobre la que resumen unos términos que, de puro repetidos, han inundado nuestra actualidad con un concepto ambiguo y borroso, el llamado “derecho a decidir” (de los vascos, claro). Tanto se han pronunciado estas palabras que se han hecho realidad social, se han transfigurado en una especie de hito pétreo que desafía imperativo a paseantes y pensantes con su presencia rotunda: igual que tenemos nuestro paisaje y nuestras montañas, nuestra historia y nuestros txokos, también tenemos “derecho a decidir”. Se nos repite por todas partes, sea en forma de aserción (poseemos ese derecho), en forma de oración (debemos poseer ese derecho), en la de imprecación (deme usted ese derecho de inmediato), o en la de bomba (les mato para poder darles el derecho). De tan invocado, el derecho a decidir de los vascos (curiosamente no de los bilbaínos, de los de mi barrio o de los hinchas del Athletic, sino sólo de los vascos) ha adquirido un carácter metálico, algo así como una moneda que pasa de un bolsillo mental a otro sin necesidad de ser definida ni precisada. Sin necesidad, sobre todo, de ser justificada.

¿Y qué nos va a decir, buen hombre, que no existe el derecho a decidir de los vascos y vascas? ¿Va a repetirnos la cantinela de que se puede decidir sólo dentro del marco legal establecido, que es lo mismo que decir que no se puede decidir lo que queremos decidir? Para ese viaje sobran alforjas, dirá mi conciudadano nacionalista, llevamos años escuchando de los españoles esa cantinela. Pues no, no les voy a decir exactamente eso, aunque me temo que tampoco les diré lo que ustedes quieren oír. Verán, me sucede como le pasaba a un filósofo al que preguntaron si la verdad existía, pregunta ciertamente trascendente donde las haya. Depende, respondió el filósofo. ¿Depende de qué? se indignaron los oyentes: la verdad no puede ser condicional, eso es puro relativismo. Bueno, pues depende de lo que ustedes entiendan por “verdad” y por “existir”, términos ambos mucho más complejos y polisémicos de lo que desearían los interrogadores.

Con el “derecho a decidir” pasa aproximadamente lo mismo, que no es posible contestar a la pregunta por su existencia con un simple sí o no (la “trampa saducea” que decía nuestro inefable Torcuato), sino con un “depende”: depende de qué entiendan por derecho, por decisión, por el qué se decide, por el quién decide, el cómo decide y el para qué decide. Vamos, que tenemos que hablar más largamente de la cuestión antes de pronunciarnos. Porque, como advertía sarcásticamente Mark Twain, para cualquier problema que agobie a la humanidad, o un sector de ella, por enrevesado que sea, existe finalmente una respuesta clara, sencilla, simple y, desgraciadamente, … equivocada. O, lo que es lo mismo, que la propensión de la mente humana al error radica precisamente en la simplicidad con qué este se presenta (David Hume). Que en nuestro caso sería la de afirmar o negar tout court el derecho en cuestión.

Y es que entre nosotros sucede algo ciertamente preocupante: el “derecho a decidir” se ha convertido, a la vez, en un mito para unos y en un tabú para otros. Es un mito para quienes lo sueñan como el momento de la voluntad, el instante que desanudaría nuestros conflictos. Es un tabú innombrable para quienes atisban en esas palabras la destrucción de su sociedad o de la imagen que tienen de ella (que es lo mismo en el fondo). Para ambos, en eso coinciden, es un fetiche que está más allá (o más acá) de la política cotidiana. Contra esa mentalidad alienada es contra lo que me rebelo.

Y, por último, un aviso bienintencionado para lectores desprevenidos: este panfleto, por la misma naturaleza de su objeto, utiliza constantemente elementos procurados por la filosofía y la ciencia políticas; en este sentido, es bastante árido y conceptuoso, y el autor informa ya de entrada de ello. Además de panfleto, mucho me temo que es un peñazo. Seguro que el asunto podía haberse enfocado desde otro punto de vista más light. Quizás desde uno más pegado a la historia concreta de Euskal Herria y por ello más ameno y repleto de historietas. O uno más descriptivo de la trayectoria moderna del “conflicto” (no hace falta decirles a que conflicto me refiero), bien surtido de acontecimientos, personajes y hechos. Pero, desgraciadamente para los lectores, este ciudadano metido a panfletario que les habla es hijo de sus limitaciones tanto como de sus aficiones, lo que significa en mi caso que me veo obligado a recurrir al tratamiento que domino, el que podríamos denominar analítico y abstracto. Lo cual, por otro lado, no deja de ser pertinente cuando estamos hablando de nada menos que el derecho a decidir de unos ciudadanos. Porque invocar esa bicha es en el fondo, y aunque muchos lo ignoren, algo así como tocar el nervio mismo de la filosofía política, el axioma básico sobre el que está montada la llamada “obligación política”, que es la cuestión más principal de toda politeia o república: ¿por qué debo obedecer a la autoridad?. Una pregunta que, convendrán en ello conmigo, da para mucha filosofía.

Pero antes de formular mis tesis en la cuestión, y aunque sólo sea por un poco de higiene, tanto mental como política, debo informarles de la existencia de una a modo de Advertencia Previa: